Algunas mujeres, las mujeres, la mujer

MUJERES
Andrea Camilleri
Trad. David Paradela López
Salamandre, 2015
208 páginas

Quienes formamos en las filas del camillerismo militante defendemos a ultranza varios dogmas: Que Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) es el escritor policiaco actual más entretenido, pues aúna en sus novelas y relatos intriga, excelente humor y personajes de una pieza en su variedad, valga el aparente oxímoron. Que es un antianciano de exhibición, pues lejos de abandonarse a los achaques de sus 90 años no pierde comba a la hora de protestar por lo que le indigna y militar en cualquier movimiento contrario al Poder abusivo (pleonasmo), del mismo modo y de la misma manera que su admirado amigo Leonardo Sciascia. Que sus obras crean adicción y apenas alguna defrauda un poco. Que fue un hombre de teatro de una reputación incontrovertible. Que su comisario Montalbano es el héroe que todos queremos ser: exacto, nadador, enamorado a distancia, firme, sabedor de todo lo que hay que saber, comensal exquisito de comida simple (que se embaula en riguroso silencio), burlador de burócratas, leal y valiente, y que vive en una pequeña casa junto a la mar. Creo que ya basta y sobra. No obstante, algunos también formamos una suave corriente crítica contra las novelas de la imaginaria Vigàta que no protagoniza nuestro comisario: no todo es miel, decimos. Pero nos sentamos sin problema a degustar salmonetes (en homenaje a Salvo) con los radicales de la doctrina única. Pues bien, siendo así las cosas, no deja este prodigio de hombre de sorprendernos. Ahora con cerca de cuarenta relatos que titula simplemente Mujeres, y que bien harían ustedes en estar leyendo en vez de perder el tiempo conmigo. (Pueden, de paso, leer la última obra de Eduardo Galeano, con el mismo título).
Cada una de las historias es un pequeño cuento, un sucedido, una anécdota del autor, una lectura… siempre protagonizadas por una mujer, que deja al hombre como mero comparsa en cuanto a estatura moral o en cuanto a interés. Camilleri lo dice: “Este libro es un catálogo parcial de mujeres que han existido a lo largo de la Historia o que han sido creadas por la literatura, así como de algunas a las que he conocido y otras de las que me han hablado”. Es decir, no se trata de las mujeres con que Camilleri haya tenido carnal trato (como esperaría el lascivo de guardia, romo de curiosidad sutil verdadera), ni tampoco de “un tratado sobre las mujeres” que dé cuenta, haga balance, proponga interpretaciones psicológicas o trate de desvelar el llamado universo femenino. No, es literatura, es dejar en el papel la memoria. Y, así, el lector reirá a veces a carcajadas, dará respingos, se verá obligado a releer (o leer por vez primera) a los clásicos, quedará boquiabierto, gozará quien quiera de aventuras (muy pocas) sicalípticas, pasará a la siguiente narración nada más concluida la lectura de la precedente. (Me apunto un ratito a la corriente crítica del camillerismo que antes señalé: no es una obra maestra, es un libro muy entretenido. Y digo al paso que eso de “obras maestras”, en general, tengo para mí que se acabó).
Así que leeremos la historia de la “Antígona” clásica de Esquilo, nos la explicará Camilleri muy docente, pero se aprovechará de ella para relatarnos lo que había ocurrido y, lo más inquietante, lo que a todas luces parece que iba a ocurrir con una joven siciliana con la que coincidió en un programa de televisión. Lo cuento: cada uno de los demás invitados habló de sus cosas hasta que le tocó el turno a la mujer, quien relató, seca y firme, cómo su padre y su hermano no habían llegado a casa una noche, asesinados por la mafia. Las connivencias de la judicatura con la Cosa Nostra llevaron a que la muchacha se cruzase con frecuencia con los asesinos, en risueña libertad, por las calles. Al llegar a ese punto, la nueva Antígona sentenció: “No es justo, esto no es justicia. Así que un día de estos yo misma los mataré. Si antes no me matan ellos a mí”. Los contertulios quedaron clavados en sus asientos, máxime porque “tuvimos la absoluta certeza de que lo haría”. Así también, se nos propondrá una lectura insólita del Otelo de Shakespeare, negando que se trate de una tragedia sobre los celos, pues nos presenta a una Desdémona que parece resignarse a su fatal suerte. Para Camilleri, la pobre cría veneciana debería haberle preguntado a su matador esposo no “por qué” ni nada por el estilo, sino “cuándo” había ocurrido su pretendido amor clandestino, pues solo pasan treinta y seis horas desde que Yago comienza a verter veneno en los oídos del mercenario hasta el desenlace catastrófico. Así, leemos el inicio de “Ninetta”, esa chica también siciliana, tan perfecto como incitante (a pesar de ese “legibles”, vaya por Dios): “Su nombre nunca apareció en los periódicos, su historia nunca fue noticia, los rasgos de su cara resultan poco legibles en una fotografía desvaída. Fue una mujer absolutamente anónima que, en 1925, era una muchacha hermosa de dieciste años. De su vida no sé casi nada, sólo sé lo que voy a contar. Y que, a mi parecer, merece ser contado”. Y que se puede contraponer al comienzo de “María”: “Reza el dicho que el primer amor nunca se olvida. Y por eso ahora me propongo recordarlo. Dulcísimo y banal como todos los primeros amores, a los que solo confiere valor el peso del recuerdo”. Nada de un Camilleri cursi: léase la brutalidad verbal y física de la noble “Pucci”. O, mi narración preferida, el caso de “Oriana”, la prostituta que solo concede un cuarto de hora a cada cliente, más otro cuarto si ella quiere: pero ni un minuto más. “Es como los puños de Primo Carnera. Un par de trompadas se aguantan, pero con cinco te mata”, resume quien acaba de estar con ella. Hasta que un chulo jerarca fascista (más pleonasmo) la quiere para toda la noche y al cabo de una hora lo fulmina un infarto. Desolación en la casa llana, rumores… hasta que otro chulo jerarca fascista decide dejar bien alto el honor mussoliniano: cae asimismo muerto. ¿Qué ocurría, alguna suerte amatoria especial de Oriana? Nada de eso: un odio político que se resuelve… como el lector que lo lea verá. Así, por ir terminando, se nos descubrirá en “Ramona” el truco de los lanzadores de cuchillos (una vez más, ay: ya lo hizo José C. Vales en Cabaret Biarritz). En definitiva, es Mujeres el libro de “Helena”, la de Troya: “Fue, sencillamente, todas las mujeres a las que los hombres, en el curso de los siglos, han amado y odiado. Una y cien mil. Nunca ‘ninguna’ ”. No duden en regalarlo por estas fechas.

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