Elogio de la sordidez

LA PROFUNDIDAD DEL MAR AMARILLO
Nick Pizzolatto
Trad. Maia Figueroa y Magdalena Palmer
Salamandra, 2015
296 páginas

Hace nueve años que Nic Pizzolatto (Nueva Orleans, 1975) publicó en EE.UU. la colección de once cuentos, todos de unas veinte páginas, que componen lo que ha dado en titular con uno de ellos, La profundidad del mar amarillo. Y va a resultar harto herético lo que voy a decir, pero estoy seguro de que no ya dentro de seis años, sino dentro de seis días no voy a recordar ninguno de los mismos. ¿Por qué es una herejía si es mi gusto particular? Por tres cosas: por la (a mi juicio) tan abrumadora como papapanatas admiración con que cuentan aquí los autores estadounidenses, tan solo por el mero hecho de serlo. En segundo lugar, por rondar Pizzolatto la cuarentena, lo que no lo convierte en anciano desechable ni en jovenzano principiante: lo coloca en la edad de ser muy admirado, quién sabe si a punto de convertirse en “maestro”. Y, por último, por haber sido el autor de la serie televisiva True detective. Pero he intentado una y otra vez calzarme esas historias del sur USA o del Medio Oeste USA y, aun cambiando de postura lectora y física una y otra vez, no he logrado excitarme lo más mínimo con ninguna ni tenerla por imperecedera o memorable. (Quizá en algún momento sea conveniente hablar de cómo el frecuente cambio de postura ―ora tumbado, ora de pie, ora sentado― ante un libro guarda relación inversamente proporcional con el placer que uno encuentra en sus páginas). Tengo para mí que haber nacido en EE.UU. o en Haití no añade ni quita valor literario a una obra. Tengo también para mí que la edad del escritor poco o nada importa: hay obras maestras de un veinteañero o de un sesentón, y filfa pura a las mismas edades. En cuanto a True detective, he admirado sin apenas reservas (esa secuencia de brutal acción tan a calzador metida y que tanto se aplaudió me sigue pareciendo más postiza que una peluca de purpurina verde en el cráneo de un inspector de Hacienda) la primera entrega, mientras que no he sido capaz de terminar la segunda, a pesar de habérmelo impuesto como penitencia por mis muchos pecados.
Tomemos, por ejemplo, el cuento que titula el libro. Un padre desesperado y un antiguo compañero de instituto buscan a la hija del primero, que ha abandonado el hogar. Viajan, como no podía ser de otra forma, por los profundos USA. La encuentran. Se ha convertido en actriz porno (valga el oxímoron). No quiere volver a casa. Punto. Desde luego, hay nombres propios a maza, todos beben, escupen, se rascan, gesticulan y se nos dice que lo pasan muy mal aunque no se nos muestra que lo pasan muy mal: sutil diferencia. Todo es sórdido en la narración, o sea, manchado, sucio, miserable, impuro. Y tal sordidez sigue reinando en los demás relatos. Un elogio de la sordidez son. Bien está, alla cada cual con sus temas. (Hay algún rasgo de humor, claro. En “Dos orillas” se afirma que “Como estaba escribiendo una novela sobre el amor y la gente joven, Sam había planeado incluir un funeral en alguna parte del libro”… lo que bien pensado tal vez ni siquiera sea broma). Pero dejarlo todo fiado al “ambiente”, al aire sórdido, pretender que por indefinición de elementos narrativos (sean personajes, sea la propia prosa) el libro funcione nunca me ha parecido suficiente, ni potente, ni bastante. Y tomo como ejemplo esa pieza de Tobias Wolff que se titula Ruiseñor y sobre la que vuelvo una y otra vez: todo la idefinición de lo que allí ocurre se fía al ambiente, al aire de la historia. Y, sin embargo, atrapa (y uno no se mueve del sillón mientras lo lee) por la calidad de párrafo, página e incluso línea. Es decir, lo contrario que ocurre con Pizzolatto. Que haga television o cine, o que espere muy mucho antes de propinarnos otro Galveston u otras profundidades marítimas de tierra adentro. Que Murakami ya tenemos uno.

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