He oído cantar al mirlo

ARENAS MOVEDIZAS
Henning Mankell
Trad. Carmen Montes Cano
Ed. Tusquets 2015
376 páginas

Un hombre abandona una fiesta antes de que concluya. Se va a su casa y allí se entera de que el techo del local donde acababa de estar se ha derrumbado sobre los asistentes y provocado una gran matanza. Ha sobrevivido a una catástrofe. Pero se da cuenta de una duplicidad que lo acompañará a partir de ahora: en su mente, sus compañeros de fiesta están vivos, sonrientes, bailando, de charla, tal y como los dejó al irse; sin embargo, están muertos en la otra realidad, en la externa. Lo mismo me ocurre mientras estoy a punto de concluir las páginas de Arenas movedizas, donde se cuenta esta historia. Los medios anuncian que ha muerto su autor, Henning Mankell (Suecia, 1948), y yo lo estoy leyendo vivo todavía él, contándome precisamente su lucha contra el cáncer, en un mar de incertidumbre sobre el futuro que, ahora, yo ya conozco y él no conocía mientras tecleaba los recuerdos que le iban sobreviniendo desde que, durante las navidades de 2013, una rigidez en la nuca y una parálisis en un pulgar revelaron al cabo que un tumor pulmonar había hecho metástasis en su cabeza.
Mankell fue quien me enseñó que la literatura negra o policiaca o como se diga era un excelente medio para escarbar en la superficie de la muy feliz y modélica sociedad nórdica, la sociedad del bienestar, y encontrar bajo la misma los odios, las abominaciones, los horrores, los rencores, las locuras que esconde. Ocurrió hace más de veinte años, cuando dio comienzo su serie de novelas con el inspector Kurt Wallander como protagonista. El cine y la televisión nos completaban las historias a los forofos que queríamos más Wallander, bien fuera con Kennet Branagh encarnándolo, bien con el excelente Krister Henriksson. Wallander: el estoicismo, la tranquilidad, la ira a duras penas sofrenada, la música como refugio, el amor que no llega o no se sabe retener, la inteligencia pronta, el alcohol opiáceo para adormecer la demasiada realidad, esa hija… (Nada que ver, pues, con tanto novelista americano del norte, tan tristemente tópico, tan y tan sobrevalorado). Luego, va uno enterándose de que Mankell era un ciudadano incómodo para el Poder, pues, en lugar de quedarse en su casa disfrutando de los réditos de las ventas millonarias, pasaba gran parte del año en Mozambique, impulsando allí proyectos teatrales, o de que se embarcaba, literalmente, en la flotilla humanitaria que trataba de romper el cerco de Gaza. Siempre lamentó, por cierto, ser el único escritor presente en aquella acción: me canso de repetirlo, el autor, el intelectual como lo entendíamos ha muerto, y, ahora, tras irse Mankell, más muerto queda aún.
Cuando le diagnostican cáncer, Mankell escribe. Escribe Arenas movedizas, en recuerdo de un recuerdo infantil, de esos granos como tentáculos que le apresan y hunden. No se para, no se detiene en la autolástima, aunque “fue una de las pocas ocasiones en mi vida en que estuve a punto de empezar a quejarme”. Ojo, tiene un cáncer quizá terminal (así fue), de modo que nada de bromas, nada de florituras, nada de verborrea: verdad y nada más que la verdad. Mezcladas con anécdotas nada jocosas (a punto de morir una vez, en África: una pistola en la cabeza; una brutal paliza portuaria; un viaje por tierras de Salamanca donde asiste perplejo a la renuncia de un camarero…), Mankell pasa revista. A la ficción, al arte: “El hombre es un ser que, a lo largo de milenios, se ha desarrollado hacia una funcionalidad cada vez mayor. No tendríamos la enorme capacidad creativa que parte de la fantasía y de la inventiva si no fuera un rasgo necesario para nuestra capacidad de supervivencia”. A la enorme empatía que siempre le animó: [en una cafetería de París] “Observo a las personas que hay en las otras mesas y pienso que todas ellas albergan algún tipo de esperanza. De que algo salga bien, de que algo pase pronto, de encontrar la explicación a algo, de que algo que les causaría dolor no sea cierto. Tenemos que procurar siempre que la esperanza sea más fuerte que la desesperanza. Sin esperanza no hay, en el fondo, supervivencia”. A la esperanza, al esfuerzo por mantenerla: “Nunca es demasiado tarde para nada. Todo es posible todavía”. A esa empatía, insisto, cuando no nos damos cuenta de que no solo el occidente del bienestar existe: “Llevo en mi interior a vivos y a muertos, y supongo que, de la misma manera, yo también existo dentro de otros que se reconocen en mí”. O lo que somos y seguimos siendo hasta que los residuos nucleares (obsesión nuclear de Mankell) nos sepulten: “Millones de personas que hacen una breve visita a la Tierra, una visita que coincide con la nuestra”. Esa visita: “La vida es un viaje tumultuoso entre lo que nos causa miedo y lo que nos da alegría. En el mejor de los casos logramos atesorar buenos recuerdos a lo largo de ella. Por más que, en nuestro mundo, sean demasiadas las personas que se ven obligadas a olvidar para vivir”.
Una mañana, tras una época en que la quimioterapia le había dejado sin fuerza alguna, Henning Mankell escucha el canto de un mirlo: “He oído cantar al mirlo, luego he vivido”, reflexiona. Acaba de morir, a los 67 años, en Gotemburgo, de ese cáncer.

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