Juguete nórdico disparatado superventas

EL MATÓN QUE SOÑABA CON UN LUGAR EN EL PARAÍSO
Jonas Jonasson
Trad. Carlos del Valle Hernández
Salamandra, 2015
346 páginas

Decía así una anécdota del desaparecido cineasta Mario Menéndez: “Me gustaría hacer una película en cuya secuencia inicial un tipo cabreado diese una patada a la esquina de una casa y todo el edificio se derrumbase por ello”. Como yo le preguntara por la continuación, me respondía: “No tengo ni idea. Pero que el asunto vaya así: disparate tras disparate”. ¿Surrealismo, entonces? Nada de eso. Nada de expresión automática del pensamiento o del subconsciente. Disparate tras disparate. El disparate consiste en hacer o decir algo fuera de razón y regla. Si produce risa en una obra de ficción, podemos llamarlo astracán, el reírse merced a los disparates. Y aún más: si el disparate es extraordinario, exagerado o inverosímil, lo llamamos rocambolesco. Por último, un juguete significa, además de lo obvio, una chanza, burla o entretenimiento, un objeto (un libro, por ejemplo) que sirve para entretenerse. Pues bien, El matón que soñaba con un lugar en el paraíso, la tercera novela del superventas sueco Jonas Jonasson, es un juguete disparatado y rocambolesco y astracanado, sin que ni con el sustantivo ni con los adjetivos precedentes quiera yo menoscabar sus méritos, ni mucho menos. A muchas novelas de mi tan admirado Eduardo Mendoza les cuadrarían tales calificaciones y siempre fueron generadoras de excelentes ratos lectores con la carcajada a flor de labios, pulmones y mandíbulas. De modo que, para ir entrando en materia, puedo decir que Jonasson es el Mendoza nórdico, salvando las distancias que ustedes quieran: la del estilo sobre todo; el mendoziano le gana. O sea, que sigue ese género de acumular desmadre tras desmadre que tanto regocijo viene causando a quienes en los 70 del XX leímos aquel sorprendente Wilt, del británico Tom Sharpe, como muestra de que también en literatura se puede “desatinar sin ocasión” (como pedía Cervantes) hasta el infinito.
Jonas Jonasson (1961) fue periodista, estudió español (no le debió de servir de mucho, a juzgar por las entrevistas promocionales que concedió en nuestro país) y terminó por fundar una empresa de comunicación que le proporcionó tal éxito y dinero que, tras venderla, le permitieron dedicarse solo a escribir. Es un hombre fuertote, anhelante de dosis infinitas de humor como remedio a tantos males de hoy y tocado por la suerte: lleva vendidos más de trece millones de ejemplares. Hace seis años, publicó su primer juguete disparatado, El abuelo que saltó por la ventana y se largó, llevado al cine con general aplauso de quienes entendían que las batallitas de un ancianete, aparentemente don nadie, ganaban mucho si en ellas intervenían como copartícipes Mao, Stalin, Churchill o la creación de la bomba atómica. Premios, ventas a porrillo. Hace dos años, nuevo astracán: La analfabeta que era un genio de los números, con una niña sudafricana, el Mosad, la reina sueca y hasta el Vietnam mezclados en sus páginas. De nuevo premios y ventas a porrillo. Y ahora mismo, acaba de salir este El matón que soñaba con un lugar en el paraíso, que en su lengua original se tituló algo así como “Asesino Ambers y sus amigos (junto con algunos enemigos ocasionales)”. Como ven, el tamaño importa en los títulos de Jonasson.
El argumento de El matón… se articula a base de tres personajes y tres historias. Las famosas tres patas que siempre aguantan lo que les echen. La verdadera protagonista es una pastora protestante atea rabiosa. Decepcionada por su vida y por su padre (pastor creyente rabioso, esto último conservando el doble sentido), traba amistad casual con el recepcionista de un antiguo puticlub que acaba transformado en un hotel de mala muerte. También el recepcionista odia a la humanidad por los continuos fracasos y ruinas de su padre y de su abuelo. La pareja (que acaba por ser de hecho y derecho) se topa con alguien que puede cumplir la tarea de vengarles del mundo por medio de procedimientos ilegales, haciéndolos de paso muy ricos. Es el tercer personaje: Johan Andersson, tan bien apodado “Asesino Anders” que adopta el alias por nombre propio. La presentación del mismo en la novela vale como muestra del estilo del autor, la ironía al contar: “Había pasado toda su vida adulta en la cárcel. Nunca había tenido facilidad de palabra o expresión, pero aprendió pronto que, pese a sus carencias, conseguía salirse con la suya si le soltaba unos guantazos a quien se manifestara en su contra o pareciera estarlo (…). Con el tiempo, esa clase de conversaciones llevó al joven Johan a frecuentar malas compañías (…). El alcohol y las pastillas le costaron una condena de doce años antes de haber cumplido los veinte, cuando fue incapaz de explicar cómo su hacha había acabado en la espalda del principal distribuidor de anfetaminas de la región”. Urde la pareja un primer negocio (la primera historia): crean una agencia de palizas a domicilio, cuyo ejecutor es Asesino Anders. Cualquiera que desee romperle las piernas a un enemigo solo tiene que ponerse en contacto con ellos dos. Anders cumple los encargos aunque con ciertas equivocaciones. Pero las charlas ociosas y bíblicas entre la pastora y Asesino, hacen que se despierte en este un amor por Jesucristo muy peculiar, tanto que decide abandonar su empleo como agresor de encargo para entregarse al amor al prójimo y a donar a instituciones caritativas buena parte de su sueldo. De ese modo surge el segundo negocio (la segunda historia): la creación de una nueva Iglesia, la Iglesia de Asesino Anders, un hombre redimido. Con las donaciones que reciben (emborrachando a los fieles para conseguirlas), continúan acreciendo el ya exrecepcionista y la pastora su fortuna. Para mantener el orden entre los feligreses y evitar más que posibles atentados de una descacharrante mafia criminal sueca, contratan a Jerry Cuchillos como jefe de seguridad. Pero unos fallos técnicos, una inspección de Hacienda y un sacristán ortodoxo en sus creencias luteranas dan al traste con la empresa. Así que se retiran a una islita en el Báltico desde donde inician su tercera aventura empresarial (la tercera historia): la del Papá Noel verdadero quien, en una especie de estafa piramidal, les llena los bolsillos de dinero. Claro, actúa como falso Santa Claus el propio Asesino Anders.
Risa a cada párrafo y a carcajada por página. Algunos críticos han querido ver en la novela una nueva andanada contra la supuestamente modélica sociedad sueca (o sea, la labor de Henning Mankell a través, sobre todo, de su inspector Wallander). También a la desmedida afición por la bebida en aquel país. Asimismo, una sátira contra la posmoderna peste de la irresponsabilidad y de culpar siempre al otro de la propia desgracia. O verla como una novela de carretera, de viaje. Bien está. Yo solo les pediría a ustedes que suspendan unas cuantas horas su incredulidad y disfruten leyendo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s