Cantinelas políticas

Ya debemos de estar en campaña electoral o precampaña o como se llame, pues no paro de escuchar en los medios improperios por acá, afrentas por allá, y ese tan español “y tú más” con que se pretende lavar conciencias propias salpicando de porquerías al adversario. Es posible que la democracia formal sea esto: muy mejorable, mucho, pero esto. Acabo de ver un reportaje sobre Corea del Norte y aún no se me ha ido el tembleque. Los del Estado Islámico no tengo estómago siquiera para verlos.
No obstante, yo les aconsejaría a los candidatos, desde mi legendaria humildad, que se dejasen de lilainas y que entendiesen, de una vez por todas, que las grandes declaraciones programáticas no se las cree ya ni el Tato, pues a la vista está que, una vez elegidos, nuestros representantes las envían a tomar el fresco y, como diría Groucho Marx, “si no le gustan a usted mis principios, tengo otros”, que suelen acostumbrar ser los principios que aplican quienes mandan de verdad, no de mentirijillas y sonrisitas y palmadazas en la espalda por los pasillos del Congreso o del Senado, si esta última cosa aún existiere. Yo les aconsejaría, desde mi mítica modestia, que usasen otras artes del lenguaje, pues muchas hay en la viña del Señor. Vayamos al caso: como al personal votante le da exactamente igual oír o escuchar que “La implementación positiva del PIB garantiza una gobernanza cifrada en un 2%” que oír o escuchar que “La Lirio, la Lirio tiene, tiene una pena la Lirio” (aunque un servidor de ustedes preferiría la copla, qué quieren que les diga), pues déjense ustedes (“ñorasñores diputaos”) de estrujarse las meninges y vayan no al fondo, vayan a la forma. Tiren de ingenio en el decir, tiren de entonación retrechera, tiren de gracia y salero, tiren y tiren aunque parezca que nada digan comprensible. El fiel aplaudirá, el contrario protestará y el indiferente indiferentará (con perdón). Para ilustrarlos, desde mi proverbial humildad, recuerdo la anécdota que relataba aquí el maestro Melchor F. Díaz (pleonasmo) al contar cómo un veterano cantante de tonada asturiana se veía en el brete de responder a la pregunta de por qué creía que la juventud iba perdiendo la afición por el canto de chigre. El figura lo pensó y sentenció en cuatro palabras: “La juventud… nun aquellu”. ¿Acaso se habría entendido mejor su sentir si nos hubiese largado que “la juventud, hoy en día, cuenta con unos alicientes del mundo de la imagen que la hacen poco permeable al recio canciu astur”? “Nun aquellu”, y ya está todo dicho, firmado y rubricado.
Segundo ejemplo. Pasaba yo una hora muerta la otra tarde en una cafetería. A solas con un camarero. Mientras yo revolvía y revolvía el descafeinado, pensativo, aquel hombre componía el aspecto profesional que se les exige a los de su ramo: uniformado, tieso, sin ofrecer conversación no pedida, con un apenas imperceptible balanceo para activar la circulación de la sangre. Cercano, por si acaso, pero sin interferir mi tradicional humildad gruñona. Noté, sin embargo, que se le iba la vista a cierto tramo del paseo marítimo donde se estaban llevando a cabo unas obras que no parecían ser de su agrado, bien fuera por el martillo neumático que nos taladraba los oídos, bien por las nubes de polvo que levantaban, bien por el pestazo a alquitrán, bien por cualquier insondable misterio que, a lo mejor, guardaba su alma de ingeniero frustrado. Por fin, coincidieron nuestras miradas. Entonces, se tomó el atrevimiento de hablar. Señaló con la barbilla hacia del desmochado de la calle y resumió en una frase tan disparatada como exacta como comprensible en su desatino el disgusto de los trabajos que estaba contemplando. Dijo así: “Estos cabrones te dejan la cantinela como los cerros de Úbeda”. Y se marchó en busca de algún vaso que limpiar. Y yo lo entendí perfectamente a la perfección.

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