“Viento de garbino. Mucho calor. Estoy muy fatigado”: las notas de Josep Pla

LA VIDA LENTA
(NOTAS PARA TRES DIARIOS: 1956, 1957, 1964)
Josep Pla
Editorial Destino, 2014
379 páginas

No falta quien considere muy inconveniente el trato cercano con un escritor por cuya obra se profesa admiración grande, habida cuenta de los resultados tan frustrantes que de ello con tanta frecuencia se derivan. Verlo a diario ocupado en los menesteres más banales, saber de sus catarros, compartir sus menudencias, neuras o tonterías, escuchar sus insustanciales pronósticos sobre lluvias o vientos conlleva que se derrumbe el mito, que no haya héroe alguno para el ayuda de cámara (como dijo el clásico), que la alta expectativa que uno se formó sobre el gran hombre se vaya al diablo. Es decir, no falta quien considere que un autor colosal (por usar un adjetivo tan querido por Josep Pla) ha de ser colosal también en su vida diaria, sublime en todo momento, excelente hasta cuando lo martiriza un dolor de muelas. Para quien así piense, La vida lenta de Pla constituirá bien una colosal pesadilla, bien una colosal decepción, bien una colosal nadería. Para quien guste de meter la nariz en las agendas que un escritor va llenando, de modo telegráfico siempre o casi, para después trabar con ellas un colosal diario (como El cuaderno gris, por ejemplo) y no olvidarse de que fue el 16 de febrero de 1954 cuando Bonal (un amigo) fue a buscarlo por la tarde para llevarlo a Palafrugell, para ese maniático mirón, digo, La vida lenta será un festín colosal.
Recoge este libro tres agendas de notas correspondientes a los años 1956, 1957 y 1964, es decir, cuando Pla contaba 59, 60 y 67 años. Había nacido el mejor prosista en catalán, al decir de la mayoría de los críticos, y uno de los escritores más admirados por tantos y tantos lectores (suspendidos en el aire de un modo de contar excelente, atento al menor detalle para ampliarlo e iluminarlo con una mirada imprevista del todo, sea de un viaje, sea de la vida de alguno de sus biografiados o novelados, sea en las crónicas sobre el advenimiento de la 2ª República, sea en sus miles y miles de páginas periodísticas de reportajes o de opinión, sea en un cambio mínimo pero grandioso de la mar o del viento: fue un maestro) en Palafrugell, población mediana pero que dobla casi los habitantes de la capital del Bajo Ampurdán, su comarca. Moriría a los 84 años, a dos kilómetros de allí, en su masía de Llofríu, donde conseguí visitarlo y entrevistarlo, en agosto de 1977, al tercer o cuarto intento. Si por entonces hubiera tenido yo leídas las notas de La vida lenta, habría sabido bien a las claras que las dilaciones de Pla a nuestro encuentro no obedecían a que no le apeteciese ver a un aspirante a escritor, sino a sus horarios tan peculariales. Por ejemplo, véase una de las entradas de estas Notas: “La masía. Toda la tarde durmiendo. Tengo la vida completamente invertida. He convertido el día en la noche y la noche en el día”. Si bien docenas y docenas de estas páginas carecen de interés para el lector común (carecen de “vuelo literario”, que diría un crítico), metiendo en la mano entre tanto y tanto serrín salen perlas: escasas, pero curiosas o divertidas o muy tristes que permiten trazar los rasgos esenciales de Josep Pla, un escritor sí imprescindible para quien quiera dedicarse a esto de las letras.
En efecto, hay mucho “garbino” (ese viento del sudoeste) o mucha “tramontana” o la nómina de comensales de tanta cena en Can Miquel o infinitas pinceladas de tardes aburridísimas en su masía (notará, por cierto, el lector cómo Pla se anima vivamente cada vez que sale de viaje y cómo se abisma en la depresión al volver a casa) o intimidad descarnada (“He dormido mal. Onanismo. Escribo un rato”). Pero puede rastrearse también al Pla alcohólico y sin esperanza: “Es un suicidio lento pero asegurado.(…) El alcohol me ha hecho mucho daño —y, por lo menos, de joven filtraba el alcohol. Pero era fatal:el alcohol excita la sociabilidad a los solitarios, nos da lo que nos falta”, confiesa. “Por el horror que me dan los borrachos me hago idea del horror que debo de dar a la gente cuando me emborracho”. “Demasiado vino tinto. Llego deshecho a casa. Horrible”. Se pueden seguir sus rotundos rasgos irónicos: “Leo ‘Razón y fe’, la revista de los jesuitas. Quizá no haya en el mundo una publicación que incite al sueño de una forma más compacta, con menos quebraderos de cabeza. Es un soporífero profundo, mejorado por la pedantería castellana”, por ejemplo. O, por decirlo de algún modo, sus opiniones literarias: “Leo ‘Moros, Judíos y Cristianos’, de Cela. Es un libro colosal que hace vomitar a cada paso”, escribe un día. “Leo que a Cela lo han nombrado para la Academia. ¡Lo que faltaba!”, opina después. Afina mucho la sorprendente metáfora: “Comparado con De Sanctis, Menéndez Pelayo es un bandolero”. Y le repugna su época a la vez que culpa a Franco de la atonía, grisura, policía e inmoralidad reinantes: “El asco físico que me da Franco me deprime”. (¿Fue siempre así Pla? Consúltense estudios al respecto). Solo le salva el leer: “lo único que me apasiona, que me hace vivir”. Hasta, si se quiere, se le puede poner pegas a la exactitud de estas Notas: véase si cuadra el tiempo cronológico desarrollado en la entrada del 4 de julio de 1956.
Pero todo lo parece dominar la desesperanza de quien llenó miles y miles de páginas espléndidas: “Me quedo todo el día en la cama. Paso la tarde dormitando y leyendo. La recuperación se me hace muy lenta. Sensualidad exacerbada —debido, sospecho, al alcohol. Sensación terrible de perder el tiempo —de no hacer nada de provecho. Horrible. (…) La desintoxicación es muy lenta —pero por la noche parece que todo se aclara. (…) Me despierto de madrugada y leo un rato. Después me duermo otra vez. Día perdido, nulo, miseria absoluta y terrible. No escribo nada, no contesto las cartas —ni siquiera escribo a mi hermano. Nada”. Un hombre solo, triste, lector, solo total: “Nada. No hago nada (…). Lo tengo todo empantanado, dejado, y lo que escribo me horroriza. (…) No tengo ganas de escribir. Qué viejo estoy”. Tenía entonces 60 años.

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