Todísimo es superlativísimo

Pues no entendí muy bien lo que quiso decir cierto preparador físico de un equipo de fútbol español (y asturiano) cuando declaró hace unos días que quería que sus pupilos “alcanzasen la forma óptima, pero no la máxima”. Si yo fuese futbolista y gramático a la vez o fuese tan solo futbolista que hablase correcto español, no me quedaría muy claro lo que se esperaba de mí, la verdad digo y sea dicha. “Óptima” es el adjetivo superlativo de “buena” y la RAE lo define como “que no puede ser mejor”. O sea que el “míster” quiere que yo alcance un estado de forma que no pueda ser mejor. Muy bien. Me pongo a ello. A correr tocan. Pero se me atraviesa en la cabeza ese “pero no la máxima” y se me hacen las meninges un lío. “Máxima” se dice de lo más grande en su especie, es el “límite superior o extremo a que puede llegar algo”. Es decir: ese jefe mío que, en chándal, me ve trotar y trotar sobre el césped quiere que yo alcance un estado de forma que no pueda ser mejor, pero que, sin embargo, no alcance el límite superior al que podría llegar. ¿Cómo como eso, señor mío? ¿Cómo desanudo tan anudada contradicción? Si me convierto en un portento físico que ya no puede ser mejor (“óptimo”), he alcanzado el límite más alto al que podía llegar (“máximo”), porque por encima de ese límite ya no hay nada. Es lo máximo y yo estoy de un óptimo que mete miedo. De modo que no entiendo lo que me pide, preparador mío. Hábleme en español.
Las cosas son así, tanta y tanta gente dice cosas sin sentido y sin parar (será por las prisas) que el asunto no parece ya tener remedio, qué se le va a hacer. La moda esta de ahora afecta a lo superlativo, a lo que es muy grande y que sobresale en bondad, mérito o estimación, según recoge la Real Academia. Como no podía ser de otra forma, la han puesto a circular esos programas de televisión a quienes los dioses confundan. Todo en ellos es superlativo, todo es impecable, todo es intachable, todo es perfecto, todo es exquisito e inmejorable en la boca de sus conductores, presentadores o como quieran ahora llamarse. “¡No, respuesta incorrecta! ¡Ohhhhh! ¡Nuestro concursante X queda eliminado! ¡Despidámosle con un fuerte y sentido aplauso porque ha sido eso: un concursante impecable!” Pues no, no ha sido un concursante impecable desde el momento en que ha cometido una “tacha”, una falta que hace imperfecta una cosa, que es lo que significa. Habrá sido bueno, educado, simpático, agradable… pero nada más y nada menos. Impecable, no. Es lo mismo que esa frecuente cantinela de “comportamiento exquisito”. En este país donde la zafiedad y le ruido hallan su mejor habitación, cualquiera tiene un comportamiento “exquisito” con tal de que no lo escupa a uno a la cara o no le rompa las muelas. “¡No me lo puedo creer, me saludaba cuando nos cruzábamos, me daba los buenos días, tenía siempre un comportamiento exquisito!”, dice la vecina del 4º cuando ve que se lleva la policía al psicópata del 3º. No, señora. “Exquisito” significa “de singular y extraordinaria calidad, primor o gusto en su especie”. Pocas, muy pocas cosas merecen ser tildadas de exquisitas. Pocas, muy pocas personas merecen ser tildadas de exquisitas. La exquisitez hay que currársela mucho, mucho. Igual ocurre con “perfecto”, con “inmejorable”. Dice no sé qué tertuliana: “El señor Z había desarrollado un plan perfecto, inmejorable, para apropiarse de los ahorros de los pensionistas y huir con el dinero”. Pues no, señora. “Perfecto” (“que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea”) no debía de ser, ya que el señor Z está en el trullo y con quince causas pendientes. “Inmejorable” (“que no se puede mejorar”), tampoco, pues lo han trincado. ¿No se darán cuenta de que si todo es superlativo no existiría ni siquiera lo superlativo?

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