Antonio Machado y otras derrotas

CAMPOSANTO EN COLLIOURE
Miguel Barrero
“Prix International de Littérature 2015
de la Fondation Antonio Machado”
Editorial Trea. 2015
118 páginas

La última novela de Miguel Barrero (Mieres, 1980) rezuma derrota por todas partes. La derrota es el efecto de ser destruido, arruinado alguien en su salud o en sus bienes. Militarmente, es el efecto que experimenta un ejército al ser vencido y puesto en fuga “con desorden”. En contra de lo que dice algún libro de texto, Antonio Machado no pasó a Francia con su familia en 1939 para allí vivir hasta su muerte (así, sin más explicaciones): tuvo que exiliarse a Francia porque las tropas franquistas estaban venciendo y poniendo en fuga “con desorden” al ejército de la República. Machado pasa a Francia derrotado, con su salud y sus bienes hechos trizas, enfermo de tristeza al ver que su idea del mundo era destruida y arruinada. Pocos días sobrevivió. Murió en Collioure y hasta ese pueblo francés viaja Miguel Barrero para recorrer aquellos eternos kilómetros que en el dicho y lejano 39 recorrieran Machado y otros compañeros de tan derrotado viaje. Camposanto en Collioure podía, pues, haberse quedado en eso, en un panfleto reivindicativo de la figura machadiana, en un homenaje a la tumba del gran escritor, en un libro de curiosidades sobre edificios, ríos y bosques que vieron pasar aquella fantasmal e inacabable fila de exiliados. Sin embargo, gracias a no dejarse llevar (demasiado) ni por el pintoresquismo (la variante peor del costumbrismo) ni por el tono llorón, Barrero cuenta, sí, la historia de los últimos días de Antonio Machado; pero también la historia de otras derrotas, de tantas que el libro acaba por leerse como un acercamiento a lo que la derrota significa. La derrota de Walter Benjamin, que se suicida en Portbou al encontrarse frente al (imposible) dilema de caer en manos de los nazis a un lado de la frontera o ser entregado a manos nazis en la otra parte: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pi¬rineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a aca¬barse”. La derrota de personajes a los que hemos dado en llamar “menores”: el soldado que, en carta estremecedora, trata de tranquilizar a su familia, engañándola sobre su verdadera situación, por ejemplo. La derrota de George Orwell, quien llega a España para contar la guerra y acaba manchándose en ella y derrotado por el enemigo rebelde y por el enemigo interno que tachaba de enemigo al POUM: “Abandonó España con la plena conciencia de que uno de los principales proble¬mas radicaba en que la suya estaba dejando de ser una causa justa para convertirse en una causa equivocada, o al menos mal conducida, e impotente al cerciorarse de que ni él ni na¬die podría remediar un estropicio cuyas consecuencias iban a resultar fatales más pronto que tarde”. La derrota, también, del poeta Ángel González, lejano motor del libro. La derrota, incluso, de la relación entre los dos hermanos Machado, cuya común historia salva históricamente Barrero gracias al adverbio inicial: “Probablemente Manuel se quedó en Burgos porque se encontraba cómodo y a salvo, porque allí podía llegar a ser una figura respetada en un contexto que debió de resultarle provinciano, cosmopolita como era o de¬cía ser, pero que en cualquier caso le parecía más halagüeño que el que podía aguardarle si se planteaba ir en busca de su familia; y, por la misma razón, Antonio quiso quedarse en Madrid porque era en aquella ciudad donde estaba su verdadero habitat, aquél que él había perseguido a lo largo de toda su vida y que había alcanzado sólo recientemente”. Camposanto en Collioure es, en fin, ese aire que envuelve a las derrotas, a la derrota. Y Barrero lo plasma de modo tan redondo que deja sus anteriores libros en notables, en pasos previos al presente volumen. Lástima que el cuerpo de letra sea tan diminuto (maldita crisis, maldita estafa): dicho sea solo para incordiar, para poner una pega a tan estupenda obra.

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