El amor, el amor

UNA HISTORIA CREPUSCULAR
Stefan Zweig
Trad. Joan Fontcuberta
Ed. Acantilado 2015
58 páginas

Uno de los escritores que peor suerte pública está corriendo, tras haberla tenido toda, es Stefan Zweig, vienés de 1881, quien abandonó este mundo, por mano propia y junto con su esposa, en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro. Lo arrolló su condición de escritor “popular”, algo a lo que aspira casi siempre quien escribe: “popular”, conocido por el público en general; pero que, sin embargo, se convirtió en una especie de maldición para cierta crítica surgida tras la II Guerra Mundial empeñada a conciencia en cantar las loas del realismo socialista o tan textualizada que todo era texto y nada autor. Y como Zweig era un autor, comprometido contra el nazismo, sí, pero de militancia de no obediencia estricta, fue cayendo en el olvido, arrumbado por la creencia de que era malo por “popular” y malo por no reflejar al pie de la letra los sudorosos esfuerzos de la clase trabajadora. O sea, un autor burgués. Y punto final, fuera Zweig, al desván del olvido. (Tan fuera que muy difícil resulta aun hoy que alguien pronuncie bien su apellido, debatiéndose las dudas entre un falso “Zueig” y hasta “Zuei” frente al correcto “Tsvaik”).
Hoy, podemos gozar de casi toda su obra reeditada, con lo que quien lo desconozca descubrirá a un autor muy bueno en sus biografías (la de Montaigne, por ejemplo, firmada poco antes de morir, en 1942), excelente en sus memorias (El mundo de ayer) o en sus relatos de media extensión (cómo olvidar su Novela de ajedrez, también tardía). En sus narraciones más largas se fijó el cine, cuando “popular” no era ofensivo. E hizo teatro y fue poeta y ensayista: hasta que su vida de búsqueda tan cosmopolita de verdad le llevó a la desesperanza total al no encontrar solución para sí mismo en el mundo que se avecinaba y él vislumbraba en manos del totalismo nazi. En lo que se refiere a mi gusto, no encuentro en Zweig paginas absolutamente memorables; pero sí libros siempre convincentes y párrafos llenos de interés. Me basta y me sobra.
Se edita ahora la brevísima Una historia crepuscular que andaba por ahí en viejas ediciones bajo el título de “Historia en la penumbra”. Romanticismo puro y clasiquísimo, de cuando nuestro autor llegó a la treintena. Llueve, va anocheciendo: “Se ha hecho tarde y no nos hemos dado cuenta”. Entonces, un narrador tutea al lector o escuchante: “Voy a contarte una historia adecuada adecuada para esta hora y que, a decir verdad, solo ama al silencio, y quisiera que tuviese un poco de esa luz crepuscular, cálida, dulce y profusa que se extiende como un velo antes nuestras ventanas”. Y principian los días o, casi mejor, las noches de un joven a punto de abandonar la primera juventud. Un encuentro nocturno con una mujer velada que le besa con algo para él desconocido y a lo que hemos dado en llamar pasión. La búsqueda de quién pueda ser la dama. El enredo de la confusión. Los nuevos encuentros. El desastre. El paso del tiempo que convierte a la pasión en recuerdo. Y no hay más. Y es que no tiene por qué dar más de sí. Porque, cumplida ya su misión de contador, deja que la historia se desvanezca: “Yo no quería que esta historia fuera melancólica y sombría […]. Pero las historias que se cuentan al atardecer enfilan siempre el dulce sendero de la melancolía. El crepúsculo extiende sobre ellas su velo, toda la tristeza que anida en la noche, formando encima una bóveda sin estrellas; la oscuridad se filtra en su sangre, y todas las palabras brillantes y coloreadas que contienen adquieren entonces una sonoridad plena y grave, como si procedieran de nuestra vida más íntima”. ¿Se han dado ustedes cuenta de que las historias están vivas, tienen sangre? Un escritor popular.

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