Más adanismo

Mercedes Cebrián
EL GENUINO SABOR
Ed. Random House, 2014
153 páginas

Andrés Ibáñez
BRILLA, MAR DEL EDÉN
Ed. Galaxia Gutenberg, 2014
763 páginas

Es posible que sea mía la culpa, que vea adanismo por todas las partes literarias. Quizá. La sensación de que tantos autores dan en escribir sus novelas «como si nadie hubiera ejercitado anteriormente» tal actividad me asalta con más frecuencia de la que debiera. No sé si hay que recurrir a lo de que todo lo que no es tradición es plagio, pero no puedo apartar de mi gusto lector la sensación incomodísima de que lo que estoy metiéndome por los ojos ya lo he visto antes e incluso lo he visto mejor escrito. Acaso sea que pongo demasiadas expectativas al abrir una novela. Pero cómo no hacerlo. Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) agradece en la página 153 de su El genuino sabor nada menos que a catorce personas «su lectura atenta y sus comentarios»; y agradece a dos instituciones y una casa que le proporcionaran «bienestar y cobijo durante ciertos períodos de la elaboración de esta novela»; y Manuel Vilas y Antonio Orejudo y Vicente Molina Foix y Leila Guerriero escriben en la faja que abraza el libro frases de lo más encomiástico sobre ella (sí, ya sé cómo se escriben las fajas de las obras, ya lo sé). Con lo cual, me predispongo a leer una novela no ya notable sino potente, pues tantos elogios ha suscitado y tanto bienestar y agradable cobijo acompañaron su escritura. Pero resulta que las andanzas de la protagonista me suenan a una correcta redacción y nada más. Que no alcanzo a ver tensión dramática, progresión, ni siquiera anecdotario sabroso o escenas londineses jugosas (como tantos y tantos y tantos autores anteriores han escrito). Solo llego a vislumbrar buena intención para contarnos algunas cositas de la nada azarosa por poco estimulante vida de la Almudena que nos guía. Y descripciones de guía turística (pág. 94, por ejemplo). (No he podido por menos que recordar el ya antiguo Londres de Juan José Barral: mismas intenciones, mejor resolución). Querría ser justo y generoso como crítico, pero cabe pedir a los autores justicia y generosidad también, que le echen una mano a uno, que antes de emprenderla con algún argumento leyesen muy mucho sobre lo que van a desarrollar. (Y tampoco puedo apartar de mi mente el Londres victoriano de Juan Benet, todo jamón). Pero las cosas son como son. Y deseo que Mercedes Cebrián conecte con un público ávido de lecturas planas y sin complicaciones estilísticas o de trama. Que sin duda lo habrá, aunque no me cuente entre el mismo.
Por el contrario, el adanismo de Andrés Ibáñez («Simplemente, un genio», escribió Miguel Dalmau, cómo contradecir tamaña afirmación) le lleva a atiborrar cerca de 800 páginas de letra pequeñita con una variación de la serie televisiva «Perdidos» (ahí sí que puede encontrar público fanático), llenando una isla de singulares personajes, graciosos, sorprendentes, atrabiliarios: todo lo que se quiera, pero que agota por acumulación, que no selecciona o no parece seleccionar, que es la anterior novela de Cebrián pero al revés: rebosante de sucedidos hasta que el lector pierda el hilo si lo hubiere. Muchos novelistas se han visto con tal cantidad de material narrativo entre manos que se han visto obligados, como no podía ser de otra manera, a alumbrar zonas y oscurecer (u olvidar) otras. Pero si alguien quiere contarlo todo acaba por aburrir, como dijo el clásico. No vendría, pues, nada mal que se hubiera leído más antes de sentarse a escribir novela. Que no todo comienza con uno mismo, que ya antes otros han recorrido ese camino y mejor. Como siempre, será error mío.

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