El mundo inhabitable

EL PRESO DE LA BALLENA
Eduardo Alonso
(Fray Juan de la Cruz, pájaro solitario)
Atrio Llibres
Valencia, 2015
479 páginas

Mal hará quien piense que se trata la última novela de Eduardo Alonso (Aller, 1944) de un libro exclusivamente (ojo al adverbio) religioso, una hagiografía de San Juan de la Cruz, llamado en el siglo Juan de Yepes Álvarez y, como fraile, Juan de San Matías al principio, escrita para aprovechar el tirón editorial que los 500 años del nacimiento de la santa abulense Teresa propician, pues monja y monje fueron compañeros de fatigas para reformar la Orden del Carmelo librándola de pompa. Claro que es este un libro “religioso”, pues entre pucheros de conventos anda la cosa; pero no solo y no principalmente. Es una lectura aconsejable al máximo para quien vive sin vivir en sí mismo en este mundo (de ahora incluso) y poco o nada le interesa lo que sucede a su alrededor como no sea para cambiarlo (a regañadientes, por lo que de distracción del verdadero camino lleva el esfuerzo de meter las manos entre el fango) y sufrir las consecuencias de su heroísmo en tanto penitencia para desnudarse aún más de lo humano y aspirar a un adentramiento en la nada (en el nirvana místico), única vía de contacto con la verdad. Aconsejable, asimismo, para quien desee disfrutar de un español escrito en la mejor ley, forjado en quien conoce al dedillo los clásicos del Siglo de Oro. Escapar del vientre de la “ballena” (el mundo ya sin sentido) fue la aspiración de fray Juan. Lo hizo, también, mediante una poesía extraordinaria. De manera que respeta Eduardo Alonso con mimo ambas cosas: el sufrimiento del pequeño (en estatura) carmelita, tan ansioso siempre por mostrar que su reino no era de este mundo, y su exquisito verbo. El héroe incomodado que bordaba el hablar del Renacimiento.
Eduardo Alonso nos había tenido cinco años sin novela. El esfuerzo de documentación para vérselas con la lengua, las costumbres, la vida del XVI lo tuvo ocupado durante este tiempo y anteriores. Catedrático de Lengua y de Literatura de instituto y profesor de Literatura Contempóranea en la universidad valenciana, jubilado de las aulas, los lectores del grupo Prensa Ibérica lo conocen bien por los artículos que escribía uniendo una finísima gracia, actualidad y lengua castellana de órdago. Compuso, además, novelas y relatos y adaptó clásicos españoles (de ahí su conocimiento del XVI y el XVII), si bien no solo: también Kim o el Robinson. Y obtuvo premios: “Villa de Bilbao” y “Azorín”; “Ciudad de San Sebastián” y “Gabriel Miró”, por sus cuentos; “Blasco Ibáñez” de periodismo. Y ahora echa el resto con la historia del patrono de los poetas, de un hombre que apenas sonreía: “No sonrió, como era esperable. O no captaba las bromas o debía entender que la risa era grandísimo pecado”. De un hombre que, en sus últimas torturas (propiciadas por las envidias del Poder a su audacia “deconstruccionista” de la banalidad carmelita de los “calzados”) vio cómo volvía “a entrar por segunda vez en la ballena, pero ahora con la alegría cierta de que saldría pronto de su vientre para alcanzar la playa del cielo”. Lo hace Eduardo Alonso con un tono de escritura que ejemplifica este inicio: “El hechizo del fuego, la pobreza de la casa, el apartamiento del lugar, la conspiración secreta, el ansia de perfección espiritual y el contento que desata el vino, todo se confabuló…”. Enumeración y sintaxis clásicas, para que el lector se sienta como en unas páginas del XVI. Y por ellas danza hasta un don quijote minúsculo que aparece: “La antorcha de un criado perfilaba la imagen de un caballero con media armadura, rodela de cuero y morrión con cimera de plumas de aves americanas. Blandía en la mano un espadón de aquellos que usaban sus abuelos. ‘Non fuyades’, gritaba. El fugitivo se paró, espantado. ‘¡Teneos, salteador de casa y de honras!’ […] porque le hervía la sangre de pasar otra noche de claro en claro embebido en los pasajes más heroicos de Amadís y Tirante el Blanco, que leía con fervor guerrero…”.
Bienvenido sea el regreso de Eduardo Alonso a una novela que, si justicia hubiere en este mundo, habría de convertirse en texto básico de los talleres literarios que aspiran a enseñar a escribir en español: instruye, deleita y es primor de lenguaje puro.

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