Un ciego leyendo un libro

No me gusta un pelo el otoño. La falta de luz exterior aumenta mi cascarrabiez; el plomo del cielo me desploma el ánimo y anima mi malpulguismo, ustedes perdonen tanta palabra inventada. No estoy para nada en octubre. De modo que, cuando sonó el teléfono días atrás, contesté bronco e impaciente a la llamada de un número desconocido. Una voz templada, un saludar educado, unas disculpas por las molestias me pusieron en guardia perpleja, acostumbrado como voy estando al eructo mental de tantos, a la pésima educación servida por arrobas. No era el caso, ya digo, me hablaba un caballero para pedirme un favor: que acudiese a un club de lectura para charlar sobre el Quijote y Cervantes. La mencionada lasitud autumnal me activó la mente para inventar disculpas y librarme del compromiso a pesar del buen tono de mi interlocutor. No pude hacerlo. Me dio una razón definitiva para que acudiese. Inapelable. Rotunda. Total: “Yo soy ciego, don Francisco, y somos un grupo de ciegos que tenemos un club de lectura”.
No era una broma. Se me cortocircuitaron el cerebro, el cerebelo y hasta el bulbo raquídeo por la sorpresa. “Lemos por braille o audiolibros o a medias con ambos métodos”, prosiguió aquel hombre admirable. “Y hemos terminado el Quijote. Mucho nos gustaría que nos ilustrase durante una de las tardes en que nos reunimos”. No es que dijese que sí, es que me entusiasmó la propuesta: si alguien iba a salir ganando con aquella oferta no era otro que un servidor. O sea, que en un tiempo en que la lectura de libros se desploma (pregunten ustedes a los libreros, no a los optimistas solipsistas de guardia); en una época en que tiene uno que sufrir a majaderos varios diciendo que “odian” los libros; en unos años en que el analfabetismo pasa a convertirse de funcional en absoluto (y a motivo de orgullo altamente imbécil: “Yo qué sé, no leo ni un libro, lo detesto, qué pasa”, se presume por ahí); en esta era nuestra en que la lectura libresca fenece a manos de la caverna, un grupo de ciegos se niega a la catástrofe que representan la falta de memoria, el desinterés por saber quiénes somos y adónde coño nos lleva esta vida y por conversar con los sabios de todas las épocas gracias a los libros y sentir así que lo que nos pasa ya pasó y pasará a los siguientes pero que hay consuelo. Y vencen esas mujeres y esos hombres la dificultad terrorífica de no ver con los ojos para ver de otra forma: con el tacto, con el oído. No ven la luz exterior, pero se niegan a apagar la interior. Y recurren a los libros. La lección que nos dan es admirable, colosal aunque, a la vez, estimula más mi lado oscuro, mi cabreo bíblico contra quienes desprecian la lectura y aplauden al mentecato tarado de moda teniendo, como nunca tuvimos los humanos, todos los libros a nuestro alcance y gratis, a pesar del esfuerzo titánico que el Poder despliega para ahogar las bibliotecas públicas, para alejar la filosofía y la lengua y la cultura de las aulas, para cumplir su sueño totalitario de convertirnos en una masa aborregada, zafia y asquerosa, altamente manejable, obediente solo a los impulsos activados por las (mal llamadas) nuevas tecnologías a las que se trata de convertir en fin en sí mismas cuando no dejan de ser meras herramientas.
La charla fue un éxito que descorrió mis telarañas otoñales y me inyectó vida. Me acribillaron los ciegos a preguntas atinadísimas y muy comprometidas. Éramos pocos en número, pero éramos en realidad una multitud, unida por lo imparable: el amor a la lectura, la pasión por el libro. La ceguera es un mal del espíritu, no un accidente desgraciado que afecta a los ojos. ¡La luz interior, la luz interior! Benditos sean, qué ejemplo.

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