Tres años que acaban en cinco

Me cabe el honor de cerrar esta tarde, en el edificio histórico de la Universidad de Oviedo, el ciclo de sesiones de la VI edición del “Aula de Lectura de Prosa” de Extensión Universitaria, atendiendo la llamada al efecto del eminente profesor y crítico Eduardo San José Vázquez. Están ustedes invitados. Acepté gustoso al tratarse de un Aula con vocación de taller literario, es decir, participativa a tope. Se intenta en ella una lectura diferente a la del planteamiento erudito tradicional en las aulas universitarias (algo que siempre me puso de los nervios), tratando de responder a por qué nos gusta un libro, a qué mecanismos puso en funcionamiento el escritor para activar no sólo ese gusto, sino una determinada comprensión de su obra, y, acaso sobre todo, a cuál es la artesanía que subyace en una obra de arte. O sea, arte y oficio. “Toma, lee”, dijo una voz a San Agustín: pues eso.
Este curso se ha dedicado a la narrativa breve: Monterroso, Rulfo, Chejov o Borges, y me tocó en suerte finalizarlo con mis consideraciones y, más importante aún, las de los asistentes, sobre la esplendorosa y única obra del escritor madrileño (o romano: lo hablaremos) Alberto Méndez, “Los girasoles ciegos”, cuatro relatos estremecedores y desasosegantes y escritos con primor de orfebre. “Los girasoles ciegos” obtuvo en 2005, hace diez años justos (primera fecha acabada en cinco), el Premio Nacional de Narrativa, sin que su autor pudiese gozarlo, pues murió meses antes, tras haber tardado toda una vida en aprender a escribir tal prodigio.
O sea, hablaremos de literatura con las municipales encima, oyendo lo que dice el lenguaje corriente y repetitivo y con pretensiones ingeniosas de quienes aspiran a representarnos. ¿Somos, pues, un grupo de ociosos? Oigamos a Todorov, “Premio Príncipe de Asturias”: “La literatura existe en tanto que esfuerzo para decir lo que no dice ni puede decir el lenguaje corriente; si significara lo mismo que ese lenguaje corriente, la literatura no tendría razón de ser”. “Los girasoles ciegos” dice lo que no dice el lenguaje corriente sobre la derrota (en la Guerra Civil y en cualquier guerra, incluso íntima): dice lo que no puede decirse de otra forma salvo la literaria. Esa cumbre solo se corona mediante un potente estilo, entendiendo por tal no una afectada manera de vestir el texto (no hablamos de “estiloso”: hablaremos de “estilo”) sino una manera de contar, de buscar la palabra exacta, el giro preciso, la organización adecuada de los materiales narrativos que eleven por sí misma a categoría moral lo que contado de otra forma sería solo cháchara de taberna o estadística de muertos, derrotados, desolados. Hace 50 años (segunda fecha acabada en cinco), escribía Juan Benet que el estilo es “una vía evidente de conocimien¬to, independiente y casi trascen¬dente a ciertas funciones del intelecto”. Un escritor que aspire a “inspirarse” (por decirlo de algún modo) nunca debería beber en fuentes con fecha de caducidad próxima, pues (sigue Benet) “la novela informativa, la novela docente, es una mezcla inestable en el tiempo porque tarde o temprano el componente de información se evapora para dejar un residuo que sólo puede tener sabor litera¬rio”. Ese residuo literario “le es dado a un escritor sólo cuando posee un estilo o cuando hace suyo un estilo previo”. Con él, alcanzará su objetivo: “una prosa perfecta, última meta del escri¬tor”. He ahí el logro de “Los girasoles ciegos” en sus definitivas páginas sobre la catástrofe abismal, sobre la ruina absoluta, la verdadera. En 1605 (y ya va el tercer cinco), contaba Cervantes sin imaginarlo la profundidad de sentido que alumbra a los perdedores de “Los girasoles ciegos” (a todos nosotros, podría decirse): “Primero que el valor faltó la vida / en los cansados brazos, que, muriendo, / con ser vencidos, llevan la vitoria”. Eran unos versos de los que mucho gustaba Alberto Méndez. Y aún dicen algunos que somos ociosos debatiendo sobre estas cosas.

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