Puro teatro novelado

FARÁNDULA
Marta Sanz
PREMIO HERRALDE DE NOVELA
Anagrama, 2015
231 páginas

A ver si consigo, mediante un ejemplo, transmitir la sensación que me produjo el estilo en que está escrita la muy entretenida y donosa Farándula de la muy premiada y omnipresente en los medios Marta Sanz (Madrid, 1967): es como soltar un carrete y dejarlo correr por el suelo hasta que se acabe el hilo. Es decir, todo va seguido, corriendo y solo frena porque finaliza, pues de querer hacerlo se podía seguir soltando sedal y sedal, dando carrete. No se trata de una novela de intriga o de amores nostálgicos y bolerísticos o de villanos malvados que sucumben ante el bien (no se trata, quiero decir, de una novela a la que nos acostumbran tantos sedicentes bestselleristas) cuyo interés radique en la conclusión. La conclusión de Farándula es el propio desarrollo de Farándula, el fluir de la palabra.
Marta Sanz llega avalada por el “Premio Herralde” que galardonó a esta su última obra, premio de los llamados “de prestigio”, como los que obtuvo esta doctora en Filología antes: nuestro “Tigre Juan” (por Daniela Astor y la caja negra), el “Ojo Crítico de Narrativa”, el “Vargas Llosa” de relatos, o el grado de finalista del “Nadal” con Susana y los viejos. Si le sumamos que es experta en la poesía española durante la Transición, que ya cuenta con detective ficticio propio (el Arturo Zarco de Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás), que es crítica, poeta, colaboradora en prensa… entenderán por qué hablo de su omnipresencia. Además, en un mundo cainita a muerte como el de las Letras (hay poco espacio, hay que matar), que te alaben Rafael Reig, Manuel Rodríguez Rivero o Lorenzo Silva nada mal está. Farándula (esa mezcla de palabras: “faralaes” más “tarántula”, según afirma uno de los personajes; o “profesión de quienes se dedican al mundo del espectáculo, especialmente del teatro”) cruza historias y vidas de mujeres y hombres de la escena o el plató, siguiendo la moda de cierto cine americano tan dado a ello. Una antigua primera dama del teatro, reducida hoy por la edad y un ataque cerebral a una condición miserable; un tipo triunfador y algo “débil mental” que se reconcome por haber firmado manifiestos radicales mientras vive en la Plaza de los Vosgos parisina, en brazos de su muy rica mujer; una actriz llena de dudas, a punto de pasársele el arroz en las tablas, el personaje más reflexivo, a mi gusto; una bobalicona joven que solo espera triunfar en los “realities” y su enamorado, alguien que tuvo su momento de compromiso (cómo suena hoy esta palabra), pero que ya claudicó; la pareja de exactores mayores, que las han visto todas y ahora luchan por sobrevivir… Sigan ustedes añadiendo protagonistas y figurantes de este mundo, mundillo o mundazo que todos estarán en Farándula. Y, sin embargo, no es estrictamente o solo una novela sobre las gentes del espectáculo, sino que, leyendo entre líneas (tarea nada fácil por el vértigo verbal de Sanz) se nota y nota una propensión a reflexionar sobre el paso del tiempo y, quizás sobre todo, por el afán de ocupar un lugar bajo el sol. Así pues, valdría como novela de puro teatro o como puro teatro novelado, si entendemos que la falsedad, la impostura, el empujón, el quítate tú que me pongo yo no es que esté a la orden del día en cualquier profesión: es que no parece existir otro comportamiento social (iba a escribir “ético”). El paso del tiempo, sobre la antigua primera dama: “La leyenda de Ana Urrutia ensuciaba, como mancha de nicotina, esos papeles que la actriz recitó como nadie. Ahora solo importaban la bancarrota y el síndrome de Diógenes. La leyenda color amarillo tifoideo sobre la máscara funeraria del astro apagado. Consumidito. Sonaban las cajas registradoras. Sonarían durante algún tiempo. Después se iría amortiguando el tintineo de las monedas y se apagarían hasta las sombras que nace de la luz”. De hecho, quienes la adoraban ayer no tardan en regocijarse hoy por su decadencia total aunque la enfermedad, siempre respetable, haya mediado: “ ‘Que se joda’, ‘Que no hubiese despilfarrado el dinero’, ‘Otros se pasan la vida trabajando y nadie se entera de si se mueren solos o en compañía’, ‘¿Y por qué no cumplió esa loca con sus obligaciones?, ¿estaba follando o qué?’ ”. La jovencita vacua y tan triunfita y tan eurovisiva y tal, símbolo de lo que hay en cualquier profesión: “Decía Valeria: ‘Tienes que pronunciar todas las sílabas: A-ba-ni-co, in-fra-rro-jos, cru-el’. Natalia repetía: ‘Ab-nico, infro-jos, crel’. Fingía que lo intentaba para dar gusto a Valeria, pero estaba segura de que su manera de hablar estaba lejos de toda afectación y era exactamente lo que andaban buscando los más avispados cazatalentos”. La desesperanza de la mujer adulta: “Decidió que lo mejor sería volver a fumar, excederse con la ginebra y con las malas compañías, follar sin condón y no lavarse, comer pasteles y torreznos en las barras de los mesones, apoyar las nalgas en los retretes públicos, salir a la calle para aspirar bocanadas de dióxido de carbono”. Y una vuelta de tuerca más: “El miedo a dejar de ser el objeto del deseo. Ser sexo y solo sexo y sexo en el sexo del sexo. La certeza de que no ser deseada –mirada, contada- es una forma de desaparecer”. Y una más, la verdad al darse cuenta del engaño: “A Valeria le habían mentido al hacerle creer que el éxito era la dignidad con la que uno desempeñaba su trabajo un día detrás de otro”.
Y, casi sin querer, me he metido en ese rasgo de estilo tan caro a Marta Sanz: las enumeraciones acumulativas. “Borregos, caras de culo, imbéciles, parásitos, ladillas…” (página 93). “Prevención. Escozor. Ladillas. Avidez. Prisa. Mordisco. Restregón…” (112). “La suciedad adherida al pavimento, los locales abandonados, el olor a zotal, los precintos…” (127). Otra más en la 193, solo por ejemplo, y la explosión enumerativa a partir de la página 211. Tienen gracia, aportan franca carcajada en ocasiones: cansan a veces (prejuicio mío, sin duda). No falta un capítulo porno (el titulado “Clic, Clic”, por si alguien deseara saltar sobre él directamente) o un muy memorable, y casi homenaje a Eduardo Mendoza, monólogo de Julita Luján: espléndida progresión de un personaje en un puñado de páginas.
Siendo como es una muy entretenida y muy donosa novela, repito, no veo la necesidad de que se la publicite como “demoledora”. A fin de cuentas, cualquiera que viva en este mundo de a pie, sabe que todo es ya pura farándula, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro.

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