El Quijote, la aventura continúa

Andrés Trapiello
EL FINAL DE SANCHO PANZA Y OTRAS SUERTES
Ed. Destino, 2014
430 páginas

Como es bien sabido (o debería serlo) en la Segunda Parte del Quijote, la de 1615, tanto el protagonista como su escudero Sancho saben que ya andan por escrito sus aventuras (las que habían visto la imprenta unos diez años antes: 1604 o 1605, según discuten los autores) y a ellas se refieren matizando aquí y allá lo contado por Cervantes. Por lo tanto, dos personajes de ficción hablan dentro de una obra de ficción de lo bien o lo mal que su creador había reflejado sus andanzas, convirtiendo así al Cervantes real en un personaje de ficción pues está dentro de una obra de ficción comentado por personajes de ficción. Los demás personajes (el bachiller Sansón Carrasco, la tía y la sobrina, los sinvergüenzas de los duques –perdóneseme el insulto o calificación- y muchos otros más fantasmas de la fantasía cervantina se unen a esa celebración de que la muy verdadera historia del hidalgo-caballero esté en libro. Por tan reales se tienen ellos mismos que quien aparece más desdibujado es el propio autor que los parió. La ficción aparenta ser más real que la realidad: toma ya metaliteratura. Por ello, por esa abrumadora entidad que los secundarios quijotescos poseen, tuvo la novela continuaciones en la pluma de otros autores, estirando la peripecia de algún personaje: toma ya «spin-off». En resumen: en el Quijote está todo, basta con releerlo una vez al año o así y la mente se enriquece al tirar del hilo de sus tal parece que infinitas posibilidades.
Hace diez años, Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953) ganó un par de premios con Al morir don Quijote, es decir, con qué ocurrió a los demás personajes y al lugar de La Mancha cuando los dejó su protagonista. Ahora, dos lustros después, como no podía ser de otra cervantina forma, parece cerrar el ciclo de elongaciones quijotescas con El final de Sancho Panza y otras suertes, donde, como el título ya lo anuncia (y así me libro de ser yo el «spoiler»), acaba la vida del compañero de Quijano… en un terremoto (y aquí sí aguo un tanto la fiesta lectora) americano. Porque la novela se va enseguida de Argamasilla de Alba (o de donde fuere el «lugar») camino de las Indias, con parada en Sevilla, con docenas y docenas de personajes, desde los creados por Cervantes hasta los que incorpora Trapiello con el mismo tanto buen gusto que siempre demostró al tratar asuntos del alcalaíno (léase su Las vidas de Miguel de Cervantes. Una biografía distinta, por ejemplo). El tono, Cervantes puro o XVII puro: «Era la Real Cárcel de Sevilla temible ergástula. Imponía la lobreguez de su fábrica, el grosor de sus muros, la altura de sus estancias, los recios herrajes de las ventanas. Hasta los hombres honrados la rodeaban en sus camina¬tas por no oír las lamentaciones y gemidos de quienes imploraban a los transeúntes desde dentro un poco de, caridad, limosnas, noticias del mundo de los vivos, ya que era aquella la antesala de la muerte». Por todas partes, desusadas, ay, palabras del español (cuando no muertas del todo). A cada página, desplantes tan de la obra de la que bebe: «¿Le parece bien a vuesa merced hablarle así a quien podría mandar echaros al río? Cuide de no encumbrarse tanto que se despeñe, y no hable rodeado, hermano, que aquí nos holgamos con la llaneza». Tan regocijante es su lectura para quienes gustamos de estas cosas que incluso parece publicado a punto para entrar en la polémica que nuevo vigor acaba de cobrar con las pretensiones de cierto intelectual catalán por considerar al Quijote mala traducción de un «don Quixot de la Garriga, del gran Miquel Servent» (pág. 267 y alrededores). O sea, que la aventura de las aventuras continúa y así seguirá por siempre, por fortuna.

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