Los bárbaros van al cine

Confieso que he echado los dientes en cines de Oviedo. En el «María Isabel» (con anfiteatro y fila de mancos para solaz de parejas ardientes); en el muy pino «Santa Cruz» (donde se rumoreaba que había pulgas en abundancia y siniestros individuos solitarios a la caza seductora del adolescente); en el alborotado y anárquico «Asturias» (allí vi aliviar la vejiga en una esquina a un espectador que no quería perderse detalle de la película); en el inmenso «Filarmónica»; en el «Campoamor» (cuya entrada de gallinero era administrada por un portero arbitrario que lo mismo te dejaba pasar a las de «Mayores de 18» que te sacaba de la fila a grandes voces y amenazas); en el finolis «Real Cinema» (con un cartel en el cristal de la taquilla donde se leía un misterioso «Hable aquí, delante del Highphone»). Que desde mi más tierna infancia estoy curtido en ver cine en compañía de otros, quiero decir, sufriendo un aprendizaje que imprime más carácter que el paso por la Legión. Y fui gamberrete ocasional en las salas, destripando la identidad del asesino, dando aullidos draculianos o arrojando cascos de pipas a las filas precedentes. Dios me haya perdonado. Pero era un niño.
Ahora, toda actividad vocinglera, incivil, masticadora, crujidora, estrujadora, eructante y ventosa, comentadora, bárbara y cavernaria y timbradora de móviles se aloja en los cines. Pero son adultos sus perpetrantes. Me imagino que las sesiones infantiles sean el infierno. Pero son niños. Protestaba aquí el crítico musical Cosme Marina sobre el poco respeto auditivo que los asistentes a los conciertos muestran hacia sus semejantes. Será que va poco al cine, porque eso sí que es el paraíso del ruido. Primero, muchos espectadores acuden provistos de comida y bebidas gaseosas como si el mundo amenazase hambre de posguerra o no hubiesen probado bocado en lustros ni hubieran conocido la hidratación en semanas, tal es el contingente de palomitas, patatas, pistachos, aritos cebolleros, «snacks» de deglución sonora y aroma de vómito, con que a duras penas equilibristas consiguen sentarse en la butaca. (En no pocas ocasiones tentado estuve de acudir al cine con un hornillo donde cocinarme unos chorizos a la sidra, a ver qué pasa). Segundo, mi perro Brel come con más decoro y menor aparato sorbedor y trinchante. Tercero, las escenas de la peli se valoran a voces, se juzgan a gritos, se comentan con tal regocijo o susto que se oyen las opiniones hasta en las calles aledañas. Cuarto, cualquier ocurrencia espontánea, cualquier desajuste familiar o amical, cualquier anécdota surgida de esas mientes comedoras y regurgitadoras se manifiesta al punto y al alto la lleva, haciéndonos partícipes a los demás de que al cuñado de aquel lo mandaron al paro, de que Margarita ya no se ve con Eulogio, de que la semana pasada estuvieron esas tres en una sidrería brutal y bestial, como si los euracos que uno se dejó en taquilla fueran un abono para escuchar sandeces y mentecateces, y no los diálogos o la música del film. ¿Cómo no va a estar en crisis el cine si no hay humano que pueda seguir el hilo de lo que pasa en la pantalla, abducidos sus sentidos por el crepitar fartón y la algarabía charlatana?
Y quinto y gravísimo: compruebo con pavor que las escenas más sangrientas y repulsivas (lo he visto hace nada en «Perdida» y en «Relatos salvajes»), producen explosiones de júbilo y risas de frenopático severo en esas bocas atiborradas de grasas innobles y pestilentes azúcares, amén de lluvia en derredor de restos medio masticados. Insisto, en películas con afán de realismo, no de querencia «gore». Mal, muy mal están las cosas en las cabezas para que el horror al vacío interno de esos seres solo se llene a base de fregar la paciencia del prójimo con una conducta asquerosa, una actitud indecente y una exaltación agiotista, egoísta e invasiva de un yo tarado. Los bárbaros están entre nosotros y van al cine.

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