Un western de la Cosa Nostra y otro Montalbano

LA BANDA DE LOS SACCO
Andrea Camilleri
Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale
Editorial Destino, 2015
192 páginas

UN FILO DE LUZ
Andrea Camilleri
Traducción de Teresa Clavel Lledó
Editorial Salamandra, 2015
224 páginas

Pues sí, se supone que con noventa años un escritor debe ya o bien estar bajo cuidados de amables monjitas y personal especializado en demencias o de unos herederos ansiosos de heredar derechos de autor. No se supone que esté escribiendo aún y bien y entreteniendo a su público, cada vez más numeroso, aunque en ello haya tenido que ver la serie televisiva sobre el Comisario Montalbano que tanto forofo cuenta. Pero Andrea Camilleri (1925) no cesa en su prodigio creativo y, ahora mismo, exhibe en los escaparates dos novelas: histórica y policiaca y de (casi) aventuras la primera (La banda de los Sacco); desarrollada en la imaginaria Vigàta la segunda, con nuestro comisario al frente. Y, por si fuera poco, las dos con intríngulis narrativos de primer orden, tramas con giros y varias historias dentro cada una. Es decir, una cabeza, la de Camilleri, en plena forma a sus cerca de un centenar de libros. Que tiemble Simenon, pues anuncia más.
Definamos la primera en palabras del narrador principal (no del narrador-testigo que también interviene): “La banda de los Sacco es una absoluta anomalía. Porque no es más que el resultado de la suma de dos componentes: por un lado, el asesinato de Luigi Sacco por obra de los mafiosos; por el otro, una cantidad insoportable de abusos por parte de las fuerzas del orden y de la justicia”. En efecto, “¿qué tipo de banda es una banda que no mata a personas intachables, que no extorsiona, que no comete hurtos o atracos, que no secuestra a nadie? (…) Es una banda de hombres decentes, obligados por los acontecimientos y por el Estado, que no sabe defenderlos, a empuñar las armas, a pesar de que eso está en contra de su propia naturaleza”. Estamos en la Italia del XIX, en la localidad siciliana de Raffadali (hoy pasa un poco de los quince mil habitantes). Los Sacco constituyen una familia currante, a pie de tierra. La mafia decide cobrarles su impuesto. Se niegan a la extorsión. La mafia actúa como actúa la mafia. Corre sangre. Los Sacco siguen el camino de la legalidad, denuncian… pero se encuentran con que no solo nada consiguen sino que las cosas se vuelven contra ellos de tal modo que aparecen como culpables de delitos que no cometieron. La incompetencia absoluta de quienes deberían defenderlos, la larga mano de la mafia, las traiciones, los testigos comprados, toda la basura acumulada les obliga a echarse al monte, a vivir como presuntos bandoleros solo para protegerse. Acabarán en la cárcel y pasará tiempo hasta su reivindicación. El narrador principal adopta el “estilo Sciascia”, ese finísimo y afilado señalar con el dedo a base de hechos, hechos, hechos, de dar la vuelta a los argumentos falaces y combatir su mentira. Es una prosa limpia de florituras, casi procesal, casi periodística, la que requiere una historia que leemos con perplejidad: cómo los buenos pueden aparecer como malos cuando el sistema es ineficiente, corrupto y repugnante. Como cuenta el libro con una explicación final de los capítulos, acabamos su lectura estupefactos y con la seguridad de que ningún cabo ha quedado suelto. Redondo libro de denuncia. (Con sentido del humor: “Los jueces (…) recogen los papeles, se levantan y se van. Y buenas noches a los músicos”).
Porque Un filo de luz es, claro, otra cosa. Es Montalbano. Son Cataré, Mimí, Fazio y toda la comisaría de Vigàta; es Livia, el amor en la distancia, que solo aparece para contar tristezas. La historia principal lleva a las pesquisas sobre un supuesto robo a una mujer. Pero hay otras sobre dos emigrantes tunecinos que desaparecen de una finca donde trabajaban: quizá tráfico de armas. Y aparece una mujer que encandila a Montalbano y una posible operación ilegal de mucho fuste (estos dos últimos hilos son hurtados en la adaptación televisiva). Todo nos es familiar a los seguidores de Montalbano y todo lo leemos con sonrisa triste, pues el fondo del asunto lo conocemos: este mundo es el que hay, paciencia rigurosa contra los canallas hasta que caigan; luego, a comerse en el restaurante de Enzo unos salmonetes y, quizá, telefonear a Livia.

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