Risa y moraleja

William Thackeray
LA HISTORIA DE SAMUEL TITMARSH Y EL GRAN DIAMANTE HOGGARTY
Trad. Ángeles de los Santos
Ed. Periférica, 2014
250 páginas

Si no hubiese sido riguroso contemporáneo de Charles Dickens, seguro que William Thackeray sería hoy considerado el gran maestro de la novela inglesa del XIX. Apenas sobrepasó los cincuenta años de edad, pero nos dejó dos espléndidas novelas (Barry Lyndon y La feria de las vanidades) más muchas otras llenas de gracia y sátira social, terreno donde se movía muy a su sabor. Cuando cumplía la treintena, escribió en un par de meses La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty que conoció primero vida en una revista y solo años después en forma de libro. ¿Una obra menor? No, ya que en ella está el Thackeray esencial: el que se propuso arañar las costumbres y modos de su época usando el humor, la parodia y una ironía siempre gota a gota destilada, sin olvidar la búsqueda de la complicidad del lector con continuos guiños a su inteligencia y buen talante. Quien sea lector de Eduardo Mendoza y no le alcance la paciencia para aguardar una nueva novela del autor catalán aquí tiene un buen aperitivo para calmar sus ansias.
El protagonista es un tipo de provincias que quiere medrar. Un malentendido acabará por darle la oportunidad de conseguirlo. Cierta pariente tan rica como altiva le regala un diamante para lucir sobre el pañuelo de cuello. La joya actuará como verdadero «macguffin» en la narración, permitiendo que se dispare hacia sus verdaderos propósitos, sin que tenga otra función que la de hacerla avanzar entre una maraña de equivocaciones, prejuicios hipócritas, trampas, timos y estafas, el amor puro, las juergas, la obsesión por la apariencia social, las cárceles de la época, los nombres propios de doble sentido, la avaricia, la mezquindad… un panorama de la sociedad británica nada amable salvo en el estilo en el que viene envuelto: suave, sin cargar tintas jamás, incitador de sonrisa continua y de un par de carcajadas, con algún «leitmotiv» que enhebre el todo (el repulsivo vino «Rosolio», por ejemplo), es decir, el fin de esta novela: contar el ascenso social, la llegada a la cumbre, la estrepitosa caída y el principio de realidad imponiéndose al final (tras los consabidos sermones al efecto). Naturalmente, se salpimienta la historia con felices hallazgos: «Allí se veían más diputados que guisantes en julio», o con un diálogo para definir el esnobismo de un personaje: «Su encantadora hija “a pincé” el arpa y tocado el piano y rasgado la guitarra, y “a ecorché” un par de canciones. Y hemos tenido el placer de una “promenade a l’eau”». Incluso con una equivocación (¿de Thackeray, de la traductora?) cuando el héroe habla de su «acogedora casita»: «Yo le había descrito este lugar a Mary con el mismo entusiasmo con que Sancho le habla de Lisias a don Quijote». O mucho me equivoco o Sancho jamás habla del orador griego a su señor: querrá decirse que, a veces, Sancho hablaba como un Lisias. Lo importante es, para Thackeray, dar unas horas de risueña lectura y una moraleja desencantada: «En cuanto las personas esperan conseguir gran¬des ganancias, parece que pierden su capacidad de juicio; y creen que la tienen asegurada por el hecho de buscarla y hacen caso omiso de toda adverten¬cia y toda sensatez. Aparte de los cientos de fami¬lias honradas que se han visto arruinadas sólo por haber puesto su confianza en [una] empresa, hay otros cien¬tos que se han lanzado no a invertir sino a especular; y estos, caramba, merecen lo que el destino les ha deparado. Mientras se paguen los dividendos nadie hace preguntas (…). Si mañana aparece otro estafador, dentro de un año habrá otras mil víctimas. Y así será, supongo, hasta el final». Léase, pues, como escrita ahora mismo.

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