Un puzle llamado Venezuela

 

PATRIA O MUERTE
Alberto Barrera Tyszka
PREMIO TUSQUETS DE NOVELA
Tusquets, 2015
246 páginas

Venezuela está de moda política y, por ende, todo lo relacionado con su denostada o adorada figura política Hugo Chávez, quien gobernó o tiranizó su país hasta que su entonces vicepresidente Nicolás Maduro anunció su muerte en Caracas hará enseguida dos años. Fue un infarto, según la versión oficial; fue una muerte dolorosísima y en La Habana (adonde había acudido Chávez a tratarse), a causa del cáncer, según quienes no comulgan con la providencialidad del chavismo. Por la antedicha moda, nada extraña menos que el “Premio Tusquets” haya recaído en Patria o muerte del caraqueño Alberto Barrera Tyszka (1960), ya conocido por haber escrito una biografía del dictador, a medias con la periodista Cristina Marcano, por haber ganado también el “Herralde” hace diez años, y un poco menos popular aquí (no allá) por ser guionista de telenovelas. Lástima que mi lectura de la obra de Barrera haya coincidido en el tiempo con mi enésima relectura de Conversación en La Catedral, donde Vargas Llosa arma el puzle de la dictadura de Odría. No hay color: una obra maestra (esta última) con una buena novela (la premiada).
Venezuela es un rompecabezas cuyas piezas conviene o bien armar o bien mostrar. Creo que Barrera opta por lo último: una serie de historias en poco independientes que sirven para que el lector se haga su composición de lugar sobre tan complejo asunto. La acción se desarrolla a partir del 2012, últimos meses de la enfermedad que bajó a la tumba a Chávez. He aquí algunas de las piezas: un oncólogo, Miguel Sanabria, dubitativo a veces, crítico con el régimen en las disputas cerradas con su hermano. Su mujer, su sobrino Vladimir, que le pide, recién venido de La Habana, que le guarde un documento estremecedor sobre la agonía de Chávez. El periodista Fredy Lacuna, siempre a punto de escribir un libro sobre la enfermedad del presidente. Madeleine Butler empeñada en desentrañar la esencia del carisma. María y Rodrigo, los casi niños que se fugan de sus casas juntos. Y el inmenso telón de fondo de la enfermedad terminal del jefe máximo, que preside la macabra ceremonia de ocultaciones, medias verdades, falsedades como puños, arengas y horrores. Sin olvidar la religión, sin olvidar (en un pasaje memorable) la actuación de un funcionario chavista corrupto (pleonasmo, dirán muchos) que faculta la ocupación de una casa por unas mujeres cuyo oficio esporádico parece ser ese: invadir un domicilio y amargar la existencia de sus ocupantes hasta que terminen por largarse. Las discusiones, por ejemplo, a voces entre Sanabria y su hermano cuando aquel le pregunta si sabe cuánto dinero ha entrado en esos años por concepto de petróleo: “¡Más de un millón de millones de dólares! ¿Dónde están, coño? Mira los hospitales públicos. Mira las escuelas. Mira las carreteras. Ve cómo está la economía… ¡Dime! ¿Dónde está ese dinero?”. Respuesta: “Ese dinero está en un lugar que tú no ves. En una gente que para ustedes jamás ha existido. En los cerros, en los campos. La plata se ha gastado en la gente, en los pobres”. Réplica: “¡No me jodas, Antonio! ¡Tú sabes que eso no es verdad! ¡Son unos descarados! ¡Han hecho de los pobres su negocio!”. La adulteración tremenda del lenguaje, como en cualquier dictadura: “La historia de las palabras no registra aún el momento en que comenzó a usarse el término ‘escuálido’ para designar a cualquier venezolano que se opusiera al presidente Chávez y a su proyecto (…). Había grupos radicales que se definían como antiescuálidos. Un comentario, según su cercanía o no a los planteamientos adversos al Presidente, podía ser considerado o no una escualidez. Y del lado de la disidencia comenzó a haber también un orgullo escuálido”. La arenga escalofriante: “Frente a los rumores: ¡rodilla en tierra! ¡Fortaleza revolucionaria! ¡Confianza! ¡Unidad!”. Y, al final, el gran hombre en su miseria: “Estaba llorando. Tenía mucho dolor. Y decía que no quería morirse. Pedía que lo ayudaran, que no lo dejaran morir”. Buena novela, digo, para quien quiera conocer de qué va aquello.

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