NegroClaroCasiGris

J. M. Guelbenzu
NUNCA AYUDES A UNA EXTRAÑA
Ed. Destino, 2014
451 páginas

En efecto, nunca se debe ayudar a una extraña si uno no quiere verse envuelto en líos policiales y procesales. He aquí la explicación del título que lleva la última novela de José María Guelbenzu (1944) y que hace la séptima de la serie protagonizada por la juez Mariana de Marco. El periodista Javier Goitia viaja a la ciudad de «G.» (es Gijón, mutatis mutandis) tras un desastre laboral. Una noche acude en socorro de una mujer a la que acaban de agredir sexualmente en un callejón. Sin embargo, lo que podría haber sido una buena acción acaba por convertirse en una pesadilla al tirar la juez y la policía del hilo, con unas cuantas familias locales de muchos posibles más o menos relacionadas con tan brutal asunto. La cosa empeora cuando dicha mujer se suicida o la matan horas después. ¿Qué se esconde tras la violación y la muerte de esa extraña? Goitia y la juez De Marco lo averiguarán, porque se trata de una novela cerrada y redonda en cuanto a atar cabos sueltos. Como quiere el lector de policiacos no muy negros, casi grises. Como quiere quien busca pasar unas cuantas horas de lectura con desfile de sospechosos, tribulaciones del héroe, paisajes amenos, vueltas de tuerca a la acción, honestos y calaveras, ricos malos y currantes buenos. Nada que objetar, muy bien. Un Gijón de manual, el hotel en que se aloja el periodista muy identificable (pág. 74), algunos homenajes particulares a amigos del autor (114), un famoso restaurante (275), etc. Lo mismo ocurre con «S.», Santander, adonde viajan algunos de los personajes. Una voz narrativa en primera persona, casi siempre, la de Goitia, aunque también con otros puntos de vista menos frecuentes. Y un deseo de desvelar y develar los cadáveres (simbólicos) que esconden en los armarios los burgueses biempensantes. Con una juez justiciera y terca, que mantiene eso que se llama «tensión sexual» con el protagonista. Todo, insisto, muy bien, una novela para entretener ocios, si no fuera por unas declaraciones de Guelbenzu a Andrés Montes («LA NUEVA ESPAÑA», jueves, 18 de septiembre, suplemento «Cultura») en las que declara: «En lo policiaco muchas veces se ha escrito de una manera directa y descuidada. Mi interés por el género incluye darle la mayor relevancia posible, que sea una escritura de primera calidad». Ahí me gustaría entrar.
Me parece bárbaro que un autor de novela negra aspire a «una escritura de primera calidad», en contra de la forma «directa y descuidada» que tantas veces sufrimos los lectores. Pero Nunca ayudes a una extraña quizá se quede en aspiración no cumplida de ese ideal manifestado. Si el modelo es Simenon (como quizá quepa entenderse: pág. 205), hay que hilar más fino en cuanto a crear ambientes, menos párrafos largos y más pincelada impresionista. Si el modelo material es la escritura esmerada al máximo, hay que repasar más ciertas tiradas como la que sigue: «Tras un día agotador en el que hubieron de regresar por la tarde para terminar la labor, Quintero pensó en cuántas cosas no se le escaparían en cada investigación. La conclusión…» ¿No es preciso evitar tantas rimas si se quiere una escritura «de primera calidad»? Goitia no puede hablar, refiriéndose a la juez, de manera tan vulgar y, a la vez, tan cursi, no le cuadra: «Estaba más buena que la mayoría de la judicatura. Lo de buena no es exacto porque es un término que se reserva para mujeres más ordinarias y la juez era una chica fina, eso saltaba a la vista; con atributos, pero fina». En las ocasiones en que aparece el narrador omnisciente, no podemos permitirle que sea tan tópico: «Sus manos, de dedos largos y afilados y surcadas de venas, sugerían avaricia». (Como ven, me voy saltando las licencias de puntuación del autor. Ni siquiera entro en que la RAE pide «la juez De Marco» y no «la Juez De Marco»). Tampoco que al contar valore tan descaradamente: «Lo primero que hizo fue soltar el bolso y deshacerse de sus bonitas sandalias». ¿No rechina y sobra ese «bonitas»? Todo menudencias, sin duda. Pero tal vez no convenga ayudar a extrañas… ni hacer declaraciones autoriales de propósitos.

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