Vuelve Ramalho da Costa

Alejandro M. Gallo
ORACIÓN SANGRIENTA EN VALLEKAS
(Un caso del inspector Ramalho Da Costa)
Ed. Reino de Cordelia, 2014
446 páginas

Mañana saldrá a librerías la tercera novela protagonizada por el inspector Ramalho da Costa, feliz creación del asturiano de Astorga (ustedes me entienden) Alejandro M. Gallo. Si nos ponemos estrictos, es la séptima aventura (dos largas: Una mina llamada Infierno y La última fosa. Revolución del 34: caso abierto; tres relatos más una novela gráfica) del tenaz, analítico, curtido por la Historia, sentimental, generoso y libre «Trini» Ramalho, exboxeador de 39 años, natural de la Cuenca astur, hijo de madre portuguesa, número 1 de su promoción, de amores confusos, tipo de izquierdas, destinado en la comisaría de Vallecas, subciudad donde se desarrolla en parte esta nueva entrega.
La escritura de Alejandro M. Gallo trabaja sobre tres frentes definidos y un denominador común. Por una parte, hace lo que podríamos llamar «novela sobre la memoria histórica» o «novela histórica» o «novela basada en hechos reales» (desde su primer Asesinato de un trostkista en 2004, hasta Caballeros de la muerte, Operación Exterminio, Asesinato en el Kremlin, que obtuvo el «Premio Francisco García Pavón» de Narrativa Policiaca, y Morir bajo dos banderas). Por otra, «novela negra» (llamémosla así), es decir, la serie protagonizada por Ramalho da Costa. El tercer frente sería el formado por la rechifla humorística contra el género literario anterior, constituido por los relatos por entregas que, reunidos en libro, se titularon Seis meses con el comisario Gorgonio. ¿El denominador común de la obra de Gallo? Su empecinado deseo de hacer una «literatura popular», entendiendo por tal aquella en la que (1) prima la claridad expositiva, (2) la trama, el argumento pesan más que la descripción de las profundidades anímicas de los personajes, (3) hay referentes identificables enseguida por el lector (lugares, hechos históricos, caracterización arquetípica de los personajes…), (4) se establece una separación diáfana entre «víctimas» y «verdugos», con enérgica toma de postura al respecto por parte del narrador, y (5) un amplio público, el mayor posible, es el destinatario de la narración. Cinco características que Oración sangrienta en Vallekas cumple una por una. Claridad expositiva, trama potente, referentes identificables, «víctimas» y «verdugos»: Ramalho se enfrenta ahora a un triple trabajo; un francotirador dispara y mata a corruptos notables; un pederasta anda suelto por el Valle del Kas; unos muy finos escritores aparecen asesinados… pero todas las pesquisas han de dejarse a un lado cuando aparece muerto un sacerdote, vecino del inspector. Es una «víctima», próximo a la teología de la Liberación, al que unos «verdugos» (acaso unos gemelos enviados por el Vaticano) han liquidado (tal vez a causa de una famosa daga que Pío XII regaló a Hitler tras bendecir a los tanques nazis). La investigación lleva a Ramalho desde Vallecas hasta Astorga e inmediaciones (con un estupendo episodio en las alcantarillas maragatas) y El Escorial, mientras se ocupa lo que puede de los otros casos y de poner algo de orden en su vida amorosa y paternal. El cura Natalio, el rezongante Coronel, el Flecha, la «cotillóloga», la portera, Pestini… forman la comitiva de secundarios que pivotan sobre la actividad de Ramalho. Y hay sorpresa final. Es decir, todos los ingredientes para que el lector se entretenga, cavile, deduzca, se informe de curiosidades históricas, tome partido (incluso político) y pase unas horas de lectura amenas, fin último de la que he dado en llamar «literatura popular». No faltan, para ayudarlo, resúmenes de lo que se lleva desarrollado de la trama (págs. 365 y ss.), guiños a Gorgonio, notas al pie citando otras novelas de la serie… Alejandro M. Gallo sabe lo que quiere contar y cómo desea hacerlo, se ciñe a lo suyo y cumple su objetivo sin florituras ociosas. Y se dirige a un amplio público, en efecto, porque para el lector voraz no todo va a ser (como dijo Félix de Azúa) sentarse en silla dura de madera, abrir La muerte de Virgilio, poner un CD de Arnold Schönberg y dejar la ventana abierta para que entre frío.

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