No leo más periódicos

Aunque está usted leyendo este periódico ahora mismo, seguro que más de una vez ha pensado en dejar de leer los periódicos o ha asegurado, al menos, que va a quitarse de leer los periódicos. Y quien dice periódicos dice televisión o radio o, incluso, internet. Un cliente que pide en la cafetería unos pasteles de jengibre ruega que apaguen la tele porque no cuenta más que desgracias. Un taxista apaga con ira la radio del coche, porque no cuenta más que noticias desgarradoras, mientras engulle un pastel de jengibre. Una amiga me cuenta que solo frecuenta en internet los foros que discuten sobre repostería (se ha hecho experta en pasteles de jengibre) porque se ve harta de las informaciones sobre barbaridades que emponzoñan otros lugares de la Red. Hasta un antiguo intelectual del 68 francés me confesaba hace unos días (mientras se iniciaba en los pasteles de jengibre) que solo lee los deportes: “Y eso con tiento, que a veces me indignan”.
¿Son los mensajeros (o sea, los medios de comunicación) los responsables de nuestro enfado o es la realidad la que tanto repelús nos causa? Copio aquí unas cuantas catas que hice en las portadas de la prensa de un día cualquiera, buscando verbos, sustantivos y adjetivos que saltasen a la vista, que fueran lo primero que me entrase por los ojos. Helos aquí: inundaciones, tromba, miedo, crisis, crisis global, lunes negro (¿por qué no “fucsia”?, me pregunto), incertidumbre, acciones castigadas, caída, temor, frenazo económico mundial, se desploma, alarma, más alarma, despilfarro, fracaso del plan… Y sigue y sigue, y dura y dura. Es decir, que la mañana me la amargan las connotaciones tan funestas y aciagas (pleonasmo) que tales expresiones me allegan. Saturar; llenar con sucesos producidos bruscamente y con fuerza o violencia; recelos y aprensiones; perturbaciones angustiosas en el ánimo; cambios bruscos; escasez; carestías (“globales” incluso, del planeta, del globo terráqueo); desconocimiento de algo claro y seguro; mortificación y aflicción y pena y reprensión; pérdida de equilibrio; descenso a un nivel menor; venir impensadamente a encontrarse con alguna desgracia o peligro; recelo de daños futuros; freno súbito y violento; ruina y perdición; inquietud y susto o sobresalto causado por algún riesgo o mal que repentinamente amenace; gasto excesivo y superfluo; destrozo de las cosas por desidia; malogro; resultado adverso de una empresa o negocio; suceso lastimoso, inopinado y funesto; caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento, disfunción brusca… En fin, la repanocha, la repera, la releche, y eso que no había pasado aún de la primera página.
La culpa, claro, a los periodistas, que solo cuentan desgracias. La culpa, claro, nunca a la realidad, nunca a nosotros que la producimos, que la perpetramos, que la construimos a golpe de burradas. Bueno, pero no solamente hay horrores, me corrige mi confitera proveedora de pasteles de jengibre. Y así es. Pero el submundo del espanto exagerado vende y nadie compra el fulgor de lo soportable, lo amable, lo civilizado. Aquel que fuera celebérrimo periodista, Tico Medina, naufragó con un programa que solo contaba prosperidades y dichas (si estas palabras tienen plurales al uso). No obstante, bien que me gustaría que se atemperase un poco el amarillismo o el griterío de verbos, sustantivos y adjetivos en las portadas cuando no viniesen a cuento de gran cosa o solo se refiriesen a infladas alarmas tan solo destinadas a asustarnos y a que nos sometamos más aún mediante el miedo. Pues, aunque “hombre sin noticias, mundo a oscuras” (Baltasar Gracián), si todos los días desayunamos con tanto campanudo despliegue lingüístico espantante, ¿qué palabras nos quedan cuando nos sobreviene el vómito del pastel de jengibre al ver el abismo de horror de la foto del niño sirio muerto en la playa, de los niños ahorcados o crucificados, de los niños sufrientes y aterrorizados por la insensatez y la caverna humanas adultas? ¿Con qué palabras contamos lo atroz si todas las hemos gastado en banalidades de a diario?

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