Mussolini está vivo, y otros Eco de aluvión

NÚMERO CERO
Umberto Eco
Editorial Lumen, 2015
Traducción Helena Lozano Miralles
224 páginas

La última novela del sabio italiano Umberto Eco (1939, doctor “honoris causa” por docenas de universidades, semiólogo clave desde su Apocalípticos e integrados, Premio Príncipe de Asturias…) no es El nombre de la rosa, la que nos entusiasmó allá por los 80 del XX. Tampoco es El péndulo de Foucalt, con la que cerraba aquella década y tanto nos hizo hojear enciclopedias en busca de datos. Se parece más a El cementerio de Praga, la penúltima, en cuanto que Eco parece hacer recuento de sus ideas dispersadas en artículos o conferencias, uniéndolas en algo que parezca ficción (con lo cual se garantiza el entretenimiento del público) para disfrazar el desmontaje y la burla de ciertos mitos urbanos tan presentes en la redes sociales y otros foros (los protocolos de los sabios de Sión en aquella; la gran conspiración política mundial en esta). Nos volvemos mayores, es preciso reunir nuestros materiales de aluvión, poner oden en lo que por nuestra obra danzaba de modo “improvisado, heterogéneo, superficial, inmaduro”.
En Número cero incluso se formula explícitamente, a través de uno de los personajes, la tesis sobre la que se ironiza (o sobre la que se siembra la duda de la ironía), que moverá toda la trama. Mussolini fue dado por muerto sin estarlo, así que su sombra “domina todos los acontecimientos italianos yo diría que desde 1945 hasta hoy [la acción se desarrolla en 1992], y su muerte real desencadena el periodo más terrible de la historia de este país, implicando al ‘stay behind’, a la CIA, a la OTAN, a la Gladio, a la logia P2, a la mafia, a los servicios secretos, a los altos mandos militares, a ministros como Andreotti y a presidentes como Cossiga, y naturalmente a buena parte de las organizaciones terroristas de extrema izquierda, debidamente infiltradas y manipuladas”. Para poner en danza tantas oscuras sociedades conspirativas, la novela se asienta sobre un periódico que un “Commendatore” (ustedes ya me entienden y entienden a Eco) funda. Para ello, pone al frente a Simei, un cínico director sin escrúpulo moral alguno, amarillista y profesional de la manipulación, quien reúne a unos cuantos periodistas en paro o en precario para que vayan elaborando números cero del posible rotativo, en los que todo tipo de rumores insidiosos tengan cabida. Va a ser, pues, un instrumento de poder y presión para el ausente pero presente “Commendatore”, ya que “la fuerza de un dosier es que ni siquiera sirve para enseñarlo: basta con hacer circular la voz de que existe y de que contiene noticias, digamos, interesantes”. Los esforzados plumillas de “Domani” trabajarán acopiando información bajo las órdenes del desalmado Simei, pues “la noticia la hacemos nosotros, y hay que saber hacerla ver entre líneas”. Bastan dimes y diretes para construir las historias de los números cero: “La insinuación eficaz es la que refiere hechos que carecen de valor de por sí, y que no se pueden desmentir porque son verdaderos”, de tal manera que “de una no noticia hemos sacado una noticia”. En definitiva, ensayemos el adecuado lavado de cerebro de nuestros lectores con estos números cero para llevarlo a la práctica si el diario llegase a salir a la calle. Un “flash-back” de una de los redactores nos cuenta cómo se ha llegado hasta una situación en la que la su vida (y la historia de amor que trufa el argumento) corre peligro, tras la muerte del compañero Braggadoccio, quien discurrió, inventó o paranoió (con perdón) la mussoliniana antes citada.
Esa idea de cierto periodismo como manipulación ya la había tratado Eco en muchos de sus numerosos artículos. Como también otros asuntos que aquí cuenta: el uso del “telefonino” (es decir, del móvil); la interpretación imaginativa de los anuncios para encontrar pareja; la locura de los enrevsadísimos datos genealógicos de familias aristocráticas; las frases hechas tan útiles para llenar espacio a la carrera en la prensa (“alguien desentierra el hacha de guerra, bajo la lupa de los investigadores, estar en danza, fuera del túnel, darle la vuelta a la tortilla, echar un jarro de agua fría, no bajemos la guardia, mala hierba nunca muere…”) o el insulto a la inteligencia del lector (“hay que usar ‘ojo del huracán’ porque no importa lo que dice la ciencia, el lector no lo sabe, y es precisamente el ojo del huracán el que le da la idea de que se halla en medio de un lío”); las preguntas con respuesta creativa (“¿Por qué las paralelas no llegan a encontrarse nunca? Porque si se encontraran, los que hacen ejercicios con ellas se romperían las piernas”); las dudas sobre acontecimientos históricos (¿Llegó el hombre a la luna, hubo guerra en el Golfo?); el lenguaje políticamente correcto (una redactora hace sarcasmo para evitar la expresión “¡Coño, me han robado la cartera!” y propone a cambio: “¡Oh, parte externa del aparato genital de la hembra, me han robado la cartera!”). Materiales narrativos de aluvión, por lo tanto, que entretienen mucho y más entretendrán a quienes no los conozcan por no haber seguido a su autor.
Sátira de las conspiraciones universales, sátira del periodismo escandaloso: “[Simei] no será un gran periodista, pensé, pero en su género es un genio. Y me acordé del comentario que se le atribuye a aquel director de orquesta, una gran lengua viperina, sobre un músico: ‘En su género es un Dios; es su género el que es una mierda’ ”. Sátira, también, del utilitarismo actual del dato erudito: “Si quieres ganar tienes que saber una cosa sola y no perder tiempo en sabértelas todas; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno es que peor le han ido las cosas”. Por todo ello, Número cero se lee bien, se deja leer, entretiene y divierte. No es, insisto, El nombre de la rosa, ha pasado mucho tiempo. (Acabo entre paréntesis. La traductora, claro, se las ve y se las desea para verter al español modismos italianos. Pero se le va la mano muchas veces. Así, en su párrafo sobre el origen de la palabra “busilis”, que no figura en absoluto en el original italiano. Y no es el único caso).

 

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