Últimas noticias del pícaro sin nombre, vagamundo y tacaño

EL SECRETO DE LA MODELO EXTRAVIADA
Eduardo Mendoza
Seix Barral, 2015
320 páginas

Cuando uno termina de leer cada capítulo de la Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños quevediano, cierra el libro con sentimientos encontrados. Por ejemplo, el capítulo 4 de la segunda parte provoca la carcajada con los comensales del tío del protagonista cayéndose por los suelos de la borrachera que llevan, haciendo reverencias a una mesita al confundirla con algún invitado, comiendo miserias, peleando como en una película de cine mudo y roncando la mona. Pero, a la vez, el lector se identifica con la amargura de don Pablos cuando lamenta los desvaríos de su pariente y demás “tacaños” (“astutos, pícaros, bellacos, y que engañan con sus ardides y embustes”), ejemplos de lo más tirado de los suburbios de una sociedad corrupta, pobres diablos en definitiva, a merced del Poder y sus trampas. Pues lo mismo ocurre con la quinta de las novelas que Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) hace narrar a su ya mítico e innominado héroe (aquí ya no toma el apellido de su psiquiatra Sugrañes cuando lo precisa: ahora se decanta por el Asmarats de un subteniente de la policía), un loco cuerdo vagabundo al que sacan del manicomio una temporada para que resuelva casos criminales o, como en este caso, para cargarle la muerta. Desde 1978 llevamos partiéndonos de risa con él (desde El misterio de la cripta embrujada) y, a la vez, quedando con un muy amargo regusto por la Barcelona en la que malvive. Quevedo, pues, tantas veces; mucho más de Cervantes en esta última ocasión. De una u otra forma, Mendoza es un clásico total ya, el dueño del narrar picaresco.
Dividida en dos partes, narra la primera la efímera libertad de nuestro innominado héroe, que abandona el manicomio gracias a dos supuestos policías que son, en realidad, un par de esbirros de una poderosa organización catalana de millonarios especuladores (¿pleonasmo?), deseosa de endosarle la autoría de un crimen. Como la única salida para no verse inculpado (su némesis, el comisario Flores, acecha con la zafiedad y malos modos de costumbre, es decir, de otras novelas anteriores) reside en descubrir al auténtico asesino, el pícaro recurre a su catálogo habitual de esperpentos humanos: su hermana y prostituta ajadísima Cándida (ya separada, ay, del genial Viriato), un guardia civil devenido travesti, los empleados del restaurante infame y ruinoso “Casa Cecilia, cocina riojana” (cuya, llamémosle así, especialidad son los calamares: nótese el oxímoron), un portero de finca urbana locuaz e imbécil… con continuas carreras (ahora nuestro hombre hace forzado “footing”) por la Barcelona de la segunda mitad de los 80 del XX: sólo hay dos cadenas de televisión (“el programa de TV1 o de la segunda”) y Terry Venables entrena al Barça (página 138). Como no quedase el protagonista conforme con la resolución del caso, se abre la segunda parte muchos años después para dar paso a lo que ocurrió en realidad y a en qué se han convertido los actores de ese enredo. Más o menos, el mismo desarrollo de costumbre en la serie mendocina o mendoziana: barrios altos, barrios bajos, intriga y risas al por mayor. El modo de hablar de los personajes parece ahora, sin embargo, más cervantino que quevediano, más alargado, más pausado en muchas ocasiones. La señorita Westinghouse (“soy una mujer alocada, pero también un hombre de honor”) habla así: “Tu historia me ha conmovido y haré cuanto esté en mi mano por ayudarte (…). De un tiempo a esta parte los medios de difusión se lanzan como aves de rapiña sobre los sucesos dramáticos, los distorsionan, los tergiversan y de este modo convierten la depravación en espectáculo y la desgracia en befa”. La intención paródica es evidente, no solo por los nombre propios habituales en Mendoza. El llamado señor Larramendi relata su devenir en los siguientes términos: “En algunos sitios me hago pasar