Los huesos no leen

Me pongo en los zapatos del guía encargado de mostrar la urna donde exhiban las osamentas desenterradas en el Convento de las Trinitarias de Madrid y me entran respingos. Ya lo imagino al pobre explicando a la turistada: “Aquí ven ustedes, señoras y señores, algunos huesos que a lo mejor, acaso, quién sabe si, es posible que, por ventura, posiblemente, puede ser que, quizá, quizás, Dios dirá, tal vez pertenecieran a don Miguel de Cervantes Saavedra”. Y si todo este revuelo óseo se produce este año, cuando celebramos el cuadringentésimo (ustedes perdonen el palabrazo, pero es el adjetivo ordinal correspondiente al numeral 400) aniversario de la publicación de la segunda parte del Quijote, imagínense la que van a armar los figurones públicos de turno en el 2016, cuando se conmemore otro cuadringentésimo, nada menos que el de la muerte del autor (y de su novela “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”, tela marinera). Pero dicen que todo va a ser para bien, que el dinero turístico va a llegar a espuertas gracias a tanto evento. Pues nada, bárbaro, adelante con los faroles, preparen las orejas de oír los discursos analfabetos que nos van a llover hasta que amanezca el 2017.
Porque discursos cultos e instruidos (o sea, “ilustrados”) me temo que vamos a escuchar pocos. Para hablar sobre el Quijote, por ejemplo, es muy conveniente haberlo leído, y eso del leer resulta dificultad engorrosa y no pocas veces insalvable para los figurones públicos. Se trata de una novela muy larga, escrita en español (uno de sus mayores problemas, ya que es el castellano lengua casi muerta por asesinato), cuyas primeras páginas se van en la “Tasa”, en el “Testimonio de Erratas”, en un Prólogo, en una Dedicatoria y en un puñado de poemas. Luego, nada más comenzar el primer capítulo, ahí aparecen, como minas antilectoras, “hidalgo”, “lanza en astillero”, “adarga antigua”, “rocín”, “duelos y quebrantos”, “sayo de velarte”, “calzas de velludo” o “vellorí”. Como para seguir leyendo, dirá el político, dirá el alumno, dirán muchos profesores, dirán el forofo del doble pivote y del 4-2-4, dirán los locos por la Fórmula 1, dirán el “hipster” y el “nerd”, dirán el desahuciado y el cincuentón al que le acaba de caer un ERE, dirán los millones de billones de turistas que acaban de ver el peroné pero no de Cervantes.
Sin curiosidad ni interés, sin una base de instrucción indispensable, sin una enseñanza a ello encaminada, la lectura del Quijote es algo tan dificultoso como escalar el Urriellu en invierno cerrado y de noche y en camiseta de tirantes y con sandalias. Y no veo yo señales en el cielo que presagien un cambio de mentalidad; que anuncien un modelo social que fomente la curiosidad y el interés; que exijan una instrucción elemental siquiera; que primen una enseñanza que muestre la perfecta compatibilidad entre el manejo de las llamadas “nuevas” tecnologías (llamar “nuevo” a internet a estas alturas da pero que mucha risa) y la lectura reposada. El Quijote no tiene 140 caracteres. El Quijote es una bolsa de riqueza infinita que vale para toda una vida, pero cuya conquista pide base, esfuerzo, aliento, paciencia y cabeza. Solo dadas estas premisas podremos adentramos fascinados en la historia de un hombre aburrido, Alonso Quijano, que un día decide convertirse en otro, antes de que le pille la muerte que ve cercana. Solo entonces degustaremos una y otra y otra vez los episodios de los galeotes, del encantamiento de Dulcinea, del descenso a la Cueva de Montesinos, de los batanes, del manteo de Sancho y de sus infinitos diálogos con su señor, del yelmo de Mambrino, de los sucesos en Sierra Morena, de aquellos duques estúpidos, de Tomás, Sansón Carrasco, Maese Nicolás, el cura, doña Rodríguez, del barco encantado, de Roque, de la playa de Barcelona, de leones y rucios.
Mientras ese tiempo nuevo llega, nos vamos entreteniendo con unos huesos, con una “chorrada”, como dijo el académico Francisco Rico en la tele. Pobres.

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