El mejor amigo del perro

Arturo Pérez-Reverte
PERROS E HIJOS DE PERRA
Ilustrado por Augusto Ferrer Dalmau
Ed. Alfaguara, 2014
156 páginas

Tan difícil resulta explicarle a quien no ha convivido con un perro las enormes ventajas que tal asociación conlleva como tratar de que un toro entienda la trayectoria de una mariposa, por usar la ya clásica comparación. Una vez pasada la fase de lo bonito que es este cachorro y qué gracia tiene y qué monada y del siempre espeluznante «está para comérselo», un perro es una lata. Hay que pasearlo varias veces al día, recoger sus deposiciones (por cierto, estupendo acto cotidiano de humildad que tanto contribuye a que un amo soberbio ponga los pies en la tierra), llevarlo al veterinario, saciar su hambre y su sed, jugar con él, sufrir con paciencia sus urgencias, mimarlo y entenderlo… Una lata: casi tanto como la lata que da convivir con un humano. ¿Y qué se obtiene a cambio de tanta gaita? Responde mi no corta experiencia en el asunto: una continua corriente de satisfacción, gozo y alegría por vivir que quien la probó lo sabe, que quien no la probó ignorará siempre. Tantas y tantas veces superior en intensidad a la proporcionada por la compañía de un humano. El escritor y columnista Arturo Pérez-Reverte piensa lo mismo.
Perros e hijos de perra es una recopilación de unos veinte artículos sobre temas perrunos, publicados por su autor «entre 19913 y 2014». Cito: «anécdotas de fidelidad, de coraje, de soledad, de tragedia, de alegría» (pág. 14). Todas las historias gravitan sobre un punto común: «Podría desaparecer la humanidad entera. Podrían diezmarnos las catástrofes y las guerras y caer chuzos de punta e irnos todos a tomar por saco, y el planeta Tierra no perdería gran cosa. Al contrario: ganaría en armonía natural y en alivio. Pero cada vez que desaparece un animal silencioso, bueno y leal como era el perro del que les hablo [uno de los cinco con que convivió Reverte], este mundo de mierda resulta menos generoso, menos habitable y menos noble» (p. 27). Así, entre relatos sobre perros que acompañan a parejas, que participaron en famosas batallas, que amigaron a desconocidos; entre diatribas feroces contra los canallas irresponsables que compran un perro para deshacerse de él en cuanto estorba o dejan de hacer gracia sus gracias; entre explicaciones sobre quién es el responsable último de los ataques salvajes de algunos canes; entre todo ello, se sigue con la idea: «Me pregunto en qué se fundarán esos imbéciles para creer que vale más un ser humano -embriones incluidos, leyes de aborto y todo lo demás- que la lealtad, la honradez y los sentimientos de un buen perro». Es decir, defensa incondicional del perro, sin pena alguna de incurrir en lo políticamente incorrecto, muy al contrario. No es una invitación tipo «comparta su vida con un perro» (más bien al contrario: cuídese de iniciar una vida junto a un perro si no está usted preparado), sino un modo de atacar en lo que muchos humanos se han convertido enfrentándolos al espejo de lealtad, fidelidad, valor e inmensa ternura de un perro.
Lo mismo que, acaso de otra forma menos descarada, han hecho tantos autores. Desde el informativo y clásico de Lorenz titulado Cuando el hombre encontró al perro hasta el fascinante Las mejores historias sobre perros, con relatos que nos cuentan Chesterton, Kipling, London o Woolf, prologados por Gerrald Durrell. Desde La verdad sobre los perros, del científico y periodista Stephen Budiansky, hasta el Tombuctú, donde Paul Auster da voz al perro «Mr. Bones». Desde El coloquio de los perros, de esos «Cipión» y «Berganza» charlatanes inolvidables, hasta las «Investigaciones de un perro», quizá el último que escribió Kafka. Desde, claro está, el Colmillo blanco, de Jack London, hasta el emotivo Señor y perro, del apararentemente muy frío Thomas Mann. Sírvanse ustedes mismos.

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