La novela ganadora del “Premio Nadal”: un muy feliz entretenimiento

CABARET BIARRITZ
José C. Vales
Editorial Destino. 2015
449 páginas

Sería una lástima que esta tan divertida, dispersa, bien escrita y regocijante novela pasara sin gloria por la sección de novedades y se sumiese en el olvido al cabo de nada. Para una vez que aciertan los jurados del “Premio Nadal” y que parecen volver a aquellos tiempos en que era galardón de prestigio, nada me gustaría más que una buena respuesta lectora. Cómo decirlo: Cabaret Biarritz es una suma del Eduardo Mendoza más cachondo, de intrigas folletinescas, de un fresco grupal de la “Belle Époque” en uno de los lugares por excelencia de la “Belle Époque” como fue la villa biarrota, y de una burla irónica a la ciencia filológica. La firma José C. Vales (Zamora, 1965) casi novel como narrador, pero currante experto en todo lo que se refiere al mundo editorial y acaso académico. Unas diez horas de lectura que engancha por la intriga, mueve a risa o a carcajada en muchas de sus sus páginas y, sobre todo, está estructurada y escrita con voluntad de autor, con deseo de que así sea y no de otra forma o de la que salga.
Cabaret Biarritz se presenta con una introducción científica o, mejor, académica en la que se parodian las introducciones académicas con que las universidades castigan con frecuencia a los presuntos lectores de sus publicaciones. Notas al pie, bibliografía… todo el aparato necesario. Es decir, todo lo que va a venir después, todo el disparate, ha sido “verdad” pues no en vano así lo sancionan los estudiosos. Se trata de reunir en un solo volumen todas las entrevistas que un escritor muerto de hambre e infortunios, George Miet, fue realizando a lo largo de los años para arrojar alguna luz sobre los sucesos que en el verano de 1925 conmovieron y conmocionaron aquel mundo de aristócratas y gente del común y pícaros y mangantes que era Biarritz durante la época estival de los felices 20 del XX. Miet intentaba escribir lo que acaso se llegaría a titular “Los pecados estivales”, por lo que tuvo la paciencia de escuchar a periodistas, gobernantas y criadas, gendarmes y jueces rencorosos, un joyero que hace citas en latín, cocineras que ofrecen recetas amén de información sobre los acontecimientos (véase la página 197), nobles, vividores, apáticos ingleses (pleonasmo), pintoras y rentistas, e incluso un lanzador de cuchillos cuyo truco, ay, se descubre en la página 422. Sin que falten escenas sicalípticas en el misterioso y exclusivo y viciosote “Cabaret Biarritz”, o decididamente pornográficas cuando no de sadomaso. ¿Cuáles fueron tales acontecimientos?
Aquel fue el verano de los ahogamientos en las playas de Biarritz (y de un suicidio por arma de fuego muy cerca), con grave preocupación de las autoridades que veían cómo tan mala propaganda les venía fatal. Sobre todo la aparición de una chica muerta, la ayudante bibliotecaria Aitzane Palefroi, que amenece grotescamente enganchada a una argolla del muelle, pero en la que el periodista gráfico Galet descubre, al revelar las fotos del cadáver, un brillo tan potente que le arruina la calidad de las mismas, pero le da la pista sobre un diamante espectacular y de valor mareante que adornaba uno de los dedos de la desgraciada joven. En compañía de su colega Villequeau (que firmaba como Vilko sus artículos) y de la fascinante y tan avanzada como poco convencional señorita Beatrix Ross, comienzan a publicar informaciones sobre cómo pudo llegar tan carísima joya a manos de la modesta Palefroi, sembrando dudas aquí y allá, acusando veladamente a estos y a los otros, oponiéndose a la versión oficial que hablaba de accidentes y suicidios por amor. Eso permite e José C. Vales que cada personaje cuente la historia y las historias según su particular punto de vista y según su forma de hablar. (Se llega en la ironía a una burla de los monólogos sin puntuación de Joyce, página 286 y siguientes; se llega a la ironía de un final abierto con una crítica a los finales abiertos). O sea que la posible novela de George Miet quedó en las entrevistas de George Miet, una tras otra (anotadas, ya digo, por eminentes filólogos): eso es Cabaret Biarritz.
Pero ya que he puesto tantos adjetivos alegres a esta alegre novela (a pesar de su truculencia: también Los misterios de la cripta embrujada o El laberinto de las aceitunas contienen pasajes truculentos), es hora de mostrar ejemplos. Uno de los personajes confiesa: “Los franceses siempre hemos puesto toda nuestra delicadeza y toda nuestra elegancia al servicio de las necesidades británicas”. Una mucama obsesionada declara: “No se me ocurre que pueda haber nada peor en esta vida que cocineras y gaviotas bolcheviques”. Otro personaje, que dice no entender nada de filosofía, considera que “ese Schopnehauer me parece un triste empeñado en que todo el mundo esté triste”. Un desastroso menú se describe así: “El consomé parecía agua de fregar; la trucha asalmonada ‘á la Chambord’ había tenido una larga y triste vejez y probablemente había muerto por causas naturales a una edad provecta; la pularda ‘a la Neva’ era hija de una noble gallina, pero gallina al fin y al cabo, y el pastel de chocolate ‘Feodora’ seguramente fue elaborado cuando nació la princesa alemana que le daba el nombre, cincuenta años atrás”. Mucha burla: “Solo Dios y sus representantes en esta Tierra –los sacerdotes y los periodistas- pueden juzgar a los demás con implacable rigor, pues –como se sabe- ellos jamás cometen errores”. Una tan cínica como deliciosa justificación de los actos de su señor fascista en boca de su ‘valet’, más fascista aún: “No cabe detenerse en minucias como las subastas de oro secretas, los sobornos a compradores, los soplos, algunos contrabandos, pequeños cohechos, falsificaciones o advertencias morosos…”. Sin que falten las críticas furibundas a lo escritores, a cargo, precisamente del presidente de una sociedad literaria: “No creo que haya en el cuerpo social un gremio más asqueroso que el de los escritores. Vanidosos, mezquinos, ruines, groseros, egoístas, envidiosos, corruptos, viciosos, soberbios…” (páginas 363 y ss.).
Y aquí detengo las alabanzas, pues también los críticos salimos definidos en esta novela, insisto, tan recomendable, tan gozosa. Porque otro actor de este gran farsa nos define: “los críticos son como los microbios”. Sigan ustedes leyendo y verán qué bien.

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