El libro del verano

Rondando san Juan, suelo arrepentirme del vicio que tengo de leer. Llegan las vacaciones y a muchos de mis amigos, conocidos o saludados les apremia la necesidad de cumplir con el voto anual de lectura que se han impuesto. Entonces, me reclaman con el fin de que les oriente sobre cuál es el libro que deberían llevarse al mar o a la montaña o al spa, pues, por algún malentendido, me consideran un experto en aquello a lo que tan solo soy aficionado. Adiós, pues, a mis paseos silenciosos; adiós a mi solaz en los parques supervisando el discurrir de las nubes. Porque me ponen las cosas difíciles los demandantes. “¿Qué libro leo este verano?”. “A ver, ¿prefieres novela, poesía, teatro?”, suelo contestar para centrarme. Y la tremenda respuesta, con pocas variaciones, suele ser la respuesta de los “peros”: “No sé. Un libro que no sea muy tocho, pero tampoco cortito. Que tenga acción, pero que no sea muy lioso. Con intriga y romanticismo, pero sin pasarse. Que te haga pensar, pero que no te coma el coco mucho. Que sea bueno, pero que se entienda. Que esté bien escrito, pero sin palabras raras. Un libro de moda, pero sin demasiadas modernuras”. Y no me queda otra que responder: “O sea, estás buscando el mismo libro que yo”. Con lo cual, acreciento mi fama de cascarrabias y altivo, vaya por Dios.
Yo solía proponer “El Quijote”, pues, aun sabedor de que incumplía varios de los preceptos antedichos, es el libro que todo españolito aspira a leer una vez en su vida. Yo me lo zampo todos los veranos (y a mano lo tengo en las frías y húmedas noches de invierno) sin que me canse ni aburra. Siempre encuentro en él párrafos, escenas, personajes secundarios en los que no había reparado lo suficiente, algún truco de Cervantes que me había pasado desapercibido en la lectura estival anterior. Pero como vuelvo a estar metido en sus páginas en plan detectivesco por una conferencia que me toca dar esta misma tarde en la Casa Natal de Jovellanos (entrada libre: acudan ustedes en masa), se me fue ocurriendo una recomendación para mis solicitantes que paso a poner en práctica. Hela aquí: leánse trozos muy breves del “Quijote”. Como su argumento es bien conocido, sáltense el orden de los capítulos, ábrase al azar y repárese en una descripción, una broma, una disputa, cualquier aventura: no pierdan tiempo con las líneas que se les atraganten. Me valen un par de ejemplos. Cuando Quijano y Panza andan escondidos por Sierra Morena, al amo le viene el gusto de hacer penitencia por los imaginarios desmanes de la imaginaria Dulcinea. Ríanse de los destrozos del Increíble Hulk, una nada es la furia de Godzilla comparada con lo que hizo Roldán, el modelo que adopta don Quijote. Lean: “Arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura”. Así escribía Cervantes. Y como Sancho reprendiese a su señor, pues Dulcinea siempre fue la honestidad misma, responde el hidalgo: “Ahí está el punto y esa es la fineza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto ¿qué hiciera en mojado?” No hagan, por lo tanto, un menú quijotesco largo y hartante. Vayan a un picoteo breve, deléitense en los sabores concentrados en la frase rotunda, perfecta, con la que se rinde al imbécil de Sansón Carrasco: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. Empiecen por ahí y no podrán dejarlo nunca. Feliz verano

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