A la búsqueda del Muro de Berlín

Traduzco mal a Quevedo (recuérdese: “Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, y en Roma misma a Roma no la hallas”) para adaptarlo a nuestros días: “Buscas en Berlín al Muro, ¡oh peregrino!, y en Berlín mismo al Muro no lo hallas”. El próximo lunes se cumplirán 26 años de la caída del Muro berlinés, el llamado en el este “Muro de Protección Antifascista” y en el oeste “Muro de la Vergüenza”, levantado en 1961, en mi infancia, cuando el NO-DO me enseñaba el espanto y la perplejidad con aquellas imágenes de gentes enganchándose en alambre de púas para pasar del oprobio comunista al mundo libre, que decía el noticiero. Hace nada que he vuelto de peregrinar a Berlín en busca del Muro, quizá para recuperar aquella infancia o el aire de las novelas de Le Carré leídas en la juventud o los cientos de historias de espías allí desarrolladas o las películas sobre los intentos de fuga o, acaso simplemente, para empaparme de ese ejemplo en piedra de la estupidez humana, del empecinamiento mortal e inútil en separar, en desunir.
Berlín ya no es hoy “pobre, pero sexy”, como decía su anterior alcalde, Klaus Wowereit. Tras comprobar con alivio, sobrevolando el desolado aeropuerto de Tempelhof, que Berlín es llano, luego paseable, tomé habitación en el hotel idóneo: frente al sobrecogedor y helado edificio que alberga al servicio de espionaje alemán, muy cerca del mítico paso fronterizo del Muro en Chausseestrasse. Berlín es una ciudad no sé si sexy, pero en obras. Obras por todas partes. Y si buscas el Muro, ¡oh peregrino!, mira al suelo. Huellas de su trazado en forma de adoquines que siguen líneas en apariencia dictadas por el capricho separatista. El Checkpoint Charlie (ay, aquel inicio angustioso de “El espía que surgió del frío”) es hoy una romería de turistas harto vocingleros y harto sudorosos que se retratan con presuntos soldados USA, más falsos que Judas, simulando saludos militares, todos sonrientes. Muy cerca, un globo azul permite pasar del lado rojo al lado libre de entonces (así nos lo contaban, ay la infancia) sobre la Topografía del Horror, donde se ve un trozo largo de Muro, sí, lleno de agujeros y visitado por compulsivos comedores de gusanitos naranja y refrescos con gas, todos asimismo sonrientes. En un puesto callejero, venden fementidos trozos del Muro, pintarrajeados. Basta alzar la vista para encontrar desde todas partes el gigantesco pirulí de las telecomunicaciones que atrae al visitante al follón de Alexanderplatz, donde presuntos soldados RDA, más falsos que Judas, beben desmayados cervezas junto a un remedo del Muro. Un tren de superficie me lleva al trozo de Muro por excelencia, la East Side Gallery, con el beso lingual entre Breznev y Honecker allí pintado para el visitante: tal tumulto ferial hay que no está tampoco ahí el Muro que buscaba. ¿No hay Muro, pues, hay solo olvido o turisteo?
Solo encontré al Muro en Bernauerstrasse. Mientras caminaba sobre la línea de pavés divisorio, ante la estupefacción de los nativos; mientras subía por aquel prado, lleno de abstrusos paneles explicativos que obvié; mientras cruzaba obsesivo de lo que fue un lado a lo que fue el otro; mientras andaba muy despacio desde la casa en que se cavó el túnel de fuga por excelencia (una placa lo indica) hasta el lado occidental por donde salieron los huidos (un minijardín interior y descuidado); mientras repetía el salto de Conrad Schumann, el primer soldado desertor, y ya ante la inquietud manifiesta de los berlineses que me observaban. Pero, sobre todo, mientras regresaba por Gartenstrasse, el corazón palpitante por encontrarme con el lugar de paso noroeste por excelencia: hoy, una espantosa gasolinera. Nada. Tanta muerte, tanto horror, tanta separación, tanto espía, tanta propaganda, tanta frío de guerra es hoy solo un recuerdo que busca un peregrino en Berlín. Y del que solo atrapa una inmensa congoja por lo tan inútilmente perdido: “Huyó lo que era firme, y solamente lo fugitivo permanece y dura”.

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