Todos bajo sospecha

 

Y yo que creía, ay de mí, que las televisiones privadas españolas buscaban la privatización de lo público, como su mismo nombre indica. Engañado he vivido hasta hoy, hasta ver los primeros episodios de la serie “Bajo sospecha”, que pasa Antena 3 en segunda temporada. He dispuesto en mi testamento vital que jamás mis deudos me internen en un hospital privado, como es el “Montalbán” de la historia, so amenaza de acrecentar hasta el infinito las deudas que de mí heredarán con una vida enseñoreada por la disipación, el lujo oriental y la lascivia. Pues si no me mata de por sí el mal con que en tal centro entrase ya se encargaría de liquidarme su equipo médico habitual, su cuerpo de enfermería, el personal administrativo o quién sabe si un celador borrachuzo. No a la sanidad privada, gritan sus capítulos, qué cosas. Aunque, eso también, no confiaré en la policía hasta que la privaticen: vaya lo uno por lo otro.
Tres mujeres de dicho privado establecimiento han sido secuestradas. Una aparece muerta; otra se salva por los pelos; la tercera está en veremos. ¿Sospechosos? Todos y todas: recelo yo hasta de las camillas y quién sabe si de los vendajes. El centro lo dirige una Concha Velasco tan de negro y de tan negro moverse, que si me sorprendiese en un callejón le entrego hasta el rosario de mi madre. Su cirujano estrella padece párkinson: no digo más. El forense es un asesino adúltero y vividor del cuento que, además, crema a su víctima aún calentita, con perdón. El anestesista oculta una “basura” oscura. La jefa de enfermeras tiene un mirar que remueve vísceras. El celador vive de okupa en el “Montalbán” adonde acude a dormir sus excesos con el pimple. Por los pasillos de tan privado centro, todo quisque anda corriendo o mirando el móvil o ligando; suena una falsa alarma de incendios; se bloquea otro día el ascensor; toman café todos los profesionales como si lo fuesen a prohibir; de los armarios salen ninjas; torturan a los ancianos; el aparcamiento ofrece un trajín mayor que un botellón; quien atiende a los pacientes puede ser médico titulado o policía infiltrado. Ahí entras con gripe y sales sin córneas o fiambre.
Aunque, ya digo, tan contundente ataque a la sanidad privada o privatizada se equilibra con un servicio público de chiste: el de la policía. Como una de las desaparecidas es francesa y rica, colaboran la seguridad de aquí y la de allí. El comisario de aquí es un Lluis Homar tan contenido e inexpresivo que parece padecer estreñimiento severo y continuo. La comisaria de allí es una Mar Sodupe a la que, cuando le pasan una información decisiva, solo se le ocurre responder: “Eso lo veremos más adelante”, con guepulido asento fgansés. Los dos polis infiltrados miran más a sus asuntos de bragueta que a la resolución del caso o casos o lo que fuere. El inspector que interpreta Vicente Romero procede directamente de Carpetovetonia. Pero lo bueno es que los policías beben y beben y vuelven a beber. En la sala donde se reúnen hay siempre, pero siempre siempre, media docena de botellines de cerveza sin chapa. Sí, que es publicidad subliminal, ya lo sé. Pero, hombre, podían ponerla, qué sé yo, en una máquina del pasillo o así. Porque ya no sabe uno si las policías francoespañolas no dan con la clave por incompetencia pura o porque andan piripis.
¡Ay, qué tiempos de cacaos nos toca vivir! Es imposible intentar alejarse hora y media de tanto bochornoso discurso político pactista o antipactista descerebrando ante la tele con una serie policiaca. Porque la ficción escapista nos devuelve a la realidad crujiente. ¿Te doy una sanidad pública si me das una policía privatizada? ¿Quién es el más malo entre tantos malos? Por favor, unifiquen criterios, que nos tienen en un sinvivir estas series nuestras: las de mentira y las de verdad.

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