Pablo Iglesias y el discurso clásico

La intervención de Pablo Iglesias en el acto de clausura de la reciente Asamblea de Podemos ha suscitado las previstas adhesiones y los rechazos esperables, asuntos estos en los que ni quiero ni voy a entrar. Sí voy a hacerlo, caso de que el lector me lo permita, en los aspectos retóricos u oratorios de lo dicho por el recién elegido secretario general del nuevo partido político (y como ya lo he hecho aquí otras veces con respecto a discursos de muy distinto tenor ideológico). Es decir, me fijaré en la forma: el contenido pertenece a otro tipo de discusión. Me mueve a ello el artículo de Santos Juliá «Mucha frase, ningún discurso» donde el historiador y catedrático afirma que Pablo Iglesias «ha subvertido la oratoria política. Fuera la estructura y las figuras del discurso». Y le califica de «maestro en el arte de soltar frases sin pronunciar discurso alguno». A mi modo de entender, la susodicha intervención no subvierte las reglas de la oratoria política, se atiene a una estructura clarísima, usa figuras del discurso a manos llenas y, sí, es un discurso. Es más: me resultó un discurso de lo más clásico (o sea, «que no se aparta de lo tradicional, de las reglas establecidas por la costumbre y el uso»). Quizá por lo mucho que evita ese léxico neotonto, esos galimatías abstrusos, esa nadería retórica que trajeron a las palestras los políticos de lo que Podemos llama «la casta». Insisto en que solo incidiré en los aspectos formales; sobre los otros, allá cada cual.
Comienzo por el final. Un «discurso» (me atengo a la RAE) es la «exposición sobre algún tema que se lee o pronuncia en público». Pablo Iglesias expuso en público sus opiniones sobre su partido, los otros partidos, la situación del país, etc. Es decir, pronunció un discurso, y un discurso tan clásico que lo escuché recurrir a las submodalidades discursivas más estándares. Como la «arenga» (buscó en ocasiones «enardecer los ánimos»). Como la «perorata» (sin duda resultó «molesto o inoportuno» para muchos). Como la «prédica» (pues no le faltó vehemencia). Como el «sermón» (pues amonestó y reprendió). Como la «exhortación» (ya que incitó «con palabras, razones y ruegos» a que sus partidarios hiciesen o dejasen de hacer algo). La estructura a la que se atuvo durante sus veinte minutos de discurso es, asimismo, la que se enseña en las escuelas: tono y volumen sosegados al inicio de cada subtema; gradación ascendente del los mismos hasta el esperado aplauso; y remache final con alguna repetición sonora que se alzase sobre las ovaciones del público. De vez en cuando, los eslóganes de rigor, esas fórmulas breves y originales, utilizadas para la propaganda política desde siempre (pues valen para descosidos y rotos), y más hoy, con los «tuits» a todo trapo; esas fórmulas que tanto agradecieron siempre los periodistas para llevar a titulares: «La sonrisa está empezando a cambiar de bando»; «Sonreíd, porque vamos a ganar»; «El miedo es una mala estrategia»; «Nosotros defendemos la vida»; «Frente al miedo está la sonrisa, frente al miedo está la alegría»; «La crisis tiene nombres y apellidos»; «Podemos es el resultado del fracaso del régimen, de sus oligarcas y de sus partidos»; «¿Quién tiene que tener miedo? Los que no pagan impuestos, esos son los únicos»… Eslóganes que no reparan en concesiones incluso a la retórica sentimental: «En quince años casi no habrá niños jugando en las calles» (recuérdese cómo usó Rajoy el mismo recurso con «la niña» durante su campaña frente a Zapatero). Aquí y allá, caídas de intensidad bien medidas, mediante neologismos creativos («emprendeudores»), pleonasmos («España es un país de países, es un país de naciones»), gracietas («No es tan doloroso viajar en turista»), expresiones del común («Es que manda narices»), ejemplos ilustrativos (Dinamarca), citas (la del personaje de Gillo Pontecorvo), etc. Nada que oratoria, retórica o técnicamente subvierta nada. Ni siquiera los datos estadísticos que usó Iglesias fueron expuestos de modo «revolucionario», digámoslo así, pues ya los otros partidos nos tienen acostumbrados a que las cifras usadas como aval de las ideas se desgranen en gradación ascendente y tan rápida que sean imposibles de retener, pues tan solo se usan para acrecer el ambiente de fervor de unos seguidores que serían incapaces de repetirlas un instante después.
Ya he citado algunas figuras retóricas cuya existencia niega Santos Juliá. Pero hay una que sobresale de modo abrumador. El discurso de Pablo Iglesias es la apoteosis total de la anáfora, ese medio (clasiquísimo) de mantener la atención creando expectativas crecientes hasta su explosión final. Doy teoría: la anáfora es una figura retórica que consiste en la repetición de una o varias palabras al principio de un enunciado. Pongo un ejemplo: «Podemos es un partido político. Podemos es un partido político nuevo. Podemos es un partido político…», y así sucesivamente. Pues he aquí una colección de anáforas, tomadas del citado discurso, cuyas palabras iniciales copio: «Fue difícil, fue muy difícil, ha sido un trabajo muy difícil»; «Ese es el trabajo, ese es el trabajo»; «A un cambio que, a un cambio que»; «Una alternativa, una alternativa»; «Van a decir, van a decir»; «Da miedo, da miedo, da miedo, lo que de verdad da miedo, da miedo, ¡da miedo!»; «Hay un país, hay un país, hay un país». Y, para cerrar su intervención, qué mejor que la clasiquísima «captatio benevolentiae», es decir, la complicidad halagadora que logra el aplauso cerrado: «La sonrisa ha cambiado de bando, les molesta nuestra sonrisa igual que les molesta que cantemos, ¿verdad?» Y, acto seguido, a cantar todos juntos.
Que otros, si quieren, dictaminen la bondad o maldad de lo dicho por Pablo Iglesias, diriman si hay falsedad o verdad en Podemos. Que otros, en definitiva y si les place, entren en terrenos políticos. Pero, desde el punto de vista técnico, considero la citada intervención como un discurso, sin duda; como un discurso estructurado y mucho; como un discurso abundante en figuras retóricas; y como un discurso de lo más clásico en cuanto a la disposición y el uso de los elementos que lo componen. Tan clásico como la anáfora que acabo de usar.

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