Desmontando a Enric Marco, de profesión impostor

Javier Cercas
EL IMPOSTOR
Ed. Random House, 2014
420 páginas

Ya han pasado unos cuantos años desde que el artista Jaime Herrero me contase la siguiente anécdota. Con motivo de quién sabe qué ceremonia de exaltación democrática, se le acercó un político muy bien instalado en el poder para preguntarle con la mirada nostálgica que la ocasión requería: «¿Recuerdas, Jaime, aquellas reuniones clandestinas que celebrábamos en los bajos de la cafetería**** bajo el franquismo?» Herrero le respondió con razón: «Me acuerdo perfectamente, porque yo asistía y recuerdo no haberte visto nunca en ellas». Maquillar el pasado político, inventarse un pasado demócrata fue deporte tan popular en España como sostener que uno había estado en París en mayo de 1968. En cuanto soplaron vientos de cambio, todo fueron carreras para autoaplicarse el etéreo carné de resistente a la dictadura, exiliado interior, combatiente oculto… y lanzador de adoquines contra la policía francesa. De creer a tanto mistificador, tal parece que el franquismo se sostuvo durante décadas sin apoyo alguno y que las ciudades patrias se habían quedado desiertas, pues todos los ciudadanos de aquí corrían en primavera por Saint-Germain y la Sorbona ante los gendarmes.
Un embaucador, el gran embaucador, el embaucador «maldito» entre los embaucadores fue Enric Marco (Barcelona, 1921), a quien Javier Cercas convierte en protagonista de su última novela, una novela sin ficción, si así se puede hablar (y de ello se discute en sus páginas: y hay ficción, añado), que titula El impostor, o sea el que finge o engaña con apariencia de verdad, el suplantador, la persona que se hace pasar por quien no es. O sea, Enric Marco Batlle, quien convirtió en profesión (acción de «profesar», de «ejercer algo con inclinación voluntaria y continuación en ello») su falso pasado como anarquista asaltante de un cuartel e invasor de Mallorca a comienzos de la Guerra Civil, como activo resistente antifranquista en la clandestinidad y como deportado en el campo de concentración nazi de Flossenbürg. Enric Marco militó, sí, durante los años 70 del XX en la CNT y ejerció año y pico el cargo de secretario general de la misma. Marco tuvo presencia muy activa, sí, en la federación de padres de alumnos catalana allá por los 90. Enric Marco estuvo preso en Alemania durante la II Guerra Mundial, sí, pero no por haber sido resistente antinazi y no en el campo de concentración de Flossenbürg y sí en una cárcel de Kiel, acusado de repartir propaganda izquierdista entre los obreros de la fábrica donde laboraba como voluntario, encuadrado en los batallones de trabajadores (insisto: voluntarios) que Franco envió a Alemania como mano de obra para ir pagando la deuda contraída con Hitler por su ayuda en la Guerra de España. Enric Marco se construyó un pasado a su medida, como si siempre hubiese dicho «NO» (a los militares rebelados contra la II República en 1936, al franquismo, al III Reich) cuando en realidad pertenecía a los que casi siempre habían dicho «SÍ» por acción u omisión (uso la distinción de Cercas, acaso tomada de una obra teatral de Bertolt Brecht: El que dice sí, el que dice no). Enric Marco fue un mecánico no malo, de vida conyugal complicada (digámoslo así), un tipo gris, perdido entre la multitud que, como don Quijote, decide poco a poco inventarse una vida, un personaje heroico, luchador clandestino, torturado, deportado al campo de Flossenbürg, fascinante para los jóvenes, testigo vivo de las infamias del siglo XX y sobreviviente a las mismas. «Enric Marco» fue una ficción: «la ficción salva, la realidad mata», repite Cercas. Y, aunque así lo considera, escribe El impostor para desmontar al ficticio «Enric Marco» y salvar al verdadero Enric Marco, pues solo la realidad puede salvarnos al final (dice Cercas), como don Quijote (dice) se salvó al final al reconocerse como Alonso Quijano. Porque la impostura de Marco estuvo a punto de dar una campanada histórica. De no ser por la denodada investigación del historiador Benito Bermejo, Marco habría tomado la palabra en la conmemoración de Mauthausen en 2005, como presidente que era de la «Amical de Mauthausen». Ya lo había hecho ante el parlamento español, emocionando hasta las lágrimas a quienes escucharon su detallada descripción de los horrores de los campos nazis que decía haber sufrido en carne propia. Ya lo había hecho mil veces en charlas, conferencias, encuentros, pues su facundia es memorable (y comprobable en YouTube). Era, pues, un liante de marca mayor, que engañó a todos (o casi) y que aún se resiste a reconocer que obró mal del todo. ¿Por qué? Porque, sí, reconoció su impostura, pero sigue defendiendo que lo hizo por un bien mayor, para dar voz a los (escasos: de haber sido muchos, el engaño de Marco no hubiera triunfado) supervivientes de Flossenbürg, para dar voz (su voz potente, melodramática, embaucadora) a todos los que sufrieron en los campos del III Reich. Una mentira piadosa para hacer el bien, un acto de caridad.
Claro está, el libro de Cercas no le ha gustado a Marco. Marco entendió que Cercas lo iba a justificar, cuando Cercas lo único que deseaba era comprender (no es lo mismo «comprender» que «justificar», repite y repite Cercas). El novelista tardó mucho en decidirse a escribir El impostor. Amigos y familia le animaron y así lo cuenta. Se entrevistó y entrevistó con Enric Marco. Tomó mil notas y filmó, gracias a su hijo, los encuentros. Investigó, habló con unos y otros (con Bermejo también, por supuesto). Y así, paso a paso, va desmontando a «Enric Marco» para comprender al Enric Marco que (dijo Cercas en una entrevista) es quien somos todos, solo que Marco lo fue «a lo bestia». ¿Quién no maquilló algo de su pasado o maquilla su presente para creerse y que le crean mejor, más alto, más heroico, más decidido y valiente, más luchador abnegado? Sin embargo (sostiene Cercas) debe triunfar la Historia, la realidad, y no la «industria de la memoria histórica», el márquetin (dice) levantado a tal efecto. Ese cara a cara con el impostor (incluso con un diálogo ficticio en el que Marco pone de vuelta y media a Cercas: ficción) supera las 400 páginas y no puedo acabar estas líneas sin contar que hubiese deseado que fuesen menos, que se hubiera adoptado el, por decirlo de algún modo, «estilo Sciascia»: misma investigación, sí, pero más implosión. Quizá solo me haya ocurrido a mí, pero sabida la historia, sabido el propósito del autor, sabido el estilo (o sea, 200 páginas) ya se podría haber puesto el punto final.

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