Monótonas monotonías

Juan Antonio Masoliver Ródenas
EL CIEGO EN LA VENTANA
Ed. Acantilado, 2014
134 páginas

Lleva de subtítulo este volumen del crítico, novelista, relatista, poeta, traductor y profesor Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) «Monotonías» y viene a unirse a tantos otros como por aquí se acercan que contienen aforismos, pero no son libros de aforismos, que cobijan cuentos muy cortos sin ser de cuentos, que forman un cajón de sastre donde caben ideas, ocurrencias, gracietas… aunque no pueda llamárseles exactamente libros de ideas, ocurrencias y gracietas. Para aclarar, pues, al lector curioso, dejemos la voz a JAMR: «De alguna manera hay que llamar a lo que no tiene nom¬bre y antes de que otros se lo pongan. Antes de que las defi¬nan como epigramas, aforismos, epifanías, greguerías, etcé¬tera. Por un lado hay algo de monótono, porque apenas si hay construcción literaria, son frases porque no pueden ser simplemente palabras. No quieren confundirse con el mini-cuento porque eso no existe. Los cuentos son siempre cuen¬tos, por mucho que se empeñen los otros cuentistas, es decir, los malos escritores incapaces de escribir un cuento, o los críticos y académicos que necesitan añadir a lo que hacen un tono de originalidad. Ellos no pueden escribir ficción pero pueden encontrar definiciones que luego se pueden desa¬rrollar como tesis doctorales. Han sido capaces de inventar lo que no existe sin más imaginación que la que podríamos llamar imaginación académica». Viene lo recién citado al principio de El ciego en la ventana, y debemos aguardar hasta la página 72 para una segunda aclaración, cierto que un tanto redundante: «No eran unas memorias, no era un diario, no era un libro de aforismos, no era una colección de cuentos, no era una novela. Escribía obsesivamente sin saber qué escribía». De modo que quien se encuentre ocioso en una espera o una tarde que venga de través, bien puede acercarse a estas «Monotonías», chispazos de ingenioso ingenio o reflexiones con un bastante de pesimismo negro o juegos ante la muerte que llega. Desde autocríticas («¿Por qué me ofende que me engañen si he vivido siempre engañándome a mí mismo?») hasta desengañados balances: «He aprendido que no es necesario llegar a conclusiones, porque, apenas llegamos a ellas, nos encontramos con una decepción y con un nuevo dilema para condenarnos al pensamiento incesante, esta tela de araña en la que han queda¬do atrapados tantos seres humanos, muchos de ellos escri¬tores con su piedra en la espalda en una penosa ascensión a lo que es un precipicio. Y decido aceptar la vida normal». Desde definiciones («Necio es (…) el de la bandera y la patria; el que aprende mucho y no sabe nada; el que ignora el misterio de un pezón») hasta escenas divertidas, como la del niño preguntón y resabiado inquisidor de la página 63 a quien su padre acaba por reprimir y generar la respuesta quejica del chico: «Mamá, mamá, papá ha vuelto a pegarme y dice que soy un cartesiano». Desde preguntas y preguntas («¿A qué edad empezamos a ser ancianos? ¿Quién lo deci¬de? ¿Los años? ¿El estado del cuerpo o del espíritu? ¿Los médicos? ¿El abandono? ¿La envidia que nos produce la felicidad que vemos pasar ante nuestros ojos? ¿La indife¬rencia por el dolor ajeno?») hasta la pregunta final: «¿De qué le sirvió todo aquello el día de su muerte?»
No acierto a explicarme aún muy bien el denodado interés que parecen tener los muchos citados al principio por que nos interesemos los demás lectores por sus monocordes temas personalísimos, sus idas y venidas anodinas: salvo, claro está, que una vanidad total les ciegue. Es un defecto mío, sin duda, no ver ni una fibra de jamón en tanto y tanto ombliguismo paisajístico, bien del alma, bien del entorno. Veo mucha grasa espesa en el deseo que les afana por sacar a la luz esas intimidades intransitivas. Muchas veces, bastaría con escribirlas, desahogarse así, guardarlas en el cajón y tirar la llave. Fallo mío, insisto.

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