El diario del secuestrador

W. Stanley Moss
MAL ENCUENTRO A LA LUZ DE LA LUNA
(El secuestro del general Kreipe en Creta durante la Segunda Guerra Mundial)
Trad. Dolores Payás
Ed. Acantilado, 2014
246 páginas

El 26 de abril de 1944, un comando formado por el mayor Patrick Leigh Fermor, el capitán William Stanley Moss (ambos miembros del Servicio de Operaciones Especiales británico) y apenas media docena de resistentes cretenses secuestró al jefe de las fuerzas armadas nazis en Creta, el general Heinrich Kreipe. Amparados en la noche y disfrazados de cabos de la policía militar alemana, «Paddy» y Moss hicieron detenerse, en un cruce de caminos en forma de «T», al coche en el que Kreipe regresaba a su residencia de Villa Ariadna; redujeron, con la ayuda de sus compañeros, al chófer y al general; superaron veintidós controles de carretera; atravesaron la capital Heraklión (atiborrada de militares contrarios) y, por fin, se refugiaron en montañas, cuevas y otros escondrijos hasta el 14 de mayo en que consiguieron evacuar a su víctima en un barco rumbo a El Cairo, en manos de las fuerzas aliadas. Secuestrar al general al mando de las tropas enemigas -en una isla ocupada, sufriendo la búsqueda y la persecución continua por parte de los muy irritados nazis, cambiando de guarida casi a diario, con la única ayuda de los resistentes cretenses (los «andartes») y de una tecnología prehistórica, soportando hambre y sed- y culminar con éxito total la misión, al cabo de medio mes largo, se antoja tarea de locos o románticos. Fermor, Moss y sus camaradas lo consiguieron. De ahí que su historia ocupe lugar cimero entre las hazañas bélicas, se haya contado una y otra vez, se haya pasado al cine (Ill Met by Moonlight, título original también del libro que comento) y siga hoy sorprendiendo o admirando. Ahora, podemos leerla de muy primera mano, narrada en forma de diario por el entonces capitán «Billy» Stanley Moss: un diario de campo (nunca mejor dicho) escrito mientras se preparó el secuestro, se ejecutó y se finalizó felizmente para los aliados y de modo humillante para los nazis. Libro, pues, para los amantes de las aventuras arriesgadas, basadas en hechos reales y escritas por alguno de sus protagonistas; de lectura apasionante (aunque sepamos el final), con muy buena pintura de personajes y ambientes, con la precipitación o los despistes esperables en unas páginas escritas en unas condiciones extremas (si bien se editan comentadas o matizadas algunas veces por el autor en más sosegadas circunstancias) y con prólogo y epílogo y «post scriptum» (este último del cosecuestrador «Paddy» Leigh Fermor) que no deben saltarse como tantas otras veces es aconsejable hacer.
En efecto, en la introducción a Mal encuentro a la luz de la luna se contempla el secuestro de Kreipe como una síntesis de «las cualidades isabelinas»: «osadía, inextinguibles recursos y una combinación de amor por la aven¬tura y por el propio país». Luego, el tono de Moss (23 años por entonces) parece el de alguien que se lo está pasando bomba en medio de una colosal broma por cuenta ajena. Por ejemplo, una vez secuestrado el general, parece perder el interés por completo: «Paddy yo sentimos intensamente el anticlímax de la misión. Parece que ahora ya tenemos todo que perder y nada que ganar. La única aventura que nos queda por delante ya no significa diversión sino más bien sufrimiento. ¡Ay de mí!». Menos mal que le quedan lecturas en tan angustiosas soledades, con la propia vida pendiente del hilo de una captura a manos de las tropas nazis: «Mis compañeros li¬terarios son Cellini, Donne, sir Thomas Browne, Tolstoi y Marco Polo, y si me siento en vena más ligera, también dis¬pongo de “Les Fleurs du Mal”, “Les Yeux d’Elsa”, de Louis Ara¬gon, y “Alicia en el País de las Maravillas”. Asimismo cuento con “The Oxford Book of Verse” y una selección de Shakes¬peare (…). Paddy y yo pasamos la mañana leyéndonos narraciones breves en voz alta el uno al otro. Sucedía que ya sólo nos quedaba un libro por leer entre los dos. Era “Markheim”, “El Rey Arturo y el Caballero Verde”, de Stevenson, con el encan¬tador Saki… Fue muy divertido. Luego Paddy recitó frag¬mentos de Shakespeare en alemán, un idioma que le gusta mucho. Estuvimos hablando de mitología y de tradición y nos preguntamos si el general se parecía a Erich Von Stroheim. Luego hablamos del Minotaruo, los hombres toro, las ninfas de Ariadna, los reyes de Minos y los generales ale¬manes, ¡un cóctel espléndido!» Menos mal que «Paddy» matiza al final del libro y con detalle el porqué se decidió el secuestro, nada de broma u ocurrencia espontánea para que un grupo de ociosos pasasen el rato en Creta y corriesen a El Cairo a relatar sus hazañas a los amigos: «La misión (…), sería un astuto golpe que minaría la moral de los alemanes y levantaría mucho la nuestra (…). Debería tratarse de algún ges¬to simbólico (…) algo que golpea¬ra al enemigo con fuerza (…), una empresa abordada conjuntamente por ingleses y cretenses, viejos amigos curtidos de la montaña, y no un “coup de main” profesional aliado enteramente organizado desde el exterior». Estaba muy pensado el golpe: se iban a jugar la vida. Solo que eran como eran, jóvenes y románticos, chicos dispuestos a todo frente a la barbarie de los «hunos», como llama Moss a los nazis. Véase su comentario: «Podemos ver un ejemplo típico de esta mentalidad huna en la siguiente historia, que es de una simplicidad diáfana. Un niño pequeño estaba cruzando la carretera cuando un coche lleno de alemanes apareció por una curva cercana. El vehículo viajaba a gran velocidad y el conductor, un oficial, no fue ca¬paz de detenerlo a tiempo. El coche se desvió y cayó en la cuneta. El oficial salió de él y descubrió unos arañazos en el guardabarros. Llamó al niño para que se acercara. El niño sonrió con timidez y obedeció. El oficial no le dijo una sola palabra. Cuando lo tuvo cerca, se limitó a cogerle un brazo y partír¬selo por la mitad utilizando su rodilla como punto de apoyo». Trufen este espeluznante comentario con multitud de anécdotas, una historia que se lee de un emocionado tirón, entrañables héroes, un general quejumbroso y hasta un pastor cretense leyendo muy a su sabor los ecos sociales del “Times”, por ejemplo, y sin duda dejarán estas líneas para hacerse enseguida con Mal encuentro a la luz de la luna.

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