La dieta cotilleril

Sí, me declaro culpable: ojeo y hojeo alguna revista de información cotilleril de vez en cuando. Lo tengo por buen método para desengrasar el cerebro, para neutralizar los daños de otras noticias grasas y mantecosas y pingües. Como me traen completamente sin cuidado las hazañas amorosas o desamorosas de personajes que no tengo ni idea de quiénes son, de familias reales que ni sabía yo que aún reinaban, de Vargas Llosa o de Isabel Preysler, me abismo asombrado en esas páginas satinadas para atisbar no solo cuánta gente diversa por el mundo del famoseo hay sino las pintorescas cosas a las que se entregan. No hace mucho, por ejemplo, leí que una modelo “adoraba” cantar. Se declaraba mujer cantarina a todas horas y en cualquier lugar, con especial querencia por las arias de ópera. Tanto es así que confesaba tal señora o señorita mostrarse canora en especial mientras hacía el amor, lo cual, debo confesarlo, me sumió en la inquietud y el desasosiego, pues tengo ya una edad y si la compañera de sexual esparcimiento se arranca a mitad del acto con, digamos, los vigorosos sones del “Der Hölle Rache” de “La flauta mágica” a buen seguro que me da un síncope y habrán de sacarme del tálamo en brazos de las asistencias, camino del hospital.
Pero lo malo sería que mi único alimento espiritual fuesen las revistas de información cotilleril, como tal parece que ocurre con no pocos de mis contemporáneos. Si yo comiese solamente fabada, mis flatulencias (también llamadas “meteorismos”, Dios nos ampare) me convertirían en compañía poco aconsejable y arruinarían sin duda mi vida social, pues, como dejó escrito Taibo “Senior”, toda faba lleva dentro un pedo y, si es grande, dos. Si me alimentase tan solo de arroz, mi astringencia no sé a qué agobiantes desmanes me llevaría: acaso a leer a Murakami, pudiera ser. Así pues, si solo consumiese ese tipo de publicaciones como dieta lectora, acabaría hablando como hablan ellas, incurriendo a cada paso en lugares comunes, en dichos redichos, en topicazos, en frases hechas, en un estado de idiocia intelectual que me vaciaría el coco de cualquier pensamiento organizado, de cualquier argumentación bien trabada: que me alejaría, en definitiva, de mi condición de ciudadano responsable… que, a lo peor, es lo que se pretende por parte de los que en verdad y realidad mandan. Veamos algunos ejemplos, que comento con gran pena por mis compañeros periodistas, urgidos a expresarse así.
Basta con que cualquier protomacho o sea, un Varoufakis, según la actual moda (o paradigma hodierno, si ustedes quieren ponerse tontos) aparezca en una foto para que enseguida se hable de que también cultiva su “lado femenino”. Quienes organicen una fiesta a base de bandejas de canapés revenidos y un hilo musical que masacre al pobre Vivaldi serán considerados sin más “grandes anfitriones”. Para ser un “buen padre” o “un padrazo” basta con tomar en brazos a la criatura propia. Los prójimos que salen en esas revistas no dan abasto a vivir “instantes vitales” y mucha “noche inolvidable”, en la que casi con totda seguridad pronunciarán “emotivos discursos”, con lo que acabará por resultar “la velada más cálida que se podía soñar”. Cualquier nimiedad se convierte en “todo un espectáculo”. Un esguince hace a su protagonista vivir una “terrible situación”. No existe España, sino la “geografía española”. Todo es “tema”: a Fulanita le preocupa “el tema de la homosexualidad” o el “tema del divorcio”. Un sedicente escritor y evidente presentador de la tele estaba “deprimido” porque “las musas aparecían intermitentemente”, aunque ya parece que “respira tranquilo” pues “le plantó bien la cara a la jugada estratégica”, la Santina nos asista. En fin, todo y todo es “muy entrañable”, siempre se “viven amores imposibles” y siempre en “lujosas estancias”. Por favor, que llega el verano: háganme caso y cambien un poco sus dietas lectoras, que todo buen libro lleva dentro una idea y, aunque no sea grande, a veces dos. Por favor.

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