Matilde, Perico y Pumarín

Se ha muerto Matilde Conesa, es decir, se ha muerto otro trozo de mi infancia. Ya sé que mucho mola decir que uno pasó su niñez leyendo en la inmensa biblioteca familiar, escuchando historias de sus abuelos marinos o guerreros, de su padre, esforzado capitán de empresa, cuentos tolstoianos o chejovianos de su madre, de profesión “sus labores”. No es mi caso. Yo pasé mis años niños en el colegio, en la calle y en casa. En el colegio, aprendiendo lo que valía un peine si te pasabas. En la calle, dándole a la pelota y a batallas a pedrada limpia. En casa, pegado a la radio, escuchando las voces de Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Vilariño (los protagonistas de “Matilde, Perico y Periquín”), y de Julio Montijano y de Teófilo Martínez y de Juana Ginzo. Mis abuelos eran currantes campesinos; mis padres, currantes emigrados a la ciudad. Ni biblioteca familiar, ni marinos audaces, ni guerreros de exóticas batallas, ni industrias humeantes, ni Tolstoi, ni Chejov. Mis mayores eran pluriempleados por imperiosa necesidad, héroes del día a día, del trabajo que nunca se premiaba con alharacas, sino con el “sobre”, generalmente magro, mensual. Es decir, héroes que nos permitían comer, dormir y estudiar, y que cumplían a diario para que aquel país funcionase. Es decir, yo fui un crío de barrio, del Pumarín de Oviedo.
De modo que, cuando me preguntan quién determinó mi vocación de escribidor, si he de decir verdad debo responder que los seriales radiofónicos, aquellos dramones inmensos y eternos por capítulos que escuchaba por la radio en las voces de los antes nombrados, y cuyo autor habitual me daba la envidia más negra que conocí: Guillermo Sautier Casaseca. (Siempre pensé, claro, que con ese par de apellidazos ya tenía mucho trecho recorrido: ¿dónde iba un “García Pérez” a igualarlo?). Ahí estaban los buenos (por lo general, Conesa y Ayuso); ahí los malos (por lo general, Ginzo y Montijano); ahí los ecuánimes (siempre Teófilo Martínez). Ahí, las pasiones, los malentendidos, los llantos, las injusticias, la virtud malherida, la alegría del amor puro, la fe, la gloria y el fracaso dándose la mano, la bondad y la perfidia, el triunfo final del esfuerzo y la verdad verdadera… Todo un mundo, todo el mundo, para quienes no teníamos biliotecas familiares, marinos, etc. Creo, sí, que aquellas radionovelas decidieron mi vocación de darme a escribir, y que aquellas voces que las interpretaban me inclinaron a una forma de teatro como es la de profesor, donde tienes que tirar de todos los recursos de vocales si quieres que te sigan los chavales el hilo y el discurso y la enseñanza que deseas transmitirles.
Y si alguien me preguntase de dónde viene mi afición a la ironía debería responder que de Quevedo, claro, de la picaresca, claro, de Voltaire y Cervantes… y de “Matilde, Perico y Periquín”, aquellos episodios breves (con doña Matilde Conesa al frente) que me mataban de la risa y que introdujeron dos cosas en mi vida: la palabra “sketch”, que pronunciaba el presentador y que hasta muchos años después no supe que significaba “pieza breve humorística”, y la luego mítica canción del “Cola-Cao”, protohistoria del “jingle”, la que comenzaba con las tres palabras que luego servirían para triunfar al cantante Raphael (“Yo soy aquel negrito del África tropical”), la que convertía en transitivo el intransistivo “entrar” (“lo toma el futbolista para entrar goles”) y auguraba al boxeador que lo bebiese un golpeo “que es un primor”.
Creo que a todos quienes crecíamos en aquellos 50 y 60 del XX deberían llamarnos “la generación de la radio”. La televisión llegaría después y solo de a poquitos, quizá porque, como sentenciaba mi abuelo materno, “no sé adónde nos van a llevar estas cosas”. ¿Internet y videojuegos? Hombre, por favor, ni soñarlo: literalmente. Colegio, calle y radio: una infancia. Descanse usted en paz, doña Matilde Conesa, en la paz que su voz nos dejaba a aquellos niños de barrio, barrio.

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