Llegó la internet y mandó a parar

No hace nada que el preguntado o la interrogada respondían del mismo modo en las entrevistas que dedicaba la prensa a sedicentes actrices o actores, a famosos del corazón y de la moda o de moda, a gente varia que vive de la tele del cuento y del cuento de la tele, a mercachifles de sus intimidades, en fin, sobre en qué ocupaban sus ocios. Solían contestar: «Me encantan los libros. Leo todo lo que cae en mis manos». Oyéndolos uno hablar (o balbucir, en la mayoría de los casos), sacaba la conclusión de que debían de caer en sus manos solo prospectos de medicamentos o instrucciones sobre el uso de electrodomésticos, tales eran sus desajustes sintácticos, sus destrabados discursos. Quiero decir que la lectura de libros, sean cuales fueran, gozaba de prestigio. Que si ibas por la vida de persona lectora tenías socialmente un pasar, un prestigio. Pues se acabó la diversión, llegó la internet y mandó a parar. O, dicho de forma más tensa, ha cambiado el paradigma de acceso a la cultura. O, dicho en términos económicos, el Poder ha cambiado el chip.
Ahora el punto de esos puntos del párrafo anterior radica en decir que leen en pantallas. Pero nada de libros: que zapean con las páginas webs, que saltan de YouTube a Facebook, que miran sus «tuits», que ojean titulares. La lectura de libros ya no mola para hacerse un nombre en pasarelas y platós y patios de instituto, salvo que por libros se entiendan esos productos que cuentan historias romantiquísimas, de personajes atribuladísimos, con deambulantes muertísimos y misterios truculentísimos, accesibles mediante una «apli». Basura, como dice Harold Bloom que le dicen sus amigos. Bloom es un crítico con un prestigio del copón. Se hizo de oro con su «Canon», la lista de los libros que hay que leer antes de que amanezca la señora de la guadaña. Mientras muchos lo aplaudían, otros cuantos le dieron como para el zorro. Así, Darío Villanueva, flamante director de la Real Academia Española (y hace veinte años, ay, presidente del tribunal que juzgó mi tesis) lo vapuléo en su momento del siguiente modo: «Es hombre de un solo libro -el Libro por excelencia [“La Biblia”], de un solo autor -Shakespeare-, y de una sola lengua: el inglés de su adopción». Sea como fuere, acabo de leer una entrevista en la que Valerie Miles pregunta a Bloom si estamos viviendo el ocaso de las humanidades, de los periódicos y las revistas serias. Responde: «Todos los días recibo correos electrónicos de personas de todo el mundo y su lamento es el mismo: “Leemos basura”». Ahí está la madre del cordero, la cordera.
Que la gente lea buenos libros nunca ha convenido al Poder. «Buenos libros» parece un pleonasmo y acaso lo sea. Los «buenos libros» son los que dan una vigorosa vuelta de tuerca a tu vida. Los otros son agradables pasatiempos, modos de matar el ocio de quien lo tuviere, que se leen con tanta facilidad como se olvidan. «Gente de libros, gente de peligros», advertía Millán Astray: y la propia Biblia, y Mao Zedong. El Poder no lee: recorta. De modo que ahora ha decidido que sus monitos voceros llamen a sustituir el libro por el fervor a las pantallitas, que se ame el instrumento y no la función, que se adore a la peana y no al santo, al centro comercial y no a las librerías. Pero sea en libro, sea en pantalla, la basura es basura. Y sea en libro, sea en pantalla, la potencia del alto pensar y el alto decir es la cultura que enriquece la vida. El Poder quiere que si leemos, leamos basura: antes, en papel; hoy, en pantallitas, que dan más pasta. Así que no sé quiénes son los amigos de Bloom, los que solo leen basura. A los míos, les aconsejo tres platos: Montaigne, Cervantes y Shakespeare. Y Proust de postre. Antibasura pura, jamón jamón.

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