Herr Professor

FREUD
(En su tiempo y en el nuestro)
Elisabeth Roudinesco
Trad. Horacio Pons
Debate, 2015
620 páginas

Aunque la historiadora y psicoanalista Elisabeth Roudinesco (París, 1944) reconoce que “cada momento de la vida de Freud ha sido objeto de decenas de comentarios y cada línea de su obra se ha interpretado de diversas maneras” (fíjense bien: “cada momento” y “cada línea”), no ha resistido la tentación de dedicarle al gran jefe del psicoanálisis una biografía más, siempre acaso con la voluntad de que sea la definitiva. Y, además, con afán tan totalizador que, de las 620 páginas que componen el presente volumen, nada menos que 155 están dedicadas a notas y bibliografía. Nuevas cartas, alguna nota del biografiado recién aparecida, todo es motivo para que Freud siga alimentando el fuego de sus estudiosos, contraestudiosos, detractores y discípulos fidelísimos, adoradores y críticos. Desde los tres volúmenes canónicos que Ernest Jones dedicó a su figura hasta donde ustedes quieran, Freud es un personaje ubicuo en la cultura occidental. Estudios muy a su ciego favor frente a otros que no hurtan adjetivo alguno contra el vienés: “Freud rapaz, Freud organizador de un gulag clínico, demoníaco, incestuoso, mentiroso, falsario, fascista”, como recoge Roudinesco. Miles y miles y miles de páginas consideran el diván, el complejo de Edipo, el subconsciente o inconsciente, la interpretación de los sueños, la dialéctica entre Eros y Tánatos… como un conjunto de patrañas engañabobos y entretenimiento para señoritos con buenos dineros que invertir en las sesiones de análisis, mientras que un número de millares equivalente siguen entendiendo los conceptos freudianos como el método para mejor explicar no ya la psique sino tal vez el mundo. “Freud está presente ―escribe la autora― en todas las formas de expresión y de relatos: caricaturas, cómics, libros de arte, retratos, dibujos, fotografías, novelas clásicas, pornográficas o policiales, filmes de ficción, documentales, series de televisión.” Lástima, en mi opinión, que Roudinesco no escriba mejor y no consiga cuajar del todo tantísimo dato con una narración que mueva el conjunto en una misma dirección y lo muestra armónico. Pero ahí está: lo último de lo último sobre el “Señor Profesor”, sobre el “Herr Professor” por excelencia.
Sigismund Schlomo Freud nació en 1856 en un lugar de Moravia, hoy República Checa, perteneciente entonces al Imperio Austriaco. Su familia era judía, de ahí el “Schlomo”, el “Salomón”, que su padre quiso añadir al primer nombre, el que Freud solo redujo a “Sigmund” pasado el tiempo. Seis hermanos y dos hermanastros que recibían educación en la tradición hebrea aunada con aquella de la sociedad en que crecían. Freud rechazó “lo judío” en el aspecto religioso, pero fue altamente vulnerable a la impregnación de las tradiciones y, sobre todo, mitos familiares. Roudinesco recuerda el famoso chiste ―no muy fácil de entender por tantos― que quiere reflejar esa ambivalencia tan tópica del judío y que acaso hiciera cavilar a Freud: “En una estación ferroviaria de Galitzia, dos judíos se encuentran en el vagón. ‘¿Adónde viajas?’, pregunta uno. ‘A Cracovia’, es la respuesta. ‘¡Pero mira qué mentiroso eres! –se encoleriza el otro-. Cuando dices que viajas a Cracovia me quieres hacer creer que viajas a Lemberg. Pero yo sé bien que realmente viajas a Cracovia. ¿Por qué mientes entonces?’ ” A los tres años se establece en Viena y, en plena adolescencia, aprende con su amigo Eduard Silberstein el español, lengua a la que fueron tan aficionados que llegaron a fundar, como únicos miembros, la que llamaron «Academia Castellana». Se carteaban usando los pseudónimos de Cipión (Freud) y Berganza, los dos canes protagonistas de El coloquio de los perros de Cervantes. Leemos a Roudinesco: “Intercambiaban sus misivas en alemán y castellano a la vez que aderezaban ambas lenguas con palabras que funcionaban como un lenguaje codificado”. Entra a los 17 años en la universidad de Viena, donde sufre las burlas por el antisemitismo reinante, aunque reacciona con vigor y coraje: “En varias ocasiones no vaciló, bastón en ristre, en poner en desbandada a diversos canallas que lo habían colmado de insultos”. Por aquella época, “le gustaban muy poco las liturgias