Al galope por la locura

Pierre Lemaitre
VESTIDO DE NOVIA
Trad. Mª Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego
Ed. Alfaguara, 2014
291 páginas

Lo diré ya: esta novela no es que se pueda leer de un tirón: es que no queda otra que leerla de un tirón si se tiene un mínimo gusto por la intriga. Trataré de no ser «spoiler» (¿lo aceptará la RAE con una «e» inicial o se dará por servida con «aguafiestas», «destripador», «reventador»?), aunque es harto difícil en este caso. Hasta que no llegue el lector al segundo capítulo (hasta que no recorra unas cien páginas), no sabrá bien de qué va la trama, porque a partir de entonces se opera un cambio colosal en la misma, con un salto de voz narrativa. Luego no parará de leer. Porque se verá ante una narración «trepidante», o sea, rápida, agitada e intensa. Estupendo entretenimiento.
Antes de conocer el éxito «de prestigio» con el «Premio Goncourt» del año pasado a su novela Nos vemos allá arriba, el parisino Pierre Lemaitre (1951) ya se había ganado un nombre en el género «negro», bien con la serie protagonizada por el inspector jefe Camille Verhœven, bien por otras novelas como la presente, datada hace cinco años y editada ahora en español a rebufo del éxito goncourtiano. Lemaitre siempre ha manifestado su satisfacción por ser considerado un escritor «popular», denominación que no le parece desdoro alguno, muy al contrario. Ha leído lo que hay que leer para hacerse con la técnica de llegar «a todos los públicos» y la aplica de maravilla. Lo que son las cosas, el título «Vestido de novia» gana en español: en francés es «Robe de marié». En español, sin embargo, se presta a la ambigüedad: una persona puede comprar un vestido de novia; pero también puede llevar puesto un vestido de novia. Hasta aquí puedo leer. Porque si menciono expresamente la obra teatral en que parece inspirarse, de 1938, o el título de sus muchas adaptaciones cinematográficas (1940, 1944…): si añado, incluso, que tal título se ha convertido en frase hecha para designar aquello que alguien hace y que muy poco nos gusta que nos hagan, entonces destripo y espoilorizo mucho más de lo conveniente. El caso es que Lemaitre te atrapa con un ritmo muy de punto y seguido para que galopemos por la locura a toda velocidad: «Cuando Sophie llora, le dice: “No te sientas obliga¬da”… Ella le dice: “Ayúdame”. El le seca las lágrimas. Ella añade: “No es culpa tuya, ¿sabes?”. Y él dice: “Ya lo sé…”. So¬phie cree que ese hombre podría comprender cualquier cosa. Es tranquilo, lento, preciso, no se le había ocurrido que pudiera ser así. Hace tanto tiempo que no entra en ella ningún hombre. Durante un breve instante cierra los ojos como si estuviera embriagada y quisiera que el mundo deja¬ra de girar a toda velocidad. Lo guía. Lo acompaña. Nota su olor, que ya le era familiar a distancia. Es un olor anónimo de hombre en celo. Consigue contener las lágrimas. Él in¬tenta pesar poco, parece estar esperándola, ella le sonríe. Le dice: “Ven…”. Tiene la expresión de un niño indeciso. Lo abraza, con más fuerza. Él no se hace ilusiones. Están tranquilos, Sophie mira la hora. Los dos sa¬ben lo que no tienen por qué decirse. Quizá algún día… Son dos accidentados de la vida y, por primera vez, Sophie se pregunta qué accidente habrá sufrido él». Y esta que acabo de citar es una escena de sexo: imagínese usted a qué celeridad de desparrame encadenado irá el progreso de la intriga, sin permitirse apenas oraciones subordinadas que ralenticen. El final pierde un poco el tino (para mi gusto: quién le mandaría a Lemaitre haber creado tantas expectativas) porque junta mucho material en pocas páginas y embarulla por consiguiente. Pero en nada desmerece este entretenimiento tan francés (tan «culto», quiero decir), con sus gotas de psicoanálisis, con el atribulado pensamiento de la locura, con el despliegue de una pesadilla que puede esperarnos a cualquiera a la vuelta de la esquina. Cuidemos nuestro presente, cuidemos nuestro futuro: pero no olvidemos que alguien cuida nuestro pasado. Y no puedo decir más.

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