Instrucciones para no comprar un libro

Hasta hace un mes, comprar un libro significaba para mí una actividad fácil y placentera. Librería, librero o librera, y listo. ¿Que no lo había en ese momento? Ningún problema: me lo buscaban. Pero a comienzos de octubre me sobrevino la necesidad de consultar un libro especializado tan viejo, requeteviejo y matusalenero que se había editado hacía nada menos que tres años, tres. No pude recurrir al conducto habitual (librería, librero o librera, y listo) sino a una “gran superficie” especializada en venta de libros. Llamé a un 902 (o sea, de pago) que figuraba en su web y me contestó un joven de catalanísimo acento que afirmaba, no sin reticencia culpable, estar físicamente en la sucursal de mi ciudad: era mentira, pero me urgía el libro y fingí que tragaba. Le repetí el título tres veces, tres. Unas cuantas más, el nombre del autor. El teclear de su ordenata solo se alternaba en mis oídos con la expresión “un momento, por favor” y con unas pausas musicales taladrantes. Al fin, Kakfa entró en escena: “Sí, lo tenemos, caballero. Dígame su móvil y le avisamos con un SMS”. Le respondí prudente que no debían avisarme de nada, que enseguida pasaba a recogerlo y punto pelota. “Es por si alguien, mientras usted viene, se acerca a comprarlo. El SMS es para avisarle que ya lo tiene separado a su disposición, caballero”. Bueno, pues vale, pues le di mi número. Me dispuse a colgar, pero me lo impidió la voz del muchacho: “Le informo, caballero, de que nos acaba de llegar la última novela de una gran ‘best seller’…”. Le indiqué que muy bien, que enhorabuena, pero que no me interesaba nada, que solo quería el libro que le había dicho. (No le dije que era como si pidiese peras en un supermercado y me ofreciesen un lote de papel higiénico en oferta).
Me acosté aquella noche sin mensaje de texto alguno. También la siguiente y la siguiente. Así que volví a telefonear al 902 (o sea, de pago) antes citado. Le expliqué mi frustrada experiencia previa a la joven que contestó, le repetí el título tres veces, tres, y unas cuantas más el nombre del autor. Ordenata, “un momento, por favor” y musiquillas de sádico revirado. “Pues sí, lo tenemos, caballero. Dígame usted su móvil y le avisamos con un SMS”. Se me fueron los pulsos. Volví a explicarme, pero la empleada no descabalgaba su burra: “Es por si alguien, mientras usted viene…”. Volví a dar mi número, me dispuse a colgar, pero me lo impidió la voz de la muchacha: “Le informo, caballero, de que nos acaba de llegar la última novela de una gran ‘best seller’…”. Ingerí un Valium 5 que andaba por ahí. Me acosté aquella noche sin mensaje de texto alguno. También la siguiente y la siguiente.
Pero un glorioso día me llegó un gloriosísimo SMS: “Le informamos que no tiene nosotros el título que pide. Dentro de días proponemos a usted alternativa”. A día de hoy, un mes más tarde, estoy a la espera. Mucho he aprendido con esta historia. Primero, a no recurrir a una “gran superficie” para encontrar un libro concreto. Segundo, a procurármelo, si mi librero no puede, en una biblioteca pública (una diligente funcionaria tardó dos minutos en facilitarme el ejemplar buscado). Tercero, a detestar aún más a ese Poder que desprecia tanto la lectura que confunde un libro con cualquier libro. Hace ya muchos años, encontré mohíno al gran novelista Juan García Hortelano, tratando de consolarse con mucha ginebra y poca tónica. “¿Que qué me pasa? Que fui a donde los libros de una “gran superficie” a comprar el “Concierto Barroco” y la tonta del bote de la vendedora le gritó a una compañera: ‘Oyes, que hay aquí un pavo que quiere “El concierto del Bar Roco”. ¿Quedan entradas, tía?” Conclusión: librero o librera, o biblioteca pública: resistencia activa. Somos minoría, pero somos los cabales.

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