del cuerpo social, los coros de protesta, las consignas anónimas entonadas al tuntún”. Se recibe como médico a los 25 años y se convierte en pionero al proponer el uso terapéutico de la cocaína como estimulante y analgésico local. Se casa a los 30 con Martha Bernays, nieta de rabino y a la que dedicaría curiosas y encendidas cartas de amor: “Cuídate, princesa mía, cuando vuelva te besaré hasta hacerte enrojecer toda. Y si te muestras indócil, verás quién es el más fuerte de los dos: la dulce muchachita que no come lo suficiente o el fogoso hombretón que tiene cocaína en el cuerpo”. Tuvieron seis hijos, pero “con apenas cuarenta años [Freud] y víctima ocasional de impotencia, renunció a toda relación carnal para liberar a su esposa del temor permanente de la maternidad”. Comenzó a descubrir cómo el alivio de los síntomas neuróticos podía lograrse con la verbalización libre de cualquier ocurrencia, idea o imagen que cruzara la cabeza de sus pacientes. Fruto de sus reflexiones, publicó su capital La interpretación de los sueños al poco de cumplir los 40, dando entrada en escena al psicoanálisis. Se recuerda en estas páginas que comento el famoso párrafo que reúne para tantos la esencia de la nueva terapia: “Usted se convencerá de que es grande la ganancia si conseguimos mudar su miseria histérica en infortunio ordinario. Con una vida anímica restablecida usted podrá defenderse mejor de este último”.
La indignación que muchos sectores mostraron hacia sus teorías (y prácticas) le proporcionó tanto aislamiento y repulsa como adhesión inquebrantable de quienes en él veían una revolución sin precedentes en el estudio del ser humano. Dictó conferencias en Estados Unidos (recomiendo con entusiasmo la novela de Jed Rubenfeld titulada La interpretación del asesinato, que recuerda aquella visita) y conocemos las lecturas que le entretenían: El libro de la jungla de Kipling, Anatole France, Zola, Twain… junto a autores hoy casi olvidados: Gotfried Keller o T. B. Macauly. Era aficionado a la “ópera de Mozart, su compositor preferido”, y conocido como “galante y educado, regalaba flores a las señoras y tenía predilección por las orquídeas y más aún por las gardenias. A veces jugaba al ajedrez pero le gustaba en especial el tarot (…). En 1895 hizo que instalaran en su casa el teléfono, instrumento detestable a sus ojos pero necesario”. Ya en el XX llegan las disensiones con su doctrina: Adler primero, Jung en el 14. Roudinesco nos cuenta su ritmo de trabajo: “Recibía ocho pacientes al día en sesiones de cincuenta minutos a razón de seis veces por semana, durante varias semanas y en ocasiones algunos meses (…). También recibía a otros pacientes con fines de mera consulta, de atención médica o para realizar algunas sesiones de psicoterapia. En general no tomaba nota durante las sesiones y todo su arte del diván consistía en una iniciación al viaje”.
En 1923 se le detecta cáncer de paladar, un “martirio de dieciséis años”, por el que ha de sufrir más de treinta operaciones y llevar prótesis que le dificultan el habla (aunque jamás dejó de fumar). Como era de temer, sufre el acoso del Tercer Reich, que le declara enemigo y quema sus libros. Albert Einstein le dirige una carta, como “experto en el conocimiento de las pulsiones humanas”, para que analizase la catástrofe nazi que iba a asolar Europa: “El hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias inusuales: pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva”. Consigue refugio en Londres y se cuenta la anécdota (la autora la tiene por falsa) de lo que escribió en el documento que los hitlerianos le hicieron firmar a su partida: «Recomiendo cordialmente la Gestapo a cualquiera». En 1939 se cumple su voluntad de ser sedado terminalmente. Roudinesco resume: “Se equivocó en lo concerniente a las innovaciones literarias de sus contemporáneos, desconoció el arte y la pintura de su tiempo y adoptó posiciones ideológicas y políticas bastante conservadoras”. Pero Stefan Zweig dijo en su entierro: “Gracias por los mundos que nos has abierto y que ahora recorreremos solos, sin guía, fieles para siempre y venerando tu memoria, Sigmund Freud, el amigo más precioso, el maestro adorado”. Cien personas lo acompañaban.

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