Leopoldo Alas Argüelles o la ejecución de un hombre justo

Pedro de Silva
EL RECTOR
(Tragedia en siete actos)
Ed. Losada, 2014
155 páginas

Cuando se conoce de antemano cuál va a ser el desenlace de una obra dramática, por basarse en hechos históricos probados, muy fino ha de hilar el dramaturgo si quiere mantener la atención del lector o espectador. De hecho, solo se le permite transitar un camino: recrear el ambiente, el «aire» que rodea una trama que, por ya conocida, en nada le va a conmover en sí misma. Sabemos que Leopoldo García-Alas García-Argüelles fue fusilado en la cárcel del Oviedo «sitiado, pero no cercado», en febrero de 1937, tras un proceso sin la justicia («derecho, razón o equidad») que ni los franquistas estaban prestos a facilitar ni falta que les hacía, pues la sentencia condenatoria era deseada, esperada y, mediante esa sutil forma que ni de palabras precisa, ordenada por un Francisco Franco que firmó el correspondiente «enterado» como quien aparta unas migas de pan del mantel. Óptimo alumno de Derecho, jurista eminente, escritor y articulista, diputado en 1931, subsecretario de Justicia, catedrático, decano y rector de la Universidad de Oviedo, don Leopoldo se veía reo de un pecado original que la pacata sociedad de Vetusta (no de Oviedo) siempre se vio incapaz de perdonar: era hijo de Clarín, el autor de La Regenta. A escrutar y esclarecer cómo era el «aire» que propició el asesinato del Rector, se aplica esta «Tragedia en siete actos» con la que el poeta, novelista, ensayista, columnista y expresidente del Principado de Asturias Pedro de Silva (Gijón, 1945) vuelve a su querencia por el teatro.
En la «Conversación sobre El Rector» que precede a la pieza (un a modo de Prólogo o, lo que quizá hubiese sido más de mi gusto, de Epílogo), De Silva conversa con Juan Pedro Aparicio: «Al parecer el propio Alas le dijo a un compañero de prisión: “matan en mí la memoria de mi padre” (…). Lo que llevaría a Alas ante el paredón de fusilamiento fue su firmísimo compromiso con la República y los valores que representaba (…). Y, sobre todo, debió de pesar [su] actitud a raíz de la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias, condenándola de forma clara, pero pidiendo luego el perdón para sus responsables. De hecho, la “prueba de cargo” decisiva fue la fotografía del mitin en el que, con la presencia de Alas en la mesa, se solicita el resarcimiento de las viudas y huérfanos de los revolucionarios».
El Primer Acto («La premonición»), nos presenta al Rector y a su amigo Lucio paseando desolados entre las ruinas humeantes de la biblioteca de la Universidad de Oviedo, en octubre del 34. Sopla el funesto viento sur. Reflexionan: «Cuando la justicia social se demora mucho ya no evita el incendio». Dice Alas: «Los latidos de la revolución a veces son terribles. Cuando, en lugar de seguir el camino de las reformas, estalla de pronto, se muestra así, violenta, atroz, inevitable». Funciona dramáticamente como la obertura premonitoria de la bárbara tragedia que seguirá, es decir, apuntando sus temas claves. El Segundo Acto («El prendimiento») muestra el hogar de los Alas (estupenda su esposa) en un «día claro y luminoso», pero que «lleva una sombra dentro». Al salir el Rector preso a su destino, un doble encargo: «Cuida de las niñas. Ocupaos también de los libros, que no les pase nada». Resulta engañoso el título del Tercer acto, «La prueba de cargo»: no la hay en justicia, solo la foto de un Alas inquieto y ajeno en el mitin del Teatro Jovellanos, pero en compañía de conspicuos «rojos». Lo sabe Lucio, el escéptico: «Lo que de veras temen es la instrucción del pueblo, que ayuda a la gente a pensar». Porque «[El Rector] representa el libre pensamiento, el mal a erradicar». Un hombre que «defendía el orden, solo quería cambiarlo poco a poco mediante la cultura». El Cuarto acto («El juicio») apenas deja asomar al De Silva autor para dar en acotaciones los gritos injuriosos del público hacia Alas. Lo constituye el Sumario con la condena a muerte tan ansiada por Vetusta. Nada del intimismo o la cercanía de las partes anteriores: es el principio de realidad. El Quinto acto («La súplica») vuelve al tono anterior, con la esposa y los cercanos escribiendo la carta en demanda de conmutación del fusilamiento por la perpetua. No se explican el porqué de la atrocidad, salvo, de nuevo, Lucio: «Cuanto menos mal haya hecho más valdrá para expiar las culpas». Porque es «[el miedo] el material del que alimenta el poder. Cuanto más miedo meta en el almacén, más tiempo reinará. Luego ya solo tendrá que administrarlo». Por ello, «hacer culpable a un justo es la suerte suprema, el no va más, para los que buscan venganza». El mensaje es claro: hay que extirpar la planta de raíz: «La izquierda. La Revolución. La República. El libre pensamiento. El laicismo. Para Franco todo eso forma parte de lo mismo». Un Franco al que se ve en familia (con la Generalísima) en el Sexto acto («La confirmación»). El tono es radicalmente opuesto al anterior, es casi una escena costumbrista, aun a sabiendas de que en esa habitación se deciden vida y muerte. El Generalísimo abunda en la idea anterior: «Estos intelectuales saben siempre cómo escabullirse con buenas razones, después de haber mandado a los simples al matadero. Gente de libros, gente de peligros». Y cita a la autoridad «intelectual» del comentario: «Eso dice siempre Millán». Su mujer no cita autores, solo el insidioso «dicen»: «En Vetusta lo odian. Dicen que estuvo en el incendio de la Universidad, y en la voladura de la Cámara Santa». La suerte está echada en el Séptimo acto («Confesión y muerte») cuando Alas recibe la visita de un Magistral Benjamín Ortiz arrasado por presenciar la injusticia que van a cometer «los suyos». Mucho más sereno, ante lo inevitable, el Rector sigue en su idea: «Los libros son el alma de una sociedad, nuestra alma colectiva». Lo fusilan.
Mucho más que a Shakespeare, entiendo que De Silva sigue la estela de los trágicos griegos. El implacable Destino, un Destino que es el carácter de Alas, el carácter de Franco. También en la forma teatral, alternando barruntos o certezas de negras sombras con el tono que requieren otras partes: el Sumario frío, la despreocupación hogareña de los Generalísimos. La progresión hacia lo inevitable la logra la palabra medida, sin largos parlamentos (salvo los monólogos de la esposa de Alas), sentenciosa. Se suman unas muy atinadas recomendaciones escenográficas que proporcionen el ambiente, el aire, necesario para que este tragedia mística («que incluye misterio o razón oculta») cumpla su catártico cometido. Excelente lectura en los tiempos estos que corren. Potente drama de contrarios: sobre la libertad y la opresión, los libros y la barbarie, la conciencia y el insulto, la comprensión del otro y la venganza sobre el otro, el amor y la inquina. Sobre la vida y la muerte, en fin, como toda alta obra creativa. Aguardemos su paso a las tablas.

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