Lo peor queda atrás

Javier Marías
ASÍ EMPIEZA LO MALO
Ed. Alfaguara, 2014
534 páginas

El título de la duodécima novela de Javier Marías se toma del Acto III, Escena IV, del Hamlet shakesperiano. Cito en inglés: «I must be cruel, only to be kind:
Thus bad begins and worse remains behind». Lo que en una aproximación daría: «Debo ser cruel, solo para ser amable: Así empieza lo malo y lo peor queda atrás». No obstante, muchos traductores del monstruo inglés han echado a volar su imaginación al verter esas palabras al castellano: por ejemplo, «Para ser clemente debo ser cruel: empiezo por lo malo y lo peor queda atrás»; por ejemplo, y trastocando el sentido, «Tengo que ser cruel solo por afecto. Lo peor vendrá esto es el comienzo»; por ejemplo -y según Astrana Marín, insistiendo más en ese significado desviado-, «Debo ser cruel pero no convertirme en desnaturalizado. Si tan malo es el principio, peor será lo que siga». Así empieza lo malo, en el año 1980, con una España en Transición mayúscula hacia la democracia, sin divorcio aún (un dato relevante en alto grado para el desarrollo de la pequeña trama argumental) y queriendo coger el tren de los tiempos. Lo peor queda atrás: la guerra, la dictadura y el gris perenne de la posguerra. Lo recuerda desde la época actual un Juan de Vere adulto. Cuarenta años atrás era solo el «joven De Vere», que entra como secretario o ayudante del director de cine Eduardo Muriel. El cineasta, culto, mundano (y tuerto: busque quien quiera homenajes a personajes clásicos del séptimo arte o metáforas si gusta), está casado con Beatriz Noguera, a la que desprecia por una antigua e imperdonable (desde su punto de vista) ofensa, tal y como De Vere descubre durante una escena nocturna de mirón o espía. Muriel encarga al joven que investigue lo que puede haber de cierto en unos rumores que corren sobre su íntimo amigo el doctor Van Vechten, rumores que apuntan a que cometió en el pasado actos no ya indecentes sino absolutamente imperdonables con más de una mujer. Las bajezas que Muriel comete con su esposa excitan la perplejidad de De Vere, pues no alcanza a imaginar qué puede haber sido tan abominable en la conducta del médico para que su jefe esté en el trance de sepultar una amistad a causa de indecencias innombrables contra las mujeres, siendo como es un marido que no evita la ocasión de vituperar a Beatriz. El joven De Vere acabará por descubrir lo que Van Vechten oculta, pero, en un vuelco de parecer, Muriel decide no saberlo (ya en la página 323, nada menos). Fin de la línea argumental (si por tal entendemos los «sucesos» que pasan). Entonces ¿para qué más de medio millar de páginas? Acaso por que los propósitos de Javer Marías sean otros: no desarrollar una intriga solamente, sino reflexionar sobre el rencor, las identidades inventadas o maquilladas, la desdicha en el matrimonio, el deseo sexual, la búsqueda de la verdad, el contar o el no contar lo que se sabe y el sentido que tal empeño pueda tener, sobre la arbitrariedad del perdón. Así respondía Marías en una entrevista con Winston Martínez Sabogal: «La arbitrariedad del perdón es un misterio. Pasamos por alto cosas graves pero somos incapaces de hacerlo con las pequeñas. Quizá tiene que ver con lo que hiere el amor propio y este es enigmático. A veces nos tomamos mal que se ponga en duda algo trivial y no nos importa cuando es sobre algo básico de nuestra personalidad».
Puede leerse este «libro» (casi prefiero usar el hiperónimo en lugar del hipónimo «novela») como una larga tirada reflexiva sobre el rencor, un potente pegamento de conveniencias (el matrimonio es una). También como una defensa de la hoy tan denostada Transición: las armas estaban en manos del ejército en 1980 y el ejército era en grandísima medida franquista; visto lo que podía venir, bien está lo que se hizo (no olvidemos que hubo un golpe de Estado en 1981), era lo que se podía hacer. Asimismo, como un desahogo de desprecio frente a tantas biografía «festivas» (así las llama el autor) que tantos personajes se construyeron para hacerse pasar por antifascistas de siempre y defensores de la II República desde siempre cuando fueron colaboradores silenciosos o activos del régimen de Franco (se habla de cierto profesor de ética, calvo y muy feo; de cierto pintor catalán de mucha fama…): léase sobre ello alrededor de la página 40, y de la 420 y siguientes, más específicas sobre el vil chantaje político para obtener favor sexual. Además de la ya citada reflexión sobre el perdón y su arbitrariedad: tan de embudo somos, tan de levantarnos por lo nimio y prestar oídos de mercader a lo gravísimo. Todo dentro del «estilo Marías»: sentencia breve («Uno alarga a voluntad lo que considera su edad irresponsable»), campo abriéndose («Mala cosa es el agradecimiento sobrevenido, repentino, reciente, nos hace olvidar las afrentas de golpe o abandonar un plan de venganza, nos entumece el rencor y aplaca todo afán de justicia») o en largo («El pasado no cuenta, es tiempo espirado y negado, es tiempo de error o de ingenuidad e insipiencia y acaba por ser tiempo digno de lástima, lo que lo invalida y envuelve es a la postre esta idea “Qué poco sabíamos, qué tontos fuimos, qué inocentes, ignorábamos lo que nos aguardaba y ahora estamos al tanto”. Y en ese saber de ahora somos incapaces de tener en cuenta que mañana sabremos otra cosa distinta y el hoy nos parecerá igual de tonto que el ayer y el anteayer y que el día en que nos arrojaron al mundo»).
Y no faltan desde historias sobre el cine (Herbert Lom, Jack Palance, el director Jesús Franco…), sobre Mariella Novotny, sobre el profesor Rico (para reír a carcajadas es la página 454, con ese «Érforstrafó», con doble acento, que tan pintoresco personaje, basado en hechos reales, suelta) u otras pinceladas de humor: la monja interrogando al protagonista sobre qué es lo que hace subido a un árbol, y la atribulada respuesta de De Vere: «Haga el favor de no llamarme “hijo”, madre». ¿Entienden ustedes por qué este libro, esta novela, no es largo aun con tan poca trama?

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