El ideólogo nazi escribe su diario

DIARIOS
Alfred Rosenberg
1934-1944
Ed. Crítica, 2015
769 páginas

Adolf Hitler llegó a llamarlo “Padre de la Iglesia del nacionalsocialismo”. Y cuando le encargó que gobernase, en 1941, a más de treinta millones de personas en tierras eslavas lo aclamó como “guardián del Este”. Ahora mismo estoy viendo la foto de su cadáver, tras el proceso de Núremberg, tras haber sido pasado por la horca. No hay rictus en su cara, no hay mueca de espanto, de dolor agónico: parece estar echándose una siesta con el mismo gesto de siempre, el único que tenía. Era hombre de un solo gesto. Había nacido en Estonia 53 años atrás y se llamaba Alfred Rosenberg. Fue el ideólogo del nazismo, el hombre que elevó a categorías máximas las ideas de la raza superior y del feroz antisemitismo, que entendió como indispensable “el espacio vital” para los arios puros, que odiaba tanto el arte moderno “degenerado” como los resultados del Tratado de Versalles tras la I Guerra Mundial o como el cristianismo, con sus o por sus raíces hebreas. Naturalmente, en Núremberg declaró no saber una palabra de las atrocidades del régimen que su mente había dotado de presuntas justificaciones teóricas, del genocidio, del asesinato en masa y en serie, de la exterminación del otro, del robo a manos llenas, de las torturas y las aberraciones de las que fue responsable. Mantuvo el gesto, su único gesto.
Era un hombre que tenía un gesto solo. Serio. Pelo corto, sin sonrisa, labios finísimos, narigón. Lo veo en una foto durante cierta visita a Londres. Elegante, impecable, manos en los bolsillos del abrigo, sombrero, fuertes ojeras y mirada desviada, perdida a su derecha, cumpliendo el trámite. Otra foto (se consiguen en internet con facilidad): estrecha la mano de Hitler o, más bien, es estrechado por la mano de Hitler. Mira a los ojos a su ídolo, quien le cubre su mano derecha con la mano izquierda pálida, de confianza, como de amigo, aunque tiene el gran monstruo los ojos entrecerrados: está a otra cosa. Sin embargo, fijémonos en la mano izquierda de Rosenberg: tensa, medio apretada, contraída… está ante su ídolo total, ante su dios total. Veo el gesto mientras lo juzgan en Núremberg, con unos auriculares, junto a un policía militar: de traje, serio, las mismas ojeras, la misma mirada, vista fija: no hay dudas, vacilaciones, no hay ni indignación. En la cárcel, en otra foto, en traje de faena presidiaria, el pelo más largo que de costumbre, no aplastado por la gomina, esos brazos cruzados sobre el regazo (igual que en el juicio), y las mismas ojeras pero otras ojeras, las ojeras del abatimiento. Alfred Rosenberg fue periodista, estudiante de arquitectura e ingeniería, escritor de ese abominable éxito extraordinario editorial (El mito del siglo XX, que junto con Mi lucha de Hitler constituyeron el alpiste intelectual casi único de los pájaros nazis), y máximo responsable político de los territorios que aquel sistema de muerte organizada y sinrazón ocupó en la Europa del Este. Fue nazi de primera hora (antes incluso que el propio Führer), diputado a los 33 años, ministro con 48 años. Un jerarca que odiaba a (y era odiado por) otros jerarcas del régimen, en especial a Goebbels (“un saco de pus” lo llamaba Rosenberg: cuñas de la misma miseria mental, quizá por ser ambos “ideólogos” y escritores y disputarse el honor de encender alguna nueva idea asesina en la mente del cabo de Braunau am Inn). Un gesto único y una sola idea bien clara en su mente: se siente “especialmente involucrado en […] la imposición de nuestra concepción del mundo frente a todos nuestros enemigos”. Ojo a “imposición”, nada de vencer, menos de convencer: imponer. Hace un par de años, en EE.UU. aparecieron de modo casi novelesco por enrevesado y con intriga sus Diarios, que abarcan esos diez años claves en la historia del mundo. Se publican en español ahora, con estupendas introducciones y un sinfín de notas al pie, tan útiles al estudioso como pelmazas para el lector aficionado: academicismo puro.
“En los últimos quince años no he escrito nunca un diario”: tiene Rosenberg 41 años, pero qué comienzo adolescente. “Esta mañana he estado un rato con el Führer y después he pasado toda la tarde en su jardín”, se maravilla. Hasta el orgasmo interno cuando el gran jefe le confiesa: “La mejor necrológica que se ha escrito sobre él [Hindenburg] es la que usted ha preparado, Rosenberg”, y subraya la palabra “usted”. Se nutre de inquina cuando perora sobre lo suyo: “La iglesia ha vuelto a demostrar que, cuando habla en alemán, lo que dice suena a chino. La nación ya no quiere seguir oyendo ese galimatías de salmos, ‘profetas’ y demás”. Sobre el arte cristiano, incluso: “Quiero pensar que las tallas de madera del gótico tardío, a menudo espantosas, desfiguradas, símbolo de la devoción, desaparecerán del interior de las iglesias y se trasladarán a los museos”. Es decir, abajo el barroco, a favor de “un modo nuevo, sólido y sencillo”, y subraya “nuevo”. En fin: “las estatuas de los grandes alemanes ocuparán el lugar de los ‘santos’ torturados, y las palabras de los profetas judíos y los cantos a Yahvé dejarán de resonar en los espacios”, y subraya “grandes”. No conoce el descanso monomaniaco (un único gesto): “La cristiandad romana se ha construido sobre el miedo y la sumisión; el nacionalsocialismo, en cambio, sobre el valor y el orgullo. Ahora, los predicadores romanos tendrán incluso que hablar de un ‘Cristo heroico’ para mantenerse a nuestro ritmo […] la Gran Revolución ha comenzado”, y subraya “miedo”. Cuando habla de España (en pleno 1936) sigue con su matraca: “La monarquía y la iglesia ya no funcionan. En ninguna parte. Sí, al oponerse a la higiene de razas han alimentado la mediocridad. Si en España esos animales están quemando curas, hacen lo único que han de hacer. Pero que se hayan convertido en lo que hoy son es culpa de los poderes que han dominado a España: la monarquía y la iglesia”. Se equivoca y muestra así la poca fiabilidad de sus fuentes: cuando regresa el corresponsal de su periódico y le informa de cómo va la carnicería civil española, concluye “que la guerra civil durará unos dos meses más”. Analiza, se burla de los carlistas, pero no de los otros: “los falangistas atraen cada vez a más personas y Franco los ayuda considerablemente”.
Sería de lo más sencillo acudir a un psicoanálisis elemental y explicar toda la trayectoria de Rosenberg como el intento de hacer pagar al “judaísmo bolchevique” la frustración que sufrió en su infancia y juventud estonias al ver el triunfo de la revolución roja frente a los blancos a quienes su familia apoyaba. (De lo visto entonces acaso venga el intento de Rosenberg por desmembrar a la Rusia soviética de modo “político” y no militar, como defendían sus conmilitones nazis, lo que acabó por menoscabar su influencia en el partido aquel). Pero me basta solo haberme sumergido en sus diarios: los de una mente a mitad de camino (si hubiere tal) entre un pésimo escritor y un perturbado obsesivo por cuatro ideas criminales. Pero eso sí: todo en un solo gesto, lo mismo cuando cuenta que se le ha inflamado un dedo del pie que cuando saca su vómito contra judíos u homosexuales (algunos de su misma militancia). El solo gesto que tenía. El gesto del asesino en serie.

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