La novela de un no novelista

Dario Fo
LUCRECIA BORGIA, LA HIJA DEL PAPA
Ed. Siruela, 2014
242 páginas más ilustraciones finales

Quizá la clave de esta novela del Premio Nobel y hombre de teatro Dario Fo (1926) se encuentre si comparamos la portada de su edición española con la portada de la italiana original. El sello Siruela nos destaca el título en mayúsculas (que incluye, en español, el nombre y apellido de la protagonista) y, debajo un “Dario Fo” en minúsculas, todo ello sobre una presunta imagen de Lucrecia Borgia, tan tierna la dama que sujeta entre sus dedos un ramillete de flores. Por el contrario, la cubierta italiana nos atropella con un “dario fo” en minúsculas grandes, grandes, que ocupan en horizontal casi toda la página, y, en pequeñito y debajo, el título en negro (tan solo “la figlia del papa”, nada de nombre y apellido), todo calado sobre una imagen de tan controvertida mujer, sin ramillete y mostrando desnudo su pecho izquierdo. Los italianos, pues, optaron por usar a Dario Fo como reclamo, añadieron un toque sicalíptico al asunto y dejaron el título en un vago, aunque promisorio para los amantes de turbiedades o turbiezas, “la hija del Papa”. Los españoles optaron, en cambio, por usar el “Lucrecia Borgia” como gancho de escaparate. Pues bien: a mi juicio, aciertan los editores italianos.
A esta incursión del querido Dario Fo en el género novela o se le presta publicidad por el prestigio “nobelesco” (de Nobel, no es una errata) o el lector huirá de ella una vez que el boca a boca comience a funcionar, ya que casi nada o nada hay en ella que no nos haya proporcionado antes cualquier libro (no digamos wikipedia) de las docenas que conocemos sobre los Sforza, César Borgia, los turbulentos papas renacentistas y un cansadísimo etcétera. Valga el “casi” porque Fo busca dar el lado más compasivo de la joven (murió a los treinta y nueve años), escapando del escándalo porno o infame con que tantas veces se nos vendió en cine o en subproductos baratos de quioscos baratos. A Fo parece que la trama complejísima que compone la vida de Lucrecia Borgia se lo ha llevado por delante. Que no ha sabido seleccionar elementos y nos los larga todos, acumulando, no seleccionando, escribiendo una especie de “Lucrecia en el país de los malvados”, donde todo se añade sin que sume al final. Eso sí, muy agradable, muy instructivo, muy emocionante, muy aventurero todo para quien no conozca de qué va el asunto ni quién fue esta señora, ni quiénes sus tres maridos, ni cómo se las gastaban los estados vaticanos por aquellos siglos XV y XVI. Pero nada más que para ese público.
¿Por qué, entonces, gastar tiempo y papel no recomendando una obra vivamente? Precisamente por defender la buena literatura (pleonasmo). El «Premio Nobel» sigue teniendo un prestigio que ha conseguido alcanzar todos los rincones, desde la biblioteca pública al taller mecánico, desde la universidad al chigre del barrio. Con lo cual, se da en pensar que toda obra parida por un premiado con tan alta distinción siempre, siempre alcanza la categoría de magistral y nunca, nunca se trata de un bajonazo impropio (como esta novela). Pues sí. Nada escandaliza hoy leer que “en el Vaticano y en sus alrededores son pocos los niños legítimos y las madres realmente casadas” (pág. 33) o que “los gobiernos estatales, incluyendo el Vaticano, obtenían enormes ingresos a través de la explotación de loterías y apuestas colectivas” (pág. 235). Lo que escandaliza es leer en el autor de tantas obras teatrales que hemos gozado y aplaudido esos “¡Basta!”, “¡Detente!”, “¿Qué dices?”, “¡Por fin!” y hasta “¡Hurra!” con que pretende hacer pasable la historia de la buena de Lucrecia y su familia desalmada.

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