Estas son las clases de un profesor de literatura

LEER COMO UN PROFESOR
Thomas C. Foster
Ed. Turner, 2015
317 páginas

Mucha gente lee, pero no sabe leer. O, lo que es lo mismo, no sabe cómo se lee bien, cómo se capta todo el sentido de la lectura. Igual ocurre con el respirar: mucha gente respira, pero no sabe respirar bien. Mucha gente ve, pero no sabe mirar. Etcétera. Lo cuenta Eduardo Galeano al narrar la historia del niño Diego que viaja al sur con su padre para conocer la mar, que jamás había visto. “Fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: ‘¡Ayúdame a mirar!’ ” Ayudar a leer: no otro es el propósito del profesor de literatura en la Universidad de Michigan Thomas C. Foster. O ayudar a leer bien a quien a ello esté dispuesto. Como ayudar a un aspirante a atleta a respirar adecuadamente o echar una mano al curioso que desea acercarse a las obras artísticas y las ve sin saber mirarlas. Etcétera.
En efecto, el gran triunfo para cualquier profesor de literatura que se precie es conseguir que sus alumnos terminen la Odisea, por ejemplo, y que hayan sacado todo el jugo posible al relato de Homero a lo largo del viaje lector. O, por qué no, que sepan desvelar las claves, las fuentes, los guiños que esconde el True detective de Pizzolatto (a la segunda parte no le he encontrado el menor interés y sí la mayor pedantería y confusión: también hay que aprender a mirar y a discernir los grandes fracasos narrativos). Y cito ejemplos no españoles porque para el profesor Foster no existe la literatura en español o si existe muy poco le interesa. No esperen los “alumnos” que se acerquen a este libro que se hable del Quijote o de cualquier otro monumento hispano: nada. Es decir, aspiran estas páginas a socorrer a quienes lean, qué sé yo, el Hamlet de Shakespeare y no solmenen al docente (sea en el aula, sea en uno de esos talleres de “literatura creativa”, pleonasmo necio) la terrible sentencia: “Lo he leído, pero no he entendido ni papa y, además, me he aburrido muchísimo”.
No pierde ocasión el señor Foster de contar el grande éxito que siempre acompañó a las clases que ahora reúne en este libro. Tampoco de contar los muchos títulos que le honran, las muchas universidades que se disputan sus charlas. Sigue así esa moda estadounidense de echar por delante títulos y merecimientos (ni siquiera se ahorra Foster el señalar los muchos chistes que cuenta cuando imparte lecciones y el alborozo que generan) que ya va calando entre tantos autores nuestros -somos en definitiva una colonia del imperio-, que no se cortan un pelo al hacernos saber las personas, las becas y los apoyos institucionales que hicieron posible la obra, con lo que muchas veces se vuelve contra ellos mismos tamaña gordura agradecida, habida cuenta de lo magro del resultado . Pero carece de importancia, solo sonroja un poquitín. Solo un par de precisiones importantes: va dirigido a quienes muestran de mano interés por la literatura, no para alumnos de la enseñanza reglada secundaria a quienes trae al fresco la literatura, quienes la enseñan y el mundo de la cultura en general. Un excelente manual, sí, para clases de adultos, clubes de lectura, los antedichos talleres y reuniones de tal tenor. No pretenda usarse en una clase de bachillerato como ayuda al libro de texto. Y concluyo con la segunda advertencia: o se acompaña lo que dice Foster de pasión, buena dicción, adecuado lenguaje corporal, dominio del espacio escénico y gracia… o no hay nada que hacer. Quien lo probó lo sabe.
Las casi treinta lecciones de que consta Leer como un profesor desarrollan la misma estructura: una introducción sorprendente o divertida; una exposición muy ejemplificada; y, por fin, las preguntas de los escuchantes con las adecuadas respuestas del profesor, no siempre concluyentes, sí casi siempre estimulantes. Así, como contiene la mayor parte de las percepciones literarias de Foster, podrá cada cual “ampliar el contexto”, que es la función única acaso de un profesor. No hay otra manera de hacerlo que practicar y practicar (“como un concertista”), o sea, leer mucho. Poco a poco iremos reconociendo la estructura de nuestras lecturas, nada muy complicado, pues se reduce a los siguientes puntos: “una persona que busca; un lugar adónde ir; una razón declarada para hacerlo; desafíos y pruebas por el camino; y una verdadera razón para dirigirse allí”. Afrima Foster que “si lees bastante y piensas bastante en lo que lees, empiezas a ver figuras, arquetipos, elementos recurrentes”. Hay que leer lo que hay que leer, pues todo viene de Shakespeare o de la Biblia o de Grecia y Roma, pues “toda literatura procede de otra literatura”, lo que resulta salvedad muy útil para tanto escritor adanista como nos toca sufrir. Con esta lecciones vemos cómo la Ilíada no cuenta una batalla; cómo es malo ser amigo del héroe de una narración, cómo las novelas policiacas carecen de “gravedad” lo que es bueno para entretener, malo para perdurar; cómo para buscar símbolos en lo que se lee hay que acudir al “instinto”: por ejemplo, el vuelo es libertad y toda inmersión un bautismo. Veremos cómo el sexo es básico o no tanto (curiosa la interpretación que hace Foster en la página 169 sobre un pasaje de D. H. Lawrence: lo leí varias veces, incluso conocida la interpretación fosteriana, y sigo sin verlo); cómo es preciso prestar mucha atención al lugar donde se desarrollan las historias, a los viajes y las estaciones del año en que transcurren, cómo es fundamental introducir “enseguida” (es un consejo dirigido a los escritores en este caso) lo que queramos que el lector sepa sobre un personaje (si tiene algún defecto, alguna característica especial…); cómo hay que andar con mucho ojo con las enfermedades que padecen los héroes, las heroínas: siempre esconden algo; cómo es indispensable abrir ventanas, ampliar la apreciación del texto: podrá llegar a ver, agárrense ustedes, al protagonista de La naranja mecánica como un trasunto de Jesucristo… A mí no me miren: lean este libro.
Y en mejor línea optimista estadounidense, una conclusión animosa: “Ustedes saben más de lo que creen saber. No, no han leído todo. Pero es probable que hayan leído lo suficiente: suficientes novelas, memorias, poemas noticias, películas, programas de televisión, obras de teatro, suficiente de todo un poco, en fin de cuentas. El problema es que los lectores ‘con poca experiencia’ tienden a quitarse mérito por la experiencia que sí tienen. ¡Vamos! Concéntrense en lo que sí saben, no en lo que no. Y aplíquenlo”. Y como ejemplo nos copia un fragmento de “Fiesta en el jardín”, de Katherine Mansfield, con su cuestionario y sus respuestas (de Foster) profesorales. A practicar. ¿Quién dijo que leer era fácil?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s