El caso de la telefonista respondona

Uno de los daños colaterales y no menos importantes del capitalismo actual es la pésima educación de quienes tienen por trabajo obligatorio el atendernos. Hemos pasado del autoritarismo funcionarial franquista (“¡Usted se calla hasta que yo le diga!”) al colegueo de la Transición (“Sí, tú enróllate lo que quieras, compañero, te escucho, dime”) para acabar en el caso que les cuento a continuación.
El pasado día 26 encuentro en mi buzón una “Nota de Aviso” en la que, por encontrarme ausente de mi domicilio a las 16:30, se me ruega que me ponga en contacto con la empresa de envíos (de cuyo nombre no quiero acordarme) para “gestionar la entrega” de un paquete a mí dirigido. Recibo en mi casa con frecuencia libros, de modo que hacia las ocho y media del día 27 telefoneo al número que figuraba en la antedicha Nota. Y me contesta la telefonista respondona con el ya parece que inevitable anglicismo “¿Puedo ayudarle?”. (Aclara la RAE que “respondona” es quien tiene el vicio de replicar irrespetuosamente). Concertamos cita de entrega para ese mismo viernes, de 15 a 18 horas (“Es que no podemos afinar más, ¿me entiendes?”: ya aparece el puñetero tuteo, malo, muy malo). Pero nada más colgar el aparato me doy cuenta de que he metido la pata hasta atrás. Que esa tarde producirían un perjuicio importante (a una persona escasa de salud en mi casa) timbrazos, ruidos, portazos, voces, etc. De modo que vuelvo a telefonear. Misma voz. Explico el caso y cambiamos la cita para cualquier mañana de la semana entrante: cualquiera. “Muy bien, vale, ya te tomo nota”, afirma la telefonista respondona. Como no me fío un pelo de ciertos servicios, vuelvo a insistir: “No vengan esta tarde, insisto: cualquier mañana de la semana entrante me vale”. La telefonista respondona tuerce la voz: “Qué sí, que ya te tomé nota, que vale, que hoy no, que la semana entrante cualquier mañana”. Por tercera y última vez repito: “Entonces, ¿quedó claro? Bajo ningún concepto vengan esta tarde”. Ahí ya la telefonista respondona mostró su verdadero carácter: “No somos tontos, oyes; ya aviso yo ahora al repartidor, tío, no vamos a ir esta tarde y ya está, hombre”. A las 16:30 horas de esa tarde del día 27, mi casa se llena de timbrazos, mi teléfono suena a toda leche, portazos, voces por el telefonillo, ruidos: todo lo que pretendía evitar un servidor de ustedes.
Llamo a la empresa para reclamar. La misma voz al otro lado. Pregunto por el o la gerente. “Aquí somos tres y cualquiera puede atenderte”. Insisto en que quiero hablar con el o la gerente. “No, ya te digo que somos las tres gerentes, osá [sic], dime lo que quieres y punto”. Como no queda otra, le explico el caso, el perjuicio causado a la persona enferma, las llamadas matutinas, el cambio de día pactado, el caso omiso que la empresa me hizo, la reclamación que deseo presentar… y surge, entonces, de los abismos del espíritu la vera personalidad de mi telefonista respondona; surge el capitalismo salvaje que paga mal, poco y tarde, que maltrata al empleado para tenerlo al borde de un ataque de nervios y poder despedirlo a la mínima: “Vamos a ver, a mí tu reclamación me parece ridícula”, me espeta. Quedo estupefacto. “Sí, tío, me parece ridícula y, además, asurda” [sic, no “absurda”, sino “asurda”, la “b” se fue al cuerno junto a la educación]. “Porque, amoavé [sic, no “vamos a ver”], ¿tú tienes el paquete ya, ¿no? Pues no sé qué coño hay que reclamar, sería una confusión de los repartidores o sería qué sé yo, no tengo todo el día para estar aquí a ver si este reclama o este no reclama, venga ya, joé”. Y colgó.
El frustrado reclamador ridículo y absurdo, es decir, un servidor, abrió por fin el liviano paquete. Era un folleto propagandístico de una editorial. ¿Tanta mala educación, tanta falta de profesionalidad, tanta mala baba, tanto tuteo, tanto para nada?

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