El negro alcohol

OTRA VIDA
Per Olov Enquist
Traducción de Martin Lexell y Mónica Corral
Destino, 2015
576 páginas

En uno de los relatos del tan grande como olvidado Saki (el espléndido “La ventana abierta”) el narrador acota una intervención del personaje Frampton: “Abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio”. En efecto, cualquier ciudadano medio conocido o medio saludado parece poseído por el irrefrenable deseo de espetar a su interlocutor los males que le aquejan, por lo general con todo lujo de detalles, incluidos los más sanguinolentos y repulsivos. Los males: aunque no todos los males. Porque hay una enfermedad (como tal reconocida por la Organización Mundial de la Salud) llamada alcoholismo que se guardan muy mucho de darla a conocer quienes la padecen o, si lo hicieran, encontrarían grande repulsa y desagrado ajeno, también por lo general. Las copas que uno se toma son motivo de chanza y alegría cuando no de glamurización. ¡Ah, los detectives de la novela negra alcoholizados (y sus creadores)! ¡Qué satisfacción reportan su encanallamiento y sus locuras! Hasta que el agujero negro de la enfermedad (el famoso “una copa es mucho; cien no son suficientes”) atrapa al personaje (o a su creador) y el vacío y el desprecio se instalan en el entorno al que aún no ha conseguido destruir del todo ese mal. Mientras contamos con sobreabundancia de héroes borrachuzos hasta el desmayo y la miseria, muy pocos son los escritores alcohólicos que han reconocido que lo son, que están todavía en o han salido del infierno, y que se atreven a contarlo en unas memorias. Quizá William Styron, Hervé Chabalier… sumen y poco más. No es el alcoholismo enfermedad de prestigio social, digámoslo así. Por eso resulta tan sorprendente como verdadera la autobiografía del grandísimo escritor sueco Per Olov Enquist (1934), pues sus cerca de doscientas páginas finales cuentan el agujero infernal en que el alcohol lo sumió.
Grandísmo en dos aspectos: Enquist mide casi dos metros y es una referencia habitual cuando se habla de literatura sueca (varias veces a las puertas del Nobel, que, me temo, ya no alcanzará a recibir). Deportista (saltador de altura) en su juventud; autor de libros y libros premiados; cineasta en amplio sentido; amigo de Ingmar Bergman; viajero o residente en los lugares en que pasaban cosas y cuando pasaban cosas (Berlín, California…). En Otra vida cuenta recuerdos duros infantiles, alegría amical, crecimiento y éxito, en un estilo como entrecortado y finísimo, muy pulido para trasmitir con exactitud un sentimiento, una imagen. Y hablando de sí mismo en tercera persona, pues hacerlo en primera no le reportaba ningún bien, según confesó en una entrevista. Ahí pueden detener la lectura quienes gusten de biografías a palo seco. Pero, entonces, el libro habría de titularse “Una vida”. Porque la vida que relata en ese estremecedor final (casi un libro independiente) es “otra” vida de Enquist: “otra” porque ya no se reconoce en el espanto que supuso; “otra” porque la vida del alcohólico es otra, una vida que, por ejemplo, de pronto crea una laguna cuya orilla primera es una fiesta en homenaje al autor y cuya orilla final es su despertar en una vagón de tren en Hamburgo… a 500 kilómetros de distancia, sin tener ni idea de cómo ni por qué pudo llegar hasta allí. Tres internamientos, dos fugas: una lucha atroz por abandonar el alcohol pero, a la vez, por resistir a los intentos médicos de anularlo como persona, para que tocase fondo y así apartar la adicción a tan venenosa droga. Espeluznantes episodios. Y, por fin, cuando ya se veía arrasado y sin esperanza ninguna de escribir una línea más, surge (a la tercera) La biblioteca del Capitán Nemo, cuya escritura le salvó la vida, literalmente. Pasado mañana, Enquist cumplirá 26 años sin beber ni una gota. Extraordinario libro.

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