La memoria rural de España

PALABRAS MAYORES
Emilio Gancedo
Editorial Pepitas de Calabaza, 2015
368 páginas

Estamos ante un libro de viajes no apto para turistas. “El viajante”, que así se llama a sí mismo Emilio Gancedo (León, 1977), recorrió España durante año y medio, en la dirección de las agujas del reloj, partiendo de Galicia y dando por finalizado su periplo en el hoy inútil Puente de Ayuda, que salvaba el Guadiana para unir la Olivenza pacense con el Elvas portugués: “Al viajante se le antoja un significativo símbolo hispano –enseña medio demolida, atacada de hierbas– de la voluntad que a veces tienen los hombres por romper amarras e ignorarse unos a otros, por sentir ese vano orgullo de desconocer todo lo vecino”. Periodista, autor de relatos, de una guía de viajes, guionista de documentales, asiduo a “filandones”, Gancedo parece ser ese hombre indispensable que debe estar en las agendas de quienes organizan “eventos culturales” para llamarlo siempre que algo haya de hablarse sobre León. Con Palabras mayores (y su excelente prosa) da voz a las palabras de los mayores, a la Palabra Mayor, si se quiere, uniendo recuerdos de los nacidos antes de la Guerra Civil o inmediatamente después. Pero bien cribados tanto en la elección como en lo que cuentan. “El secreto está en intentar alejarse de esas enormes rampas de hormigón por las que cada día resbalan miles de vehículos y que, lejos de allegarlos a parte alguna, más bien los expulsan del teritorio a toda velocidad en ambas direcciones, y retar a otras carreteras más arriscadas y nobles”. Es decir, no vayamos a la gran ciudad ni siquiera a la cabeza de partido: vayamos a buscar las palabras mayores a cierta aldea, a aquel caserío del monte. Y no demos cuerda y cuerda en el libro al que ha de hablar: extraigamos de las conversaciones (que el lector presume largas) la esencia, el aforismo que resume una vida, la Palabra Mayor, para fijarla en letra impresa y que nunca se olvide. Por lo tanto, se trata de un libro de sociología, de lingüística, de antropología, de etnografía, de viajes, de seres humanos que pasaron las de Caín por el hambre y el frío y el desamparo, que ambicionaban saber leer como ciencia superior, que fueron campesinos u obreros, que cuentan historias terribles o sabrosas, que cantan: esas gentes que pasaron del neolítico a internet. Salvando lo que se debe salvar es un apasionante libro con parentesco en aquel Elogiemos ahora a hombres famosos, que firmaron James Agee y Walker Evans al retratar y contar las penurias de los que más sufrieron la gran depresión estadounidense.
En Asturias, por ejemplo, escoge “el viajante” la parte de Sobrescobio y Caso para contarnos la vida de los ancianos de allí y su modo de hablar. (Un defecto de comprensión, quizá mío, le encuentro a este párrafo sobre el habla de la zona: “uno no puede sustraerse a esta belleza y sonoridad del asturiano central con influencias orientales, metafonía y, como islote solitario tan al este, artículos determinados femeninos en ‘a’, ‘es’ y el masculino en ‘os’ cuando camina tras vocal”). Oigamos esas palabras mayores: “En mió casa, vaques na más. Podíamos tener, si teníamos, siete cabeces, ente a parexa pa trabayar, y dipués tamién novielles, daquella nun se-yos chaba de comer más que paya, y fueya de fresnu, y es gavielles del narbasu —¿tú sabes qué ye a gaviella del narbasu, que dipués de quitar la panoya amontónenlo…?—. Eso yera pa es escoses, les que nun dan llichi, que tán creciendo. Y aquelles escoses, por dicete daqué, pasaben tres o cuatro años y tovía nun preguntaben pol machu pa ná”. Al avanzar páginas, encontraremos a quien al tacto distingue las semillas de “trigo, cebada, centeno, maíz, hieros, grana de remolacha, grana de acelga, alubis, garbanzos, guisantes, patatas, cebolla, puerro, grana de algodón, ricino, cloroformia y grana de lino, y cornezuelo”. Nos toparemos con anuncios de puro ingenio popular: “Un ricacho mentecato, ahorrador empedernido, por comprar jamón barato, lo compró medi podrido. Le produjo indisgestión, y entre botica y galeno, gastó el doble que el jamón, por no comprar jamón bueno”. Acabaremos sabiendo, tras un carcajeante diálogo, que no es que un perro se llamase “Como tú” (Emilio, Luis…), sino “Comotú”.
Y siempre, siempre, el estoicismo resignado de quien ya lo ha visto todo: “Tanto tener, tener y tener, y luego no somos personas”. Y siempre, siempre, el mantra particular que solucionaría los males ya vividos y los por venir: “Educación, educación, educación…”

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