por cocinero vasco para darme pisto. Cuando digo pisto me refiero a jactarme de preeminencia social, no al guiso. Circunstancias adversas con cuyo recuento no le aburriré me han reducido a la situación actual: ayudante de un butanero en un restaurante al borde de la quiebra. Pero tengo un título universitario y en otro tiempo gocé de posición y privilegios”. El juego con “butanero”, sí es de estirpe quevediana o del Guzmán o del Lazarillo, pues se trata no del empleado del gas sino de un mal traído gentilicio de Bután: el correcto sería “butanés”. Al igual que lo son acaso las continuas confusiones de términos. Bernabé de Paquito afirma: “En este país, mucha libertad, mucha libertad, pero la burocracia sigue siendo kafkista”. Se intenta descifrar en una tertulia de travestis un mensaje escrito con tinta invisible: “Mi intuición me dice –pontificó Fortunata– que aquí pone ‘estructuralista’. En este asunto anda implicado un estructuralista”. La Filo le pregunta qué es un estructuralista. Lean la explicación: “Uno que hace mucho ejercicio y cuando está cachas se exhibe en taparrabos, como Arnold Schwarzenegger”. La carcajada rotunda aguarda casi en cada página. Pregunta el protagonista: “¿Cómo sabe que el ruido producido por el señor Larramendi es debido a la ebriedad?”. Y el portero de la finca contesta: “Por la sintomatología: tropieza con las piedras del jardín, no acierta con la llave en la cerradura y se da de hostias con cuanto obstáculo se interpone en su camino”. Inquiere entonces nuestro héroe: “¿Canta?” El portero responde perplejo: “¿En qué sentido?” Y el innominado concluye con una sentencia: “Los beodos suelen caer en el denigrante vicio de la copla”. Cecilia, la dueña de “Casa Cecilia, cocina riojana”, cuenta compungida su historia. En principio, el lector piensa que se trata de un caso de maltrato doméstico masculino, por desgracia ya típico; pero la conclusión, contraria por completo a la previsible, convierte en hilarante todo el párrafo: “Confesó haber tenido en el pasado una mala experiencia con un hombre bebedor, y recordó con angustia las escenas violentas y las terribles palizas que, de resultas de la embriaguez, ella se había visto obligada a propinarle”. Viaja nuestro hombre por Aragón en autostop nocturno a bordo de un autocar repleto de turistas extranjeros ancianos. El conductor se sale de la autopista e invade “la árida planicie sembrada de peñascos y matojos” de Los Monegros. Como se despertasen los pasajeros, el guía les grita por la megafonía: “¡Paisaje andaluz!” Y todos a hacer fotos. Más tarde, llegan a Santa Coloma, forma el autobús un lío a la puerta de un mercado y, al reaccionar los transeúntes “arrojando verduras y huevos contra las ventanas y golpeando la carrocería con latas, piedras y palos” (¿recuerdan ustedes la “batalla nabal”, con “b”, de Quevedo?) vuelve a gritar el conductor: “¡Navarra en fiestas!” Y todos a hacer fotos.
Pasa el tiempo, como dije, y se recompone lo que ha ocurrido con los protagonistas. Todo es desolación amarga (otra vez la novela picaresca). Uno de ellos resume su estado: “Formamos una familia feliz. No feliz en el sentido en que usa esta palabra la prensa del corazón sino más bien en el sentido del ganado vacuno”. Hasta que, casi al final, surge la síntesis (más picaresca aún) moralizante: “Todo lo que nos cuentan son embustes, falsa ideología barata, charlatanería deshonesta. Da lo mismo. En realidad no hay avance, no hay progreso. La Humanidad avanza, pero hacia atrás. El hombre de Neandertal debía de ser más juicioso. No más guapo, pero sí mejor. Vivimos en un mundo insensato que, por si fuera poco, tiene los días contados”. El protagonista cierra el discurso: “Cuídese y no haga caso de los mensajes derrotistas. No se los creen ni los que los propagan”. Hay dos cosas malas en las novelas de Eduardo Mendoza: que se acaban y que se nos dan demasiado insoportablemente espaciadas. Qué pena.

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