Fernando Pessoa: novelas policiacas completas incompletas

Fernando Pessoa
QUARESMA, DESCIFRADOR
(RELATOS POLICIACOS)
Ed. Ana Maria Freitas
Trad. Roser Vilagrasa
Editorial Acanatilado, 2014
530 páginas

Cuenta Juan Benet en uno de sus tan jugosos artículos («De Canudos a Macondo») cómo desde que casi tenía uso de razón una especie de geniecillo familiar, al que llama «el genio de la lectura», le «había conducido con mano firme e imperturbable hacia esa senda tan difícil de encontrar en los años mozos: la de la buena literatura». Obraba el duende en dos sentidos: ora apartándole de un libro nada interesante, ora presentándole «obstáculos estimulantes» que le moviesen a curiosidad. Así, por ejemplo, al avanzar Benet en la lectura de Cien años de soledad, se topó, en medio de un pasaje particularmente decisivo, con una barrera tipográfica de unas cien páginas llenas de «párrafos traspuestos, líneas impresas al revés y unas hojas transparentes que hacían imposible la lectura de cualquiera de su caras». Al encontrarse en el campo y no poder por ello hacerse enseguida con otro ejemplar, no tuvo más remedio que pasarse la noche en vela tratando de descifrar aquel intríngulis que el genio de la lectura le había planteado, sabedor de que el gnomo actuaba, en este caso, «no para apartarme del libro sino para excitar más mi afán». (Cuando en el lejano y benemérito «Libro de bolsillo» de Alianza Editorial se editó un volumen sobre Samuel Beckett me faltó tiempo para correr a leerlo. Quedé perplejo al comprobar de que un defecto de imprenta había dejado bastantes de sus páginas en blanco. Precisamente por colegir de las anteriores y posteriores lo que podría haber en las que se me ofrecían desnudas, puedo asegurar que nunca tanto provecho saqué de un ensayo sobre el escritor irlandés). Viene esto a cuento de las trece novelas reunidas bajo el título Quaresma, descifrador. Constituyen la obra completa policiaca del colosal escritor portugués… pero todas están incompletas, en claro borrador muchas de sus páginas, con tentativas fallidas o esperanzadoras muchas veces, truncado el proyecto globalizador y final por la muerte de Pessoa en 1935. Y, sin embargo, basta lo ahora publicado para estimular la imaginación, para suponer, inferir, jugar y deleitarse con los enigmas que se le presentan a Abílio Quaresma, médico sin ejercicio, descifrador de rompecabezas policiales. A pesar de que muchos lectores no leen novelas de intriga más que para develar la identidad del culpable (sin fijarse en el estilo, quiero decir) y dejar las deducciones o investigaciones a medias parece ser, por lo tanto, el mayor de los pecados en tal género, es tan extraordinaria la fuerza pessoana al escribir que las ausencias conforman tamaño «obstáculo estimulante» que solo al genio de la lectura del que hablaba antes cabe atribuir.
Por si fuera poco ese escollo, tal como aparece Quaresma, descifrador añade uno más para el lector común (no para el filólogo especialista, que se frotará las manos): se trata de una «edición crítica», es decir, llena de notas a pie de página, llaves, corchetes, anexos… y un prólogo que acaba por resultar divertido, tanto por sus errores (según el mismo, Pessoa solo creó tres heterónimos), como por su pesadez expositiva, en la que no faltan las habituales (y, al parecer, apasionantes para los miembros del clan académico correspondiente) disputas con otros especialistas en la materia. Se lo salta uno y está: son las pegas de que gusta el genio de la lectura. No así el «Prefacio», ya Pessoa en el pescante. He aquí la descripción interior, de una vez por todas, aunque muchas intenta después, de su protagonista el doctor Quaresma: «Nunca era impaciente, ni nadie lo era con él, un hombre un poco triste, con una especie de ternura lógica distante y una manera abandonada de mirar a los niños, de escuchar a los humildes, de dejar pasar a los mendigos… ni dramas ni tragedias, sino pérdida, lapsus, condena a las emo¬ciones a apagarse para poder pensar». También nos lo muestra por fuera en una de sus novelas: «Hombre de estatura media, delgado, bastante del¬gado—hay quien diría que hasta esquelético—, vestido con un traje gris que, o estaba muy mal hecho, muy mal cuidado, o ambas cosas. Llevaba un cuello blan¬do, bajo, desarreglado, y la corbata, negra y sencilla, tenía el nudo hecho con descuido y la tela caía hacia un lado (…). Tenía la cara chupa¬da y la piel, deteriorada, era entre morena y clara, de aspecto pálido; la nariz, ligeramente corva, era estrecha y algo torci¬da; la boca, de tamaño medio, daba un toque de carácter a una fisonomía deprimida y flaca, porque estaba cerrada y los labios eran finos». (Llamo la atención sobre el adjetivo «cerrada», que ilumina todo el pasaje). Y he aquí un ejemplo del «sabor» a clásico de los inicios de las novelas: «En el silencio de la noche se oyó un repentino estrépito de cristales al romperse. Un grupo de dos muchachos y tres mu¬chachas que doblaban la esquina en ese momento vieron a un policía de turno que miraba atentamente hacia una ventana de la primera planta de una casa aislada». Y léanse los largos párrafos deductivos, paso a paso en el progreso lógico del pensamiento de Quaresma, éntrese en la mente de un obsesivo, más que meticuloso, analizador (descifrador) de enigmas: la diferencia entre hombre normal, anormal y loco de la página 285, valga por caso. (Omito otros que, de seguirlos, dan dolor de cabeza al lector, tanta es su complejidad). Todo ello sobre los lugares comunes del género policial de entonces: habitaciones cerradas, robos de guante blanco, desapariciones (incluso fantasmagóricas)… Sin olvidar nunca la calidad de línea, de párrafo, como esta perla: «El doctor Quaresma separó las manos que tenía entrelazadas a la espalda; lo hizo sin expresión en la mirada que, al instante, dirigió hacia mí. De pronto extendió la mano derecha y me tocó el hombro. Después volvió a la posición anterior, con las manos juntas a la espalda, y la mirada perdida sobre el Tajo». En una palabra, todo lo supera la prosa de Pessoa: la inconclusión de sus historias y los parones de lectura a que obliga la «edición crítica». El genio de la lectura está actuando para impulsarnos. Hagámosle caso.

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