Trabajo chapucero

IRÈNE
Pierre Lemaitre
Editorial Alfaguara, 2015
400 páginas

El título original de esta novela, publicada en Francia hace nueve años y ahora editada en español gracias a que Pierre Lemaitre consiguió en 2013 el muy prestigioso “Premio Goncourt” por lo que vale para el negocio explotar el posible filón de ventas, es Travail soigné, que podría traducirse por “Trabajo cuidadoso” o esmerado, escrupuloso, minucioso. Sin embargo, el sello español se ha decantado por el de Iréne, nombre de la esposa del portagonista y personaje no tan crucial en la novela: decisivo, pro no crucial. Pues bien, por decirlo rápidamente, esta primera entrega de los casos a los que se enfrenta el comandante Camille Verhoeven (grado por encima de capitán en la policía francesa, menor que el de comisario) es, para mi gusto, un trabajo descuidado y superficial, y bien que lo siento. Aun más deploro que se presente como un “homenaje a la literatura”, en palabras del propio Lemaitre, cuando es, más bien, un homenaje a la literatura de carnicería y “ascor”, si se me permite el palabro. Es decir, se deja caer que la literatura policiaca es solo la suma de atrocidades descritas en Irène que con tanta fruición consumen los extraños lectores aficionados al desmembramiento, la evisceración y las torturas en sus más variadas formas, siempre vomitivas. Lo “gore” está de moda, amigos. Pero, de nuevo digo que según mi gusto, ni la literatura policiaca tiene que ser necesariamente “gore” y de casquería, ni la literatura toda “homenajeada” es “gore” (por mucho que, por ejemplo, Shakespeare lo sea tantas veces). Desde luego que se trata de un prejuicio mío, allá yo; pero no hablo de la repugnancia que me produce (aunque también) tanta acumulación repetitiva de barbaridades, lo cual me suele aburrir hasta el bostezo. Las entiendo ineficaces como literatura y eso me basta para que no sean de mi predilección.
La novela va de unos cuerpos que aparecen troceados, del asesino que escribe al comandante Verhoeven contándole la misión trascendental que cumple con sus abominaciones, de más cuerpos mutilados… hasta que la policía se da cuenta de que el monstruo está imitando las obras literarias más celebradas de ese subgénero del “ascor”: Bret Easton Ellis, Ellroy… Hay unos cuantos sospechosos (un librero, un erudito…), al final se arma la marimorena, con la involuntaria presencia de Irène, y se nos deja a medio digerir la panzada de espanto que nos ha solmenado Lemaitre. Como esta novela inicia una serie, se presenta al comandante y a sus ayudantes y a su entorno y a sus jefes y a su pasado y a su presente: todo convencional, salvo la machacona insistencia en el detalle de que Verhoeven mide 1,45 metros. Y ahora viene lo que ya más me incomoda: que me importe un pito quién es el asesino en una novela donde lo único que parece importar es quién sea el asesino, que avance en la lectura como un penado que ansía llegar a la página final de una vez. Cómo lo siento, con lo mucho que ponderé aquí Nos veremos allá arriba y, sobre todo, la excelente y apasionante Vestido de novia del mismo autor. Pero también Irène tendrá público y no faltarán quienes disfruten con párrafos como el siguiente: “El sexo de la primera víctima fue arrancado a dentelladas (…). Le cortaron los labios, sin duda con un cortaúñas (…). Le agujerearon el vientre y la vagina con ácido clorhídrico puro. La cabeza fue clavada a la pared por las mejillas con la pistola eléctrica (…). El asesino le quemó primero las cejas y las pestañas con cerillas. Un consolador de caucho (…) le fue introducido por el ano con ayuda de una pistola de clavos. Digamos que el asesino hundió la mano en la garganta, agarró el conjunto de venas y arterias que pasan por allí y tiró de ello hacia fuera”. Pues qué le vamos a hacer. Leer por ahí que Lemaitre es el nuevo Benjamin Black da la risa: no, no en esta novela.